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VOICE OVER

WOODY ALLEN

desmontando a Harry

desmontando a Harry

Deconstructing Harry

Director: Woody Allen.

Guión: Woody Allen.

Intérpretes: Woody Allen, Judy Davis, Billy Crystal, Tobey Maguire, Robin Williams, Kristie Alley, Elisabeth Shue.

Fotografía: Carlo Di Palma

EEUU. 1997. 101 minutos.

 


 

 

 

¿Debilidad?

 

Quién iba a decir que sería pertinente, a esas alturas de su filmografía, el siguiente comentario: Woody Allen se destapa del todo en esta auto-deconstrucción que él mismo protagoniza, estudio desprejuiciado, minucioso y brillante de sus algo tocadas –pero no hundidas- constantes vitales y creativas. Quien haya visto Deconstructing Harry ya no puede meterse con lo que Allen critica, ya no puede quejarse de su misoginia, o de que compare la religión con una convención sectaria de Star Wars. Y no puede porque Allen, más que reprochar, se confiesa en esta su penúltima obra maestra: no necesitamos más de diez minutos para conocer con todo lujo de detalle las debilidades y desequilibrios, a menudo enfermizos, de un hombre en lucha constante contra sí mismo, y que sólo reivindica (o lo intenta) que su debilidad es la causa de su obra.

 

 

         Vasos comunicantes

 

Así las cartas sobre la mesa, el espectador recibe una descarga emocional tras otra, que Allen viste con las galas de sus más mordaces gags, cuyo mordiente esta vez esconde agrias reflexiones personales. Buceando en referencias diversas (los maestros europeos, como siempre, y la intertextualidad con su propia obra previa), el jugo discursivo emana del juego –que a medio metraje deviene cruzado- entre realidad y ficción, de lo que termina derivando la paradoja de una creación cuyos resortes neuróticos resultan más visibles que nunca y al mismo tiempo una de las más aceradas y lúcidas deliberaciones cinematográficas de su autor.

celebrity

celebrity

Celebrity

Director: Woody Allen.

Guión: Woody Allen.

Intérpretes: Kenneth Brannagh, Judy Davis, Joe Mantegna, Melanie Griffith, Famke Janssen, Winona Ryder, Leonardo Di Caprio, Charlize Theron, Sam Rockwell.

Fotografía: Sven Nykvist.

EEUU. 1998. 111 minutos.

 


 

 

 

Famous fabulous life

 

Una primera lectura de esta película de Woody Allen revela el esmero del realizador de Crimes & Misdremeanors por construir una sardónica mirada sobre los entresijos del mundo de la fama, la vacuidad (¿endémica?) que la soporta y que promueve (convirtiéndose así en un círculo vicioso), y sus perniciosos efectos en el plano moral, cuya reacción sólo contempla la disyuntiva entre la rendición o la frustración. Allen ilustra a la perfección, mediante diversos set-pièces a menudo hilarantes –la modelo que estornuda y es multiorgásmica, el personaje que encarna Di Caprio-, otros más cínicos –la entrevista a la actriz famosa que encarna Melanie Griffith, la postura de la abuela de la familia de Mantegna cada vez que le hablan de un famosillo-, algunos terribles –en los conflictos dramáticos que atañen a la primera persona del protagonista-, esta percepción de la fama como coda de un way of life nada deseable.

 

 

         Éxitos y fracasos

 

Sin embargo, ahondando un poco más en la materia gris inserta en cada plano de Celebrity –que son todos en un antipático blanco y negro precisamente para afear la imagen y no distraer al espectador de esos propósitos narrativos-, Allen habla de lo que siempre habla, de sus turbulentas relaciones con sus propios sentimientos y, of course, con los de aquéllos que lo rodean. Descubrimos al personaje que encarna, bastante bien, Kenneth Brannagh tras una encrucijada, una crisis vital, que le llevó a, como suele decirse, echarse la manta a la cabeza y probar suerte en el mundo del cine y los famosos de diversa estofa. Lo que le sucede a ese personaje, sin embargo, es que se siente incapaz de madurar, y se agarra al clavo ardiendo de una concepción a la postre ingenua de la vida, (in)consciente de que si logra colocar un guión podrá abrirse camino en el mundo de luces (de neón) que le encandila. Sin embargo, cuando establece los cimientos para llevar a buen puerto sus propósitos –cuando se junta con la joven editora que encarna Framke Janssen-, sus propios delirios creativos –y la seguridad en sí mismo nuevamente adquirida- le pierden (le pierden en la piel y la mirada de la chica que encarna Wynona Ryder, un personaje espléndido que Allen se saca de la manga –una especie de ángel, la personificación de la inspiración, la musa imaginada- y que no necesita más de tres o cuatro apariciones esporádicas para convertirse en el catalizador de todos los acontecimientos). Al otro lado del espejo, la ex-mujer del protagonista, hiperbólicamente encarnada por Judy Taylor, nos revela que el azar es, a la postre, el único móvil del advenimiento del éxito. Taylor pasa de ser una mujer despechada e incapaz de, casi, articular una palabra con sentido, a recuperar el equilibrio al conocer y convertirse en la mujer de un próspero productor televisivo, que además le convierte en periodista de uno de sus programas tan sosos como populares. El precio que paga, quizás, no es alto: dejar atrás todo lo que fue e hizo en el pasado.

 

 

Help

 

Se trata sin duda de un discurso pesimista, uno de los más pesimistas del realizador neoyorquino. La palabra “Help”, que abre y cierra la función en el gris horizonte, lo certifica en cada extremo del metraje. Se trata de una película espléndida, que merece ser reivindicada en el seno de una lustrosa filmografía: estoy de acuerdo con la aseveración crítica que dice que al público de Allen no le gusta que otro actor interprete a Allen: probablemente ésa sea la razón por la que Celebrity no sea muy (bien) recordada. Una razón, sin duda, injusta.

Broadway Danny Rose

Broadway Danny Rose

Broadway Danny Rose.

Director: Woody Allen.

Guión: Woody Allen.

Intérpretes: Woody Allen, Mia Farrow, Nick Apollo Forte, Milton Berle, Paul Greco, Olga Barbato.

Fotografía: Gordon Willis.

EEUU. 1984. 91 minutos.

 


 

 

Gentes de la farándula

 

 

Considerada por lo general una de las obras menores de Allen, Broadway Danny Rose supone un rendido homenaje por parte del director neoyorquino a los peones de la farándula, aquellos artistas –y sus agentes- que se buscan la vida (y la consagran) en (a) los teatros y salas de fiestas, y que se quedan dos o tres escalones por debajo del éxito. La propia estructura del filme –una narración planteada como flashback y contada por un grupo de humoristas reunidos en un bar cualquiera para hablar de los viejos tiempos y contarse anécdotas vividas- patrocina esa cercanía, complicidad e incluso nostalgia con las que Allen se refiere al personaje protagonista de la película y a sus representados.

 

 

    Bittersweet

 

La trama se agiliza por Allen a partir de desternillantes diálogos y desopilantes situaciones que rastrean en la peculiar idiosincrasia del protagonista y de los personajes con los que le toca lidiar, y que fijan la mirada emocional en la relación (no menos peculiar) que Danny establece con la amante de su principal cliente. También deben subrayarse los jocosos gags dedicados a los mafiosi de los que Danny, en un pasaje del filme, se convierte en involuntario comparsa. No obstante ese tono amable que caracteriza la narración –y ese leit motiv musical fanfarrón y dicharachero, Panzo-,  Allen sabe hallar el meollo de esta hermosa historia de perdedores, y entregar al espectador un poso de desencanto en un inspirado desenlace.

Annie Hall

Annie Hall

Annie Hall.

Director: Woody Allen.

Guión: Woody Allen y Marshall Brickman.

Intérpretes: Woody Allen, Diane Keaton, Tony Roberts, Carol Kane, Shelley Duval, Paul Simon, Christopher Walken.

Fotografía: Gordon Willis.

EEUU. 1977. 91 minutos.


 

 

Puerta abierta al psicoanálisis

 

Siempre he considerado que esta celebérrima Annie Hall es la perfecta puerta de entrada al universo alleniano para el espectador neófito. Puede parecer una perogrullada, porque podría decirse que también lo fue para el propio Allen: tras las comedias de corte cercano al slapstick, guiones de diverso pelaje y esa curiosa obra de transición denominada Love & Death,  Annie Hall marcó un registro, un modo de dirigir y de llevar a cabo la aventura de la creación, escritura, producción y realización de cada filme, una idiosincrasia muy marcada, y un discurso (tan y tan universal) sobre el que el resto de su filmografía podrían considerarse variaciones. El caso es que en efecto esta Annie Hall es para cualquier estudioso de la prolija filmografía alleniana el primer tour de force autoral del realizador de Manhattan, la ocasión escogida en la que convierte sus neurosis, angustias e inquietudes en un modelo narrativo y se sirve de la cámara para desnudar su intimidad existencial, y su cosmopolita y cultivada visión de la vida y las relaciones humanas.

 

 

Allenianas

 

El éxito y referencialidad que atesora Annie Hall está, para quien escribe estas líneas, más que justificado: por la novedad –actualmente tan y tan pobremente plagiada- de su estructura errática y liberada de cualquier ambaje “clásico”; por la facilidad y efectividad con la que Allen consigue transmitir el grueso de complejas reflexiones que integran la narración; por la dirección de actores; por la fina línea que se establece entre lo jocoso y lo dramático; por la utilización de los empachos culturales como constante catalizador de acontecimientos e incluso de tomas de partido discursivo que, mediante imaginativas fórmulas, consigue arrancarle –v.gr. la secuencia de la cola del cine en la que “se saca de la manga” al erudito profesor McLuhan para refutar los comentarios pedantes que el tipo que tiene detrás ha puesto en su boca... “si todo fuera tan fácil en la vida...”-; por la capacidad de evocación de no pocas de sus imágenes (lo que yo denomino “los pequeños clímax” que van concatenándose durante el metraje del filme: la escena ya iconográfica en la que Annie y él observan Manhattan desde el promenade de Brooklyn y se declaran su amor; el advenimiento de la marcha de Annie a Los Angeles; la secuencia-epílogo en el restaurante, por citar las más significativas).

 

 

La primera masterpiece

 

Annie Hall es uno de los mejores filmes de Woody Allen, lo que no significa que tras aquel 1975 su carrera cinematográfica no haya seguido una ruta coherente con las pautas que esa película imprimió, y sobre cuyos postulados, siempre en boga, nos ha venido ilustrando ya desde su inmediatamente posterior filme –Manhattan, que en cierto modo forma un díptico con la obra que nos ocupa-, hasta su (siempre pen)última y brillante Match Point, treinta años después.

Manhattan

Manhattan

 

Manhattan.

Director: Woody Allen.

Guión: Woody Allen y Marshall Brigman.

Intérpretes: Woody Allen, Diane Keaton, Michael Murphy, Mariel Hemingway, Meryl Streep, Ann Byrne Hoffman.

Fotografía: Gordon Willis.

EEUU. 1979. 96 minutos.

 

 


 

 

        La ciudad de Woody Allen

 

Nos hallamos ante la tercera de las películas que se han dado en llamar “serias” de Woody Allen (en referencia a que, sin abandonar el territorio de la comedia -la mayor parte de ellas-, corresponden al cambio de orientación temática y formal de su realizador desde que en 1975 firmara Annie Hall y hasta la actualidad); también ante una de las obras más recordadas de su realizador, y probablemente la que ha surtido la iconografía que mejor asimilamos al cineasta. Desde su título-ciudad, desde la fotografía en estilizado blanco y negro postulado por el maestro Gordon Willis, y desde la genuína Rapsodia de Gershwin que acompasa el inicio de la función, se erige en un canto de amor a su pedazo escogido de la ciudad de Nueva York, un ejercicio de pleitesía visual que dejó estampa en el imaginario colectivo y que erigió a su autor en “el director de Nueva York” (otra definición apresurada, como lo es “las películas serias de Allen”).

 

 

    El urbanita

 

El caso es que, además de por esa serie de cuidados aderezos formales, Manhattan es una magnífica película, que marca con Annie Hall la primera de las diversas cumbres creativas del autor. La fórmula, acuñada en el citado precedente, y dotada de mayores ecos europeístas en esta entrega (después, con Interiores y Recuerdos, quizá cruzaría la línea de la que con los años conoceríamos como su auténtica personalidad), consiste en describir las pulsiones de un personaje alter ego confeso del guionista y realizador judío –en ese momento preciso de su vida-, y en el marco de su entorno vital y relacional y emocional. Todo ello desde un prisma cuya epidermis frecuentemente sardónica no esconde un trasfondo psicológico de cierta hechura, y no pocos posos amargos, pues echa cuentas de la alienación vital, de la incapacidad de tomar decisiones, de la neurosis del urbanita... temas todos ellos que ahora anudamos al corpus autoral de la completa filmografía del realizador, y que por aquel entonces estaban germinando.

 

 

         Avidez expresiva

 

Como la ciudad de Nueva York que idealiza y con la que pretende fundirse en sus rebatos líricos, Allen se halla en un momento creativo en el que se siente bullir la sangre, construye hiperbólicos textos y se muestra como cineasta ávido de experiencias prestas a la eclosión. Interesa sobremanera atender al modo en que gusta de experimentar con la iluminación, con el plano fijo de carga subjetiva –bien capaz de dejar fuera del encuadre a un personaje al que escuchamos  hablar-, y otras argucias de la cámara (v.gr. la secuencia que transcurre en el interior del planetarium) o de la narración (v.gr. diversas elipsis de situación) que sirven a la perfección a los propósitos discursivos y a la fuerte carga de isolación emocional que Allen pretende transmitir. No menos característica es la utilización en las continuas conversaciones de referencias de cierta enjundia intelectual, enhebrando lo risible o lo dramático que precisa la propuesta narrativa de cada una de esas secuencias individualmente consideradas. En Annie Hall despegaba esa afición, y en Manhattan se eleva hasta convertirse en parte inescindible del discurso. Con posterioridad, Allen ha seguido utilizando esas referencias a la cultura principalmente contemporánea en sus textos, dando cuenta a partes iguales de su erudición y su jocosidad (sin ir más allá, Match Point no dejaba de ser una variación de los grandes temas de Dostoyevski, autor al que citaba en imágenes), aunque tales referencias han descendido en intensidad. En todo caso, no deja de ser curioso que ese móvil digamos intelectual se halle en la raíz de la afición por parte de un público europeo con ciertas ínfulas por el cine de Allen; y digo que es curioso porque buena parte de las referencias, por elevadas que sean, son estrictamente norteamericanas, y se escapan al espectador medio de este lado del Atlántico.

 

scoop

scoop

 

Scoop.

Director: Woody Allen.

Guión: Woody Allen.

Intérpretes: Scarlett Johansson, Hugh Jackman, Woody Allen, Ian McShane, Julian Glover, Charles Dance.

Fotografía: Remi Adefarasin.

        EEUU. 2006. 91 minutos.

 

 

     Dejà vú

 

Tras blindar su filmografía de los últimos años con una obra maestra de la enjundia de Match Point, Woody Allen parece darse un respiro con esta comedia de misterio, una de las obras más vanas del realizador de Manhattan. En Scoop (título que podría haberse traducido al castellano por Exclusiva –si no fuera baladí e inútil, algún día habría que (psico)analizar los caprichosos cauces de decisión de los traductores-), rehuímos casi frontalmente la más fundamental obsesión alleniana (las relaciones humanas), y nos introducimos por ciertos meandros temáticos de la obra del neoyorquino. Por un lado –el más evidente-, la presencia de un homicidio sin resolver. Este tema se trató en muchas otras ocasiones, pero siempre con un guión más afilado: hacia la severidad en la reciente Match Point y en Crimes and Misdremeanors; como sátira de la burguesía neoyorquina en Manhattan Murder Mistery; en un personal y hábil homenaje al cine expresionista en Shadows and Fogs; e incluso como cocktail liviano entre iconos del cine clásico americano, como la serie negra y la guerra de sexos en la irregular The Curse of the Jade Escorpion. Junto a esta categoría argumental, se anota otro ítem más o menos constante en la filmografía de Allen, cual es la magia y la presencia de lo sobrenatural: pienso en el capítulo de la Trilogía de Nueva York en el que se daba rienda suelta a obsesiones freudianas a través de un descontrolado truco de magia; pienso en el segmento de Deconstructing Harry en el que Tobey Maguire tenía un inesperado encuentro con la mismísima Muerte (guadaña incluída, como aquí) –o incluso en el descenso literal a los infiernos, versión un poco más avanzada del trayecto que con Caronte recorren en esta ocasión el propio Allen e Ian McShane-. También cabría citar los motivos amatorios y la invisibilidad que aparecían en Alice, o incluso el homenaje a la farándula de baja estofa que tenía lugar en Broadway Danny Rose.

 

 

    Allen hilarante

 

A la vista de tanto motivo para la cita, de tanta sensación de dejà vú, me da a mí que Allen rubrica con esta Scoop una especie de pastiche de su propia obra previa. Y lo que pretende realmente –en una constante de su cine de comedia en los últimos ocho años, pero de un modo particularmente acusado- es dar rienda suelta a su vena de showman desaforado, a su innegable e inmarchitable capacidad para describir sus pulsiones con la hilaridad más irónica. Lo más interesante en Scoop acaba residiendo en los gags gesticulares y sobretodo verbales del propio actor-guionista-director, en el improbable modo en el que desciende aquellas escaleras que por su ubicación nos recuerdan el acceso al cuarto del horror en Psycho (o, si lo prefieren, a la bodega de Notorious), o en la descripción de su paso del judaísmo al narcisismo (como en otra película pudiera haber dicho al onanismo), o a la sentida queja de su imposibilidad de permanecer en Londres arguyendo que los americanos tienen allí “serios problemas con el idioma”. Parece que de este modo está, en el otoño de su carrera, cerrando un círculo, al recordarnos sus inicios en el talk-show televisivo, o la prosa de sus desternillantes libros.

 

 

     Más allá del más allá

 

Sin embargo, como suele suceder en el cine de Allen, incluso en lo más intrascendente hallamos destellos de la categoría narrativa del realizador. En este caso en particular me quedo con la secuencia del accidente de tráfico en off, accidente que acabará revelándose trágico pero que, merced de la habilidad del narrador –y su afán desdramatizador arrojado al extremo-, recibimos con carcajadas. En consecuencia de aquel suceso, el epílogo del filme nos muestra, en el lugar de Ian McShane, al propio personaje encarnado por Allen formando parte de la nave que cruza la noche, hacia la orilla de esa particular Laguna Estigia. Cierra la película –y abre la vida tras la muerte- quejándose de la conducción británica e invitando a sus acompañantes a dejarse engatusar (y a la postre divertir) con sus vulgares ardides con los naipes. Esa última secuencia tiene muy mucho de declaración de intenciones. Y para un rendido admirador de muchas de las obras de Woody Allen, esas intenciones, la humildad de esa indomeñable idiosincrasia, convierten aquel instante en íntimo, y lo dotan de cualidades diría que casi líricas. Que Woody Allen nos diga que sea como fuere el largo viaje a la eternidad él quiere seguir siendo el mismo tipo neurótico tramposo y adorable resulta, sencillamente, emocionante.

 

match point

match point

 

Match Point.

Director: Woody Allen.

Guión: Woody Allen.

Intérpretes: Jonathan Rhys Meyers, Scarlett Johansson, Emily Mortimer, Matthew Goode, Brian Cox, Penelope Wilton.

Fotografía: Remi Adefarasin.

EEUU. 2005. 118 minutos.

 

 


 

 

    El arribista y su circunstancia

 

La temática de esta superlativa obra de Woody Allen y los avatares vitales de su protagonista Chris Wilton tienen múltiples reminiscencias: amén de la influencia patente y confesa a los atormentados personajes de las obras de Dostoievsky (el planteamiento inicial recuerda poderosamente al de El Jugador), me recordó en ciertos matices al personaje protagonista de la novela American Psycho de Bret Easton Ellis, así como las clásicas historias de arribismo del tipo Barry Lindon,  o el personaje que Ryan Phillipe interpretaba en Gosford Park, aquel falso whodunit que rodó Altman hace unos años. Son puntos de contacto psicológicos, que relacionan el oportunismo social con las perniciosas consecuencias emocionales, mayoritariamente traducidas en el sentimiento de culpa o incluso la deshumanización inherente al cruce del point of no return por motivos materiales, de puro estatus. Sin embargo, la referencia más evidente de esta Match Point la hallamos en la propia filmografía de Allen, en una de sus obras maestras, Crimes & Misdremeanors (1989), película con la que comparte diversas conexiones directas y evidentes en el ámbito de la trama argumental (de ahí que Allen se permita una broma privada en la secuencia del asesinato en la escalera, cuando vemos que aparece como figurante el mismo actor que interpretó al sicario mafioso de Martin Landau en la película referencial), pero más evidentes aún en el formulado visual de la película: Allen abandona el gusto por los circunloquios más o menos livianos e hilarantes que abonaban sus últimas obras, y mantiene todo el veneno, todo el cinismo cuando emboca la senda de la “gravedad” característica de la anterior obra citada u otras también felices realizaciones de Allen como fueron Another Woman o Husbands & Wives.

 

 

    Cambio generacional

 

Se ha hablado mucho de la escenificación –y producción de la película- en Londres como hecho diferencial de esta Match Point, elemento que quien esto suscribe considera algo más que circunstancial o anecdótico (Allen utiliza a la perfección el esquema y los tics inherentes a una high class de idiosincrasia tan propia como la británica), pero no fundamental en el texto vivo de la historia que se entreteje, ya que el microcosmos descrito guarda una arenga de fácil transpolación a otros entornos, de una marcada universalidad. La principal diferencia entre aquellos precedentes y la película que en 2005 nos ocupa radica en la edad de los personajes: no es la primera vez que Woody Allen trata a individuos que rondan, sin superar, la treintena, pero sí la primera vez que les dedica un discurso tan complejo y acerado: la condición  y enseñas vitales de Chris Wilton, Nola y los hermanos Hewett se sitúa en las antípodas del tipo neurótico y vivaz que el mismo Allen interpretara en sus primeras obras “serias” (Annie Hall, Manhattan), ni guardan relación de continuidad posible con Natalie Portman, Edward Norton y los demás jóvenes protagonistas de aquella opereta que fue Everybody says I love you.

 

 

    De lo implacable

 

La hechura argumental y dramática de Match Point es, además de densa y hermética, implacable: Allen alcanza la genialidad en la elaboración del libreto, hilvanando prodigiosos diálogos y condensando de sentido y emoción un sinfín de secuencias que dicen más con silencios. Todo ello para alambicar una historia construida visualmente desde el rebato más subjetivo, la cámara nunca agresiva, a menudo elíptica, titubeante como los sentimientos que describe, seca como los actos que relata. Como en cierto modo sucedía con Raskolnikov en Crimen y castigo (otra vez Dostoyevski), el realizador neoyorquino no intenta sojuzgar las acciones del protagonista que tan bien encarna Jonathan Rhys-Meyers (de hecho, hay más carga sardónica en la descripción del conservadurismo, ñoñez y ampulosidad relacional de la familia Hewett), y se limita a transportarnos por su torrencial escalada de sentimientos encontrados, punteado de clásicas partituras operísticas que revelan tanto en términos de abundancia material como de tragedia existencial. Al final alcanzamos la indeseada disyuntiva entre justificar lo injustificable (como él pretende, sin conseguirlo, en la secuencia “fantasmal”) o de emitir una condena que no le concierna únicamente a él sino a todos sus involuntarios partners in crime, que no son otros que su amantísima esposa, su despreocupado cuñado pijo, los todopoderosos suegros, y, por extensión, ese poderoso estatus económico y social que excluye cualquier sentido de la culpa o, incluso, de la realidad. Queda ello claro en la secuencia final, tan cara a las descripciones allenianas, en la que la llegada del neonato trae la felicidad al núcleo familiar, arrebatando ya definitivamente cualquier resto de personalidad en Chris, cualquier destello de redención en aquella mirada, tan solitaria, que se pierde en el trasiego londinense que le ofrece la privilegiada panorámica del ventanal de su casa.

      

 

Juego, set y partido para Allen

 

El tenístico título de esta excelente película, Match point, funciona como cierto leit-motiv discursivo y visual, la dicotomía entre méritos y suerte, la importancia del azar en el devenir de las personas. Pero también se nos aparece como un despiadado signo de falsa victoria: el asesinato impune que Chris comete reviste esa cualidad de “punto de partido”, bolea despiadada y ganadora que cierra un partido de emociones desatadas y, renunciando a ellas, labra un porvenir opulento hacia ninguna parte. No me atrevería a decir que esta Match Point sea esa obra definitiva que Allen lleva tiempo diciendo que algún día puede llegar. Más bien que es, simplemente, otra obra maestra del realizador de Manhattan, una más en una nada despreciable nómina, pero de la que hacía varios años que no teníamos noticia.

 

Melinda y Melinda

Melinda y Melinda

 

Melinda & Melinda.

Director: Woody Allen.

Guión: Woody Allen.

Intérpretes: Radha Mitchell, Will Ferrell, Chlöe Sevigny, Chiwetel Ejiofor, Amanda Peet, Josh Brolin, Wallace Shawn.

Fotografía: Vilmos Zsigmond.

EEUU. 2004. 95 minutos.

 

 


 

Otro Allen

 

 

Debo decir que siendo un paciente y buen seguidor de todas las propuestas de Woody Allen, a mediados-finales de los noventa detecté que el realizador había perdido mucha de su fuerza y habilidad narrativa, limitándose al gadget más o menos hilarante y demasiado recurrido pero careciendo de los asideros en su discurso que hicieran grandes películas como Manhattan, Crimes & Misdremeanors, o incluso Deconstructing Harry. Sin embargo, en la precedente película a la que nos ocupa, Todo lo demás, aprecié cierta recuperación, un renacido mordiente que en sus tres anteriores películas –no carentes de algunas virtudes- eché en falta. Melinda & Melinda, en ese sentido, no sólo no desvirtuaba aquella apreciación, sino que, a mi humilde entender, revelaba un nuevo brio y una ansia de renovación del director de Annie Hall, confiriéndole nuevos pasos a su filmografía.

 

 

    Ensamblaje

 

Igual que Allen es capaz de servirnos una versión cómica del nonsense vital que forma parte de su sempiterno leit-motiv temático, pero también de tener sus escarceos –alguna vez, Other Woman, en concreto, brillante- con el género dramático, en la presente ocasión la pirueta que se autoimpone es desarrollar una única historia desde esos dos puntos de vista, con idéntica protagonista y un entorno más o menos semejante. Así, las narraciones de Melinda siguen dos cursos cuya inversión tiene tanto que ver con el desarrollo de los acontecimientos como con el tratamiento tonal. Allen se toma sus licencias, y una especialmente recubre toda esa pirueta de cierto manierismo: la fracción cómica del filme insiste, mucho más que la dramática, en el punto de vista de un a priori personaje secundario, el que interpreta con solvencia Will Ferrell haciendo las veces del típico estereotipo Allen-himself. Esa circunstancia, que podría preocupar a un purista, no empece en absoluto la elegancia y agilidad con la que el director ensambla y desarrolla sus historias, dándose la apetecible circunstancia de que el paso del metraje consiga un progresivo interés para el espectador (esto es, justamente lo contrario a lo que suele suceder en muchísimas películas).

 

 

   El mismo Allen

 

Ataviado con sus inescindibles referentes temáticos y musicales, y bien capaz de arrojar, tan callando, pullas de lo más certeras al primero que se pone a tiro (impagable el chiste de la religión en las escuelas en mofa de los Republicanos), Allen demuestra su magnífica forma, su inagotable don para retratar una realidad que no lo es pero lo parece más que casi todas las demás que solemos visitar en el cine norteamericano. Aunque queda mal que yo lo diga, ésa es una buena definición de autoría.