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el Séptimo Sello

el Séptimo Sello


Det Sjunde Inseglet.

Director: Ingmar Bergman.

Guión: Ingmar Bergman.

Intérpretes: Gunnar Björnstrand, Bengt Ekerot, Max Von Sydow, Nils Poppe, Bibi Andersson, Ingmar Bergman.

Música: Erik Nordgren.

Fotografía: Gunnar Fisher.

Suecia. 1957. 108 minutos.


 

 

 

    Apocalypse now

 

Reconocido como uno de los clásicos indispensables de la filmografía de su autor tanto como de la historia del cine, El séptimo sello escarba en la tragedia de la condición humana en su vertiente más universal: propone un viaje que se sitúa en las antípodas de lo iniciático: situado en los crepitantes tiempos del medioevo, sigue las andanzas de un caballero y su escudero hacia un final cierto, la muerte, que para el caballero se personifica textualmente, advirtiéndole de sus inamovibles intenciones de llevárselo con él. De hecho, el propio título hace referencia a la apertura de los siete sellos del libro al que se hace mención en el Apocalipsis de San Juan, donde se narra que al abrir dicho sello comienzan los siete ángeles a tocar sus trompetas y producirse desgracias sobre la Tierra.

 

 

   Claroscuro

 

En el plano discursivo, resulta interesante y a menudo hasta inquietante el modo en que Bergman contrapone las dudas y resquemores de la visión religiosa (encarnada por el caballero) con la mirada desencantada y excéptica, profana, de su escudero. En esa dicotomía entre los valores que atesoramos ante el juicio final avanza la palidecida, terrible y a la par hermosa coyuntura. Sin embargo, los méritos del filme no se limitan a su pretensión filosófica, sino que se cuentan por doquier en el apartado visual: por un lado, le parece a este cronista una de las obras que más inspiradamente refleja los tiempos y las gentes medievales, así como la preeminencia moral del instituto católico (y el lóbrego modo que tenía de imponerse), y por otra parte abono la frase con la que José María Latorre definió su apreciación del filme: Latorre decía que la obra era el típico caso en el que “el bosque no nos deja ver los árboles”, acertado comentario que ratifica los méritos de la puesta en escena de un filme en el que no sólo el discurso, sino el sustrato telúrico y los claroscuros escénicos, transmiten la melancolía y el desasosiego que el icono de la partida de ajedrez resume y que tan bien permanece asentada en el imaginario cinematográfico colectivo. En ese sentido, mencionar la apabullante tarea lumínica del operador Gunnar Fisher, quien igual arranca la belleza que el terror en sus inopinables claroscuros, y anotar ad exemplum el portentoso arranque visual del filme, esos planos del cielo, el mar y las rocas que se puntean con los acordes del Dies Irae mientras se escucha en off la cita de unas líneas del Apocalipsis...

los profesionales

los profesionales


The Professionals.

Director: Richard Brooks.

Guión: Richard Brooks, basado en la novela de Frank O’Rourke.

Intérpretes: Burt Lancaster, Lee Marvin, Claudia Cardinale, Jack Palance, Robert Ryan, Woody Strode, Ralph Bellamy.

Música: Maurice Jarre.

Fotografía: Conrad L. Hall

EEUU. 1966. 109 minutos.


 

 

Lancaster, executive producer

 

Hay dos datos que nos sirven para categorizar de la forma más pertinente este western del cambiante regusto clásico propio de la década de los sesenta. El primero de ellos es que Lancaster es su productor; al actor, saliente de The Leopard –por mucho que nadie lo diría, a la vista de los juegos saltimbaquis que nos dedica en diversas situaciones del metraje-, le debe esta película su resuello y su discurso, claramente revisionista, netamente izquierdista, desmarcado de los cánones exegéticos del western clásico, y alentado por un brioso y manifiesto romanticismo en favor de aquéllos a los que la historia tiende a olvidar. Ese contenido discursivo del filme y su tratamiento son claves para comprender su atractivo.

 

 

Brooks, screenplayer

 

Y relacionado con ello, la autoría del libreto por el propio director, Richard Brooks, es otra de las claves del éxito cinematográfico que esta The Professionals supone: más que por la bien definida implementación de ese discurso en la trama, por los inteligentes, acerados, magnéticos, brillantes diálogos y situaciones, que forjan una creciente complicidad del espectador con los personajes –los buenos y los malos que descubrimos buenos- ... y con la causa. En definitiva, un filme cargado de acción adrenalítica, momentos de suspense y secuencias espectaculares bien filmadas, pero, sobretodo, una inspirada muestra de la maestría de Brooks en la creación y descripción de personajes, sentimientos y actitudes vitales.

Annie Hall

Annie Hall


Annie Hall.

Director: Woody Allen.

Guión: Woody Allen y Marshall Brickman.

Intérpretes: Woody Allen, Diane Keaton, Tony Roberts, Carol Kane, Shelley Duval, Paul Simon, Christopher Walken.

Fotografía: Gordon Willis.

EEUU. 1977. 91 minutos.


 

 

Puerta abierta al psicoanálisis

 

Siempre he considerado que esta celebérrima Annie Hall es la perfecta puerta de entrada al universo alleniano para el espectador neófito. Puede parecer una perogrullada, porque podría decirse que también lo fue para el propio Allen: tras las comedias de corte cercano al slapstick, guiones de diverso pelaje y esa curiosa obra de transición denominada Love & Death,  Annie Hall marcó un registro, un modo de dirigir y de llevar a cabo la aventura de la creación, escritura, producción y realización de cada filme, una idiosincrasia muy marcada, y un discurso (tan y tan universal) sobre el que el resto de su filmografía podrían considerarse variaciones. El caso es que en efecto esta Annie Hall es para cualquier estudioso de la prolija filmografía alleniana el primer tour de force autoral del realizador de Manhattan, la ocasión escogida en la que convierte sus neurosis, angustias e inquietudes en un modelo narrativo y se sirve de la cámara para desnudar su intimidad existencial, y su cosmopolita y cultivada visión de la vida y las relaciones humanas.

 

 

Allenianas

 

El éxito y referencialidad que atesora Annie Hall está, para quien escribe estas líneas, más que justificado: por la novedad –actualmente tan y tan pobremente plagiada- de su estructura errática y liberada de cualquier ambaje “clásico”; por la facilidad y efectividad con la que Allen consigue transmitir el grueso de complejas reflexiones que integran la narración; por la dirección de actores; por la fina línea que se establece entre lo jocoso y lo dramático; por la utilización de los empachos culturales como constante catalizador de acontecimientos e incluso de tomas de partido discursivo que, mediante imaginativas fórmulas, consigue arrancarle –v.gr. la secuencia de la cola del cine en la que “se saca de la manga” al erudito profesor McLuhan para refutar los comentarios pedantes que el tipo que tiene detrás ha puesto en su boca... “si todo fuera tan fácil en la vida...”-; por la capacidad de evocación de no pocas de sus imágenes (lo que yo denomino “los pequeños clímax” que van concatenándose durante el metraje del filme: la escena ya iconográfica en la que Annie y él observan Manhattan desde el promenade de Brooklyn y se declaran su amor; el advenimiento de la marcha de Annie a Los Angeles; la secuencia-epílogo en el restaurante, por citar las más significativas).

 

 

La primera masterpiece

 

Annie Hall es uno de los mejores filmes de Woody Allen, lo que no significa que tras aquel 1975 su carrera cinematográfica no haya seguido una ruta coherente con las pautas que esa película imprimió, y sobre cuyos postulados, siempre en boga, nos ha venido ilustrando ya desde su inmediatamente posterior filme –Manhattan, que en cierto modo forma un díptico con la obra que nos ocupa-, hasta su (siempre pen)última y brillante Match Point, treinta años después.

Tristram Shandy

Tristram Shandy


Tristram Shandy: a cock and bull story.

Director: Michael Winterbottom.

Guión: Frank Cottrell Boyce.

Intérpretes: Steve Coogan, Rob Brydon, Keeley Hawes, Stephen Fry, Jeremy Northam, Mary Healey.

Música: Edward Nogria.

Fotografía: Marcel Zyskind.

GB. 2005. 91 minutos.


 

 

Imposible adaptación

 

La vida y opiniones del caballero Tristram Shandy (The Life and Opinions of Tristram Shandy, Gentleman), publicada en el siglo XVIII, es la más célebre de las obras de Laurence Sterne, recordada por su singularidad o (con la perspectiva del tiempo) prodigiosa modernidad en su  modo intrincado e hilarante de efectuar una descripción de corte histórico-sociológico. Aunque no tengo el gusto de conocer la obra de Sterne, es reconocida principalmente por la carencia de complejos por renunciar a (o incluso rebatir) la estructura tradicional del relato y –como James Joyce hiciera años después- narrar desde la dispersión (procedente de continuas asociaciones de ideas) en detrimento del orden temporal. También se ha mencionado por activa y por pasiva que Tristram Shandy es el paradigmático ejemplo de obra literaria imposible de adaptar al cine.

 

 

    Deconstrucción

 

Y surge la pregunta del millón: ¿es el presente filme de Winterbottom una adaptación de la novela de Sterne? La respuesta es tan vaga como, en el fondo, la pregunta: sí y no (la pregunta del trillón sería si se trata de una adaptación fidedigna, pero vistos los términos literarios hasta su propio enunciado perece). Digo que sí y que no porque Winterbottom parece empeñado en llevar a cabo –siguiendo unos originales patrones narrativos no muy alejados de la genial 24 hour party people- una pirueta coherente con la que auspiciaba la novela, pero trasladada a su tiempo y terreno: esto es una deconstrucción del proceso de filmación de una película sobre la obra de Sterne, que parte de la inducción desde (¿y transita hacia?) el propio texto literario, y que se centra en una visión irónica, jocosa y dicharachera que sostiene (ahí radica la gracia) las claves de un cierto hálito de realismo descriptivo (o si lo prefieren, una visión nada complaciente) de las vicisitudes narradas y personajes en liza - en tiempo presente.

 

 

    Digresiones

 

Así las cosas, en esta hábil y atractiva opereta, que pasa por ser un desenfadado y efervescente ejercicio de equiparación experimentadora entre literatura y cine, Winterbottom –auspiciado por su colaborador habitual en tareas de guión, Frank Cottrell Boyce- inicia el filme con una descripción desgajada de los acontecimientos narrados (también de modo desgajado) en la novela, pero rápidamente se permite la introducción de la propia digresión de digresión que propone: Steve Coogan, que interpreta al protagonista de la novela (y a su padre), pero también al actor Steve Coogan que está interpretando el filme, comparte plano con los personajes de ficción, y progresivamente el foco de atención narrativo pasa a concentrarse en la realidad, en el actor, y con él el resto del elenco, guionista, productores ejecutivos, agentes, assistants, y hasta periodistas, mediante una precisa, por momentos acerada, muy brillante aproximación a los entresijos de un rodaje, para mayor intensidad planteados desde la concentración temporal y espacial (una noche en el castillo que el equipo tiene arrendado para el rodaje de la película).

 

 

Entre bamabalinas

 

Amén de permitirse cáusticas bromas cinéfilas –fijarse en los guiños contenidos en la banda sonora, con piezas extraídas de filmes como Barry Lindon, El contrato del arquitecto e incluso diversas obras de Fellini-, Winterbottom se mueve con soltura en semejante alambre de enunciados, continentes y contenidos, y otorga al filme un desopilante tono al tiempo que un prodigioso ritmo narrativo, concatena un sinfín de cortas secuencias que precisamente se engarzan en esa clave humorística precisa para la fértil radiografía de no pocas cuitas y juegos de egos que transcurren entre bamabalinas y que, en esta singular ocasión, no se escatiman al espectador. En ese sentido resulta impagable la composición-de-sí-mismo que lleva a cabo Steve Coogan (bien arropado por Rob Brydon y su constante talk-man-show), quien se presta gustoso al juego de someterse al psiconálisis del público en la revelación más íntima de unas pulsiones, las del actor, que sostienen, tras la impoluta fachada, no pocas miserias.

el exorcista: el comienzo - la versión prohibida

el exorcista: el comienzo - la versión prohibida


Dominion: Prequel to the Exorcist.

Director: Paul Schrader.

Guión: William Wisher y Caleb Carr, basado en los personajes creados por William Peter Blatty.

Intérpretes: Stellan Skarsgärd, Gabriel Mann, Clara Bellar, Billy Crawford, Ralph Brown, Rick Warden.

Música: Angelo Badalamenti.

Fotografía: Vittorio Storaro.

EEUU. 2004. 108 minutos.


 

 

 

La versión Schrader

 

A pesar de que la política de edición de DVDs (sus contenidos) de la distribuidora Warner Bros. no se caracterice por circunstancia alguna que vaya más allá del potencial comercial,  parece que los costes de aquel (diría que hasta macabro) juego que llevó a despedir a Paul Schrader del rodaje de esta precuela de El Exorcista -por considerar que la obra era “poco violenta y poco comercial”- y contratar para modificar el filme casi en su totalidad a Renny Harlin, ha decidido a los distribuidores –con la mera finalidad de resarcirse un tanto de los gastos de su maloliente decisión- a editar esta versión Schrader, que pretende venderse en las estanterías de los establecimientos de venta de DVD como “la versión prohibida”, por aquello del morbo. A pesar de que las razones y la forma repugnan a quien esto suscribe, a la postre nos queda la feliz oportunidad de conocer la película de Paul Schrader, e incluso de –si se domina el inglés, porque no se han molestado en sustitularlo- de escuchar sus interesantes comentarios en off sobre las imágenes del filme.

 

 

Inacabada

 

Lo primero que debe decirse al respecto de esta atractiva y coherente película del realizador de Mishima es que Dominion: A prequel to the Exorcist es una obra inacabada. Se nota en la desnudez de su montaje y de los (escasos) efectos especiales utilizados, y también en la resolución acelerada de algunas de las secuencias. Es evidente que la tarea de postproducción se llevó a cabo de un modo poco cuidado (probablemente bajo presiones de todo tipo).

 

 

   El Bien y el Mal

 

Pero todo ello no empece el brillo de la personalidad del creador: Paul Schrader nos invita a viajar, arrás de suelo, por el periplo espiritual del padre Merrin, cuyas dudas sobre la existencia de Dios se ven sacudidas por el advenimiento del mismísimo Diablo por mor de unas excavaciones llevadas a cabo en una colonia británica en Kenia. Schrader no escatima detalles en la narración del hado del personaje que será el protagonista del filme de 1973 dirigido por William Friedkin. Propuesta la narración desde el punto de vista del personaje cuya piel viste un templado Stellan Skarsgärd, nos adentramos en un prolijo discurso de raigambre (y multirreferencialidad) bíblica sobre el Bien y el Mal, y sus mecanismos. El Mal, nos cuenta Schrader, no aparece de la nada, sino que está presente en nuestra naturaleza. El Mal envenena a los hombres, lo contamina todo. El Mal es perfecto y sus formas, múltiples. El Mal se escuda en el camino fácil para imponer sus normas. Así que esta precuela deviene la enésima mirada de Schrader a la redención, cuya particularidad reviste, especialmente, en que no son parábolas sino literalidad lo que encauza la narración.

 

 

Intenciones

 

Despojado de todo afán esteticista, nos adentramos en aquel microcosmos en el que todos los conflictos primero latentes y luego patentes provienen de la aparición y esplendor del Mal que esperaba en las catacumbas de aquel templo dedicado a San Miguel que las excavaciones descubren. La narración es lineal y concentra sus esfuerzos en los personajes de Merrin, del padre Francis (mártir que perece crucificado y atravesado por flechas como San Sebastián), y de Cheché (víctima propiciatoria). A pesar de esa linealidad y de la vocación filosófica que eminentemente reviste la narración, pueden leerse ciertas reflexiones sobre circunstancias relevantes de la historia del siglo XX, cuales son la personificación del Mal en el nazismo o los excesos de la colonización. En el epílogo, Merrin ha descubierto que su hado es combatir al Diablo, ser su enemigo, como textualmente se nos dice. Superando la debilidad que encarna su atracción por el personaje de la doctora, Merrin abandona la estancia y aquel lugar en un plano idéntico al que cerraba The Searchers, en un homenaje de Schrader al inmortal filme de John Ford que alinea al cura con el lonesome cowboy que acepta su destino aunque este se envuelva de soledad, polvo y viento. Realmente es una magnífica declaración de intenciones.

King Kong

King Kong


King Kong.

Director: Peter Jackson.

Guión: Peter Jackson, Fran Walsh, Philippa Boyens, basado en el argumento de Merian C. Cooper y Edward Wallace.

Intérpretes: Jack Black, Naomi Watts, Adrien Brody, Colin Hanks, Jamie Bell, Andy Serkis, Thomas Krestchmann.

Música: James Newton Howard.

Fotografía: Andrew Lesnie.

EEUU. 2005 169 minutos.


 

 

 Mesiánico

 Peter Jackson se tomó la reválida de la ardua labor llevada a cabo en la adaptación de The Lord of the Rings, y –según  confesó abiertamente- se  dio el gustazo de llevar a buen puerto cinematográfico un remake de (y cabría hablar de homenaje a) la película homónima de 1933 que le despertó su afición por el cine fantástico. Lo que Jackson no ha abandonado en este su nuevo y tan ansiado proyecto es su mesiánico concepto del cine como espectáculo, concepto que define a la perfección esta traslación a los postulados visuales (y la tecnología) del siglo XXI de la letra y el espíritu del inolvidable clásico de Merian C. Cooper. Sólo así se entiende que Jackson explique en tres horas aquella historia que en 1933 duraba apenas 80 minutos. Porque pretende llevar al extremo todos y cada uno de los iconos temáticos y visuales de aquella obra, amén de encauzar más fuertemente a la obra el mito de la bella y la bestia que se halla en su sustrato.

 

 

Limpio entertainment...

 

King Kong empieza –como después acabará- con la fuerza de un ciclón: en un montaje visual punteado por una melodía de Al Jolson, el espectador entra en el terreno histórico que el filme recrea, el NY de los años 30, pintado por Jackson y su equipo de producción con el suficiente equilibrio entre la textura preciosista que pretende alentar el mito y el poso de dureza en el afán descriptivo de la realidad social de aquellos años de la Depression. En esos primeros compases diríase que nos adentramos en una suerte de comedia con regusto screwball, género que también transita, junto con los estilemas del cine de aventuras comme il faut, en el ulterior segmento, el que se narra el viaje en barco de los expedicionarios a la Isla de la Calavera. Jackson impone con pulso firme su habilidad narrativa, el limpio entertainment que no se riñe con una magnífica descripción de los personajes, y que nunca pierde de vista ese hálito añejo –tributario de los clásicos del cine de aquellos años- que el tratamiento argumental e incluso visual patrocina.

 

 

...y ecos terroríficos

 

 Sin embargo, el director de Braindead nos recuerda sus orígenes en el siguiente segmento narrativo, que parece quebrar radicalmente con lo previamente apuntado: con una brillante secuencia de introducción, en la que una voz en off cita “El Corazón de las Tinieblas” de Conrad –referencia visible en la película, y obra que Jackson utiliza, en aquel intrincado momento del filme, para conferir un sugestivo trasfondo filosófico a la narración: el joven grumete Jimmy se da cuenta de que no se trata de un libro de aventuras, sino de un auténtico viaje hacia el infierno en la tierra-, se abona el terreno del terror psicológico, y la entrada a la Isla –anunciada previamente con los peores augurios- se convierte en el bastión más truculento –y para nada complaciente- del filme. Con todo ello alcanzamos la mitad del metraje y el momento del rito de ofrenda de Ann al monstruo por parte de los nativos, esto es cuando el protagonista del filme, el Rey Kong, hace su estelar aparición.

 

        

     Kong y Ann

 

Y a partir de ahí, la película concatena una narración paralela en la que, por un lado, asistimos a la expedición para rescatar a Ann, y por otro lado, nos adentramos en la esencia de la historia: la relación que se establece entre el gorila y la actriz, entre la bestia y la bella. En lo que concierne a las aventuras de los marinos –y el equipo de la película-, Jackson filma una serie de secuencias marcadas por un concepto diría que elefantiástico de la aventura: asistimos a una mareante sucesión de episodios, a veces de aliento cómico, otros más truculentos, en los que el filme pretende rendir homenaje a la intemporalidad y hostilidad de aquella isla mediante el sinfín de criaturas –de inspiración prehistórica- que lo pueblan, y que atosigan y merman notablemente el curso de la expedición de rescate: se trata de las secuencias más irregulares de la película, el gusto por el exceso se nota demasiado, y sin perjuicio del cuidado diseño de producción y efectos especiales, el reverso del montaje paralelo acaba banalizando todo lo que atañe a la expedición.  Porque, por el otro lado, en otro rincón de la insana isla, el indómito talante del Gorila somete la naturaleza salvaje y los peligros que la pueblan, para defender a la bella: sin perder el megalómano sentido del espectáculo en las secuencias de acción, nos adentramos en una esfera de intensidades y arrebatos fuera de dudas –desde la abundancia adrenalítica de la despampanante secuencia de la lucha con los Tiranosaurios a las no menos majestuosas escenas de intimidad, narradas con más que notable belleza por Jackson- . Se puede decir que Kong y Ann eclipsan todo aquello en lo que no participan, tal es su capacidad de sugestión – merced de la labor del realizador, pero no menos de los FX, y de la capacidad actoral de Naomi Watts y, porque no decirlo, de Andy Serkis-. En ese sentido, la hechura del personaje de Carl, su peso específico en la función, mengua ostensiblemente, difuminándose un tanto,  deviniendo materialismo la estela iconoclasta y visionaria con la que en un principio se le había caracterizado. Es el precio que el filme  paga por salvaguardar la esencia de la historia: buen ejemplo de ello es el desenlace en la isla, asfixiante captura del animal que se nos narra desde el punto de vista de Ann, y que deja patente la belleza y crueldad de esa relación extraña, emocional, instintiva, germinada entre ella y la criatura.

 

 

Belleza y tragedia

 

No es de extrañar entonces que, al regreso a la civilización, a Broadway, un hábil ardid de guión nos muestre que Ann no ha entrado en el juego de mostrar a Kong como un espectáculo de feria. Y tampoco que el preludio de la tragedia se halle presente en las mejores secuencias finales, no ya el antológico clímax en la cima del Empire State y de la ciudad  –de una hechura formal intachable-, sino esa otra escena en el río helado del Central Park (escena de amor bucólico que termina con la explosión furibunda de un misil), que resume a la perfección la coda de este filme que nos habla de la fascinación por la belleza y la tragedia que en todo lugar la aguarda.

 

 Dialéctica cinematográfica

 

A Jackson se le acusa y acusará de lo mismo que a Spielberg, de ser un director mainstream. Miope punto de vista el de esos detractores, y  peregrinos sus argumentos cinematográficos. Con este personal acercamiento a la historia de la Bestia más célebre de la historia del cine, el realizador de Heavenly Creatures deja patente que tanto su habilidad en el aparato tecnológico que las dimensiones de la producción requieren, como su no menos atractiva impronta visual, no se riñen con un guión bien trabajado, y que se atreve a escarbar más allá de la epidermis de esta historia de amor bigger than life,  apoyándose en referentes culturales de enjundia y sumergiendo su historia en ellos, o estableciendo paralelismos, continuos, entre continente y contenido de este oficio del cine: la relación entre el talante del filme que Carl pretende rodar y el que Jackson nos ofrece; la relación entre los espectadores en Broadway -la pantalla- y en la platea de los cines en los que vemos King Kong; la interpretación cómica de Ann que le salva su propia vida al conseguir que el gorila se interese en sus monerías; el extraño nexo –mediante Ann- entre Dryskoll y Kong... Ejemplos incesantes en el filme sobre una dialéctica que deviene textual en la triste secuencia en la que Driskoll, abatido, recita en voz baja las palabras que escribió en su comedia para que otra actriz –nadie más que Ann Darrow- pronunciara, otro sueño que los acontecimientos parecen haber frustrado.

King Kong

King Kong


King Kong.

Director: Merian C. Cooper, Ernst B. Schoedsack.

Guión: James Ashmore Creelman y Ruth Rose, basado en una idea de Merian C. Cooper y Edward Wallace.

Intérpretes: Fay Wray, Robert Armstrong, Bruce Cabot, Frank Reicherd, Sam Hardy.

Música: Max Steiner.

Fotografía: Edward Linden.

EEUU. 1933. 87 minutos.

 


 

 

Espectáculo

 

 

Nadie se resiste a admitir hoy en día que King Kong es, amén de una indiscutible obra maestra del cine, una de las más visibles precursoras del concepto mesiánico del cine fantástico, esto es la búsqueda de la máxima espectacularidad al mayor precio: el rodaje en exteriores, la creación de diversas marionetas articuladas y su fusión con la imagen real, así como el uso de transparencias y demás artesanía del primigenio concepto de efectos especiales, todo ello articulado para lanzar a las plateas el macroespectáculo en que esta King Kong se erige. Y todo ello en 1933, contextualización histórica que ayuda a precisarnos el auténtico viaje cinematográfico que supuso la filmación de la película.

 

 

    En la cima del mundo

 

Parece fácil buscar en el personaje de Carl Denham –el protagonista del filme- un parangón a la figura y trabajo de Merian C. Cooper y su colega Ernst B. Schoedsak, intrépidos aventureros –y visionarios- del Séptimo Arte, que cazaron a la bestia del espectáculo en mayúsculas, y lo entregaron a la civilización, en el espectáculo de Broadway –de los cines- tanto como en la mismísima cima del Empire State Building–, que es el escenario del clímax del filme y pasó a convertirse, por derecho propio, en uno de los iconos más reconocibles del cine-.

 

 

    Pura magia

 

Y no podemos dejar de hablar del apoyo inestimable que a las imágenes ofrece la sensualidad personificada en el cuerpo, de belleza sublime, de Fay Wray, primera auténtica heroína del erotismo en el cine, capaz de conectar –en esa maravillosa metáfora en la que la completa película se erige tanto textualmente como desde el punto de vista exegético- la racionalidad con lo inverosímil, lo lógico con lo asombroso, lo material con lo mítico, la realidad con el sueño. King Kong es sin duda uno de los títulos referenciales del cine fantástico y del Séptimo Arte en general, y uno de esos escasísimos momentos en los que, aún ochenta años después, las imágenes logran sugerirnos que, allende la brillantez de sus creadores, alguna intervención inabarcable por la razón humana, quizá algún mecanismo inconsciente, se ha adueñado de las imágenes y ha conseguido extraer… pura magia.

 

el Imperio del Sol

el Imperio del Sol


Empire of the Sun

Director: Steven Spielberg.

Guión: Tom Stoppard y Menno Meyjes, basado en la novela homónima de J. G. Ballard.

Intérpretes: Christian Bale, John Malkovich, Miranda Richardson, Joe Pantoliano, Nigel Havers.

Música: John Williams.

Fotografía: Allen Daviau.

EEUU. 1987.143 minutos.

 


 

 

Genio

 

 

Spielberg no ha cambiado tanto el modo de hacer películas, de narrar. Si mirando Jaws (1975) o Raiders of the Lost Ark (1981) podemos afirmar que ya entonces era un genio, lo mismo debe predicarse si se recala en una de sus primeras películas vanalmente despachadas por la crítica como “de aspiración seria” (sic), como es ésta Empire of the Sun (1987). En Empire of the Sun Spielberg sirve a unas ideas y a un discurso, y la cámara, en esa aspiración, está exactamente donde tiene que estar, y cada plano tiene un sentido. Y los críticos a los que no les convence el discurso, a menudo cometen el error más craso e imperdonable: confundir las intenciones con el lenguaje cinematográfico, y cargarse lo segundo por animadversión a lo primero.

 

 

   J. G. Ballard, Tom Stoppard y Steven Spielberg

 

En la traspolación a imágenes de la cruda, lírica y emocionante novela autobiográfica de J. G. Ballard, Tom Stoppard (guionista) efectúa una elaborada tarea de síntesis que no traiciona los iconos narrativos de su sustrato, especialmente en lo concerniente al carácter de Jim (su pasión feérica por los aviones contrapuesta a su visión mundana de lo religioso, la categorización de las personas según su nacionalidad, sin exclusión de un extraño fervor hacia los japoneses...). Spielberg parte de ese atinado libreto, pero también “adapta” con la cámara, su narración se imbuye de los signos que identifican la soberbia novela de Ballard. La puesta en escena es el fuerte del realizador, y el filme es un buen ejemplo de ello: su coda radica en la primacía por el sentido dramático (por el retrato del niño desde su propia subjetividad) por encima del presunto afán de realismo (realismo que no se traiciona, pues termina subyaciendo de los hechos consumados a los que el espectador se enfrenta por mucho que estén servidos desde el prisma de Jim).

 

 

    El imperio de la bomba

 

Esa premisa, tan elemental, se viene obviando –supongo que deliberadamente- por los detractores del realizador de Duel para negarle la consideración que merece: la de uno de los mejores realizadores de su generación (entendiéndose en su generación los nombres de Coppola, Scorsese, Lucas, Schrader, Malick... Esto es, la última gran generación de cineastas norteamericanos). De entre un interminable número de secuencias inolvidables de esta película, hay dos de ellas que resumen a la perfección ese discurso que Spielberg imprime en su traslación a imágenes del libro homónimo de Ballard. En una de ellas, Jim acaba de llegar al campo de concentración, Soo Chow, y el destino ha querido que dicha prisión esté enclavada junto a un aeródromo: la pasión que el niño siente por los aviones subvierte la lógica de aquel acontecimiento, y, bien lejos de la aflicción que la situación debería suscitar, Spielberg firma, sin tapujos, la imagen de un sueño hecho realidad: bajo la envoltura del movimiento musical más emocionante que Williams compuso para la película, el niño avanza, extático, por entre la zona de reparación de los aeroplanos, bajo una cascada mágica de chispas, hasta alcanzar uno de los aviones, caza japonés, contra el que apoya su cabeza y abraza con sus manos, hasta el mismo momento en el que el vigilante del campo le llama la atención y le amenaza con un rifle, y al mismo tiempo aparecen tres pilotos preparados para salir; Jim ni se entera de que su vida corre peligro, y dedica un saludo marcial a los pilotos, que éstos le corresponden. En otra secuencia, ya de los últimos compases del filme, Jim intenta resucitar la vida de un joven japonés con el que el niño compartía su afición por los aviones: Jim dice que ha descubierto una palabra nueva, “bomba atómica”, y que era “como si Dios hiciera una fotografía”, mientras la cámara de Spielberg nos muestra las manos del niño que se posan en el cuerpo inerte y empiezan a efectuar un masaje cardíaco, en cuyo movimiento sincopado vemos ora el rostro de Jim ora un rayo de luz –quien conozca la novela, sabe de la importancia de ese rayo de luz: el “imperio del sol” no es otro que el de la destrucción personificada en “ese segundo sol” que para sus víctimas fue la bomba atómica-; Jim bombea incesante, convencido de que “puedo devolverles la vida a todos”, hasta que vemos en un instante que Jim está bombeando en balde al niño que fue, y después aparece sangre por las comisuras de los labios del niño muerto, y Basie le separa de él. Son dos momentos de una intensidad mayúscula, que nos cuentan los derroteros por los que transita el corazón del niño, tan ávido de aprendizaje, en su periplo por esos tiempos de horror y miseria.

 

 

    Los aviones

 

En el libreto escrito por Tom Stoppard, y en las imágenes del filme, queda claro que en Empire of the Sun no se pretende demonizar a nadie, antes bien narrar cómo la acre huella de la guerra se imprime en los que más la sufren, los civiles, y todo ello pasado por el tamiz de los ojos de un niño. De este modo, el filme no toma partido por ninguno de los bandos de la contienda, y si alguien sale malparado de su narración es el arribista Basie (Malkovich), un trasunto del personaje de William Holden en aquella inclasificable opereta bélica de Billy Wilder, Stalag 17, que preside de hecho el pabellón americano en el campo, y cuya aparente humanidad se ve maculada por un carácter frío y calculador, y por una falta de escrúpulos evidente para el espectador pero que Jim, que lo admira y lo quiere como a un padre, sólo descubrirá en el último jalón del filme (Basie se despedirá dándole una chocolatina, un regalo que carece de sentido toda vez que caen neveras plagadas de comida del cielo: Basie sólo da algo cuando le sobra). Como he dicho, son los ojos del niño los que entregan las imágenes, por lo que cualquier efectismo –y hay diversos en el filme, que por otro lado, no empecen la sobriedad de su tono- obedece a ese punto de vista ingenuo, intuitivo y voraz, la mirada del niño Jim Graham, que ama tanto los aviones del ejército americano –el B-51, el Cadillac del Cielo- como los Zero japoneses, que hace del campo de Soo Chow su hogar (lo que se plasma a la perfección en la primera secuencia tras la elipsis temporal, donde vemos al protagonista mercadear con habilidad y contagiando por allí donde pasa una extraña joie de vivre; y en la secuencia final, en la que el niño, solo, transita por entre los barracones con la bicicleta, como antaño hiciera entre los pasillos de su casa en Shangai), y que aprende que la supervivencia radica en el abandono de los seres y las cosas queridas.

 

 

Infancia aniquilada

 

En la secuencia epílogo, se produce el reencuentro del niño con sus padres, y Spielberg, tan a menudo acusado de abusar de la melaza, lo filma con una sobriedad y una belleza impagable: Jim no sonríe, no habla, y sólo reconoce a su madre cuando palpa el carmín de sus labios o la tersura de su pelo. Todo lo que recuerda de ella, y por lo que la acepta –nada más que eso-, abrazándola sin ninguna efusividad, sin las lágrimas de las que ya no dispone, y cerrando los ojos y la película. Escuchando otra vez el cántico del Suo Gan, las imágenes remitirán al principio, a las aguas del Yang Tsé, donde en esta ocasión no encontraremos un féretro con los restos de una víctima anónima: en su lugar, la maleta de Jim, los restos de una infancia aniquilada por la oscuridad de este mundo.