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PAUL SCHRADER

forever mine

forever mine

Forever Mine

Director: Paul Schrader.

Guión: Paul Schrader.

Intérpretes: Joseph Fiennes, Gretchen Mol, Ray Liotta, Vincent Laresca, Myk Watford, Lindsey Connell, Shannon Lawson.

Música: Angelo Badalamenti.

Fotografía: John Bailey

EEUU. 1999. 107 minutos.

 


 

 

Allan y Ella

 

 

Los nombres escogidos por Schrader para designar a los dos protagonistas de la historia de amor que en apariencia narra esta Forever Mine se erigen en una cacofonía de los protagonistas del génesis bíblico. Asimismo, Ella designa en castellano al género femenino en tercera persona del singular. Dos claros ejemplos del interlineado del director de Mishima, dos ejemplos que ya rinden buena cuenta del talante de esta película.

 

 

Amor fou

 

En ella, un estudiante con un trabajo de temporada –de verano- en un lujoso hotel de la costa de Florida, se enamora perdidamente de una joven casada, para más señas con un político corrupto. Manido planteamiento, ¿verdad? Pues el talante iconoclasta de Schrader late con fuerza bajo los aparentes códigos de una narración convencional de amor fou: Forever Mine es una personalísima traslación a la contemporaneidad del romanticismo más exacerbado, y su director y guionista pone su máximo empeño en deshojar lo que de exacerbado tienen los sentimientos de su protagonista, epicentro absoluto de la retahila de elementos externos que se refieren, por otra parte recurrentes en el cine de su autor (léase, la importancia del contexto económico, la fugaz pero sobria descripción de los entresijos de negocios sucios en las altas esferas neoyorkinas, y la resolución disfrazada de thriller al uso, con pistolas, vendettas y sangre).

 

 

     Schraderianas

 

El personaje encarnado por Fiennes inicia el filme con la narración en off, y fallece al final con otra voz en off para recordarnos el afán bigger than life del amor de Allan, de la historia. Y a fe mía que entre los dos momentos, el espectador recibe descargas de portentoso cine y un dechado de coherencia estilística y narrativa del autor de Taxi Driver (guión) y Affliction, cuyo esmero abarca todos los elementos cinematográficos: desde la iluminación casi naïf del hotel de Miami, a los tonos sombríos del desenlace de la cinta; desde la acusada utilización de primeros y primerísimos planos, al juego de autoreferencias -en ocasiones calcando planos, como en la secuencia de la cárcel (de Posibilidad de Escape), o ideas, como en la mano de Allan pasando por encima de las cosas materiales (como Travis en Taxi Driver)-; desde la retahíla incesante de frases culminantes y jaculatorias –del tipo el odio es un veneno que tomas antes de servirlo- hasta la continua remisión a los elementos religiosos (el rosario, el nombre de los amantes, la noche oscura vivida por Allan...) y a  las contradicciones de la religión católica (la secuenciación de los actos de contricción de Ella y sus consecuencias).

 

 

     El superhombre

 

El ritmo de Forever Mine es prodigioso, y ello obviando las convenciones y renegando con impunidad de los dogmas más o menos aceptados: la carga subjetiva máxima del filme, su entrega al personaje de Allan y su circunstancia, nos arrastra en su periplo vital y nos deja morir entregados a su victoria sobre lo tangible. Apuntalada con las melodías climáticas de Angelo Badalamenti, Forever Mine habla una vez más de la redención, aquí a través del amor desaforado y sin límites (por Ella, Gretchen Mol), pasión irreductible que convierte a su representante (Fiennes) en un superhombre, alguien por encima de las mediocridades inherentes al ser humano y al animal social. Schrader despacha todo eso con maestría. Schrader manda.

el exorcista: el comienzo - la versión prohibida

el exorcista: el comienzo - la versión prohibida

Dominion: Prequel to the Exorcist.

Director: Paul Schrader.

Guión: William Wisher y Caleb Carr, basado en los personajes creados por William Peter Blatty.

Intérpretes: Stellan Skarsgärd, Gabriel Mann, Clara Bellar, Billy Crawford, Ralph Brown, Rick Warden.

Música: Angelo Badalamenti.

Fotografía: Vittorio Storaro.

EEUU. 2004. 108 minutos.


 

 

 

La versión Schrader

 

A pesar de que la política de edición de DVDs (sus contenidos) de la distribuidora Warner Bros. no se caracterice por circunstancia alguna que vaya más allá del potencial comercial,  parece que los costes de aquel (diría que hasta macabro) juego que llevó a despedir a Paul Schrader del rodaje de esta precuela de El Exorcista -por considerar que la obra era “poco violenta y poco comercial”- y contratar para modificar el filme casi en su totalidad a Renny Harlin, ha decidido a los distribuidores –con la mera finalidad de resarcirse un tanto de los gastos de su maloliente decisión- a editar esta versión Schrader, que pretende venderse en las estanterías de los establecimientos de venta de DVD como “la versión prohibida”, por aquello del morbo. A pesar de que las razones y la forma repugnan a quien esto suscribe, a la postre nos queda la feliz oportunidad de conocer la película de Paul Schrader, e incluso de –si se domina el inglés, porque no se han molestado en sustitularlo- de escuchar sus interesantes comentarios en off sobre las imágenes del filme.

 

 

Inacabada

 

Lo primero que debe decirse al respecto de esta atractiva y coherente película del realizador de Mishima es que Dominion: A prequel to the Exorcist es una obra inacabada. Se nota en la desnudez de su montaje y de los (escasos) efectos especiales utilizados, y también en la resolución acelerada de algunas de las secuencias. Es evidente que la tarea de postproducción se llevó a cabo de un modo poco cuidado (probablemente bajo presiones de todo tipo).

 

 

   El Bien y el Mal

 

Pero todo ello no empece el brillo de la personalidad del creador: Paul Schrader nos invita a viajar, arrás de suelo, por el periplo espiritual del padre Merrin, cuyas dudas sobre la existencia de Dios se ven sacudidas por el advenimiento del mismísimo Diablo por mor de unas excavaciones llevadas a cabo en una colonia británica en Kenia. Schrader no escatima detalles en la narración del hado del personaje que será el protagonista del filme de 1973 dirigido por William Friedkin. Propuesta la narración desde el punto de vista del personaje cuya piel viste un templado Stellan Skarsgärd, nos adentramos en un prolijo discurso de raigambre (y multirreferencialidad) bíblica sobre el Bien y el Mal, y sus mecanismos. El Mal, nos cuenta Schrader, no aparece de la nada, sino que está presente en nuestra naturaleza. El Mal envenena a los hombres, lo contamina todo. El Mal es perfecto y sus formas, múltiples. El Mal se escuda en el camino fácil para imponer sus normas. Así que esta precuela deviene la enésima mirada de Schrader a la redención, cuya particularidad reviste, especialmente, en que no son parábolas sino literalidad lo que encauza la narración.

 

 

Intenciones

 

Despojado de todo afán esteticista, nos adentramos en aquel microcosmos en el que todos los conflictos primero latentes y luego patentes provienen de la aparición y esplendor del Mal que esperaba en las catacumbas de aquel templo dedicado a San Miguel que las excavaciones descubren. La narración es lineal y concentra sus esfuerzos en los personajes de Merrin, del padre Francis (mártir que perece crucificado y atravesado por flechas como San Sebastián), y de Cheché (víctima propiciatoria). A pesar de esa linealidad y de la vocación filosófica que eminentemente reviste la narración, pueden leerse ciertas reflexiones sobre circunstancias relevantes de la historia del siglo XX, cuales son la personificación del Mal en el nazismo o los excesos de la colonización. En el epílogo, Merrin ha descubierto que su hado es combatir al Diablo, ser su enemigo, como textualmente se nos dice. Superando la debilidad que encarna su atracción por el personaje de la doctora, Merrin abandona la estancia y aquel lugar en un plano idéntico al que cerraba The Searchers, en un homenaje de Schrader al inmortal filme de John Ford que alinea al cura con el lonesome cowboy que acepta su destino aunque este se envuelva de soledad, polvo y viento. Realmente es una magnífica declaración de intenciones.

hardcore (un mundo oculto)

hardcore (un mundo oculto)

 

Hardcore.

Director: Paul Schrader.

Guión: Paul Schrader.

Intérpretes: George C. Scott, Peter Boyle, Season Hubley, Ilah Davis, Gary Graham, Paul Marin.

Música: Jack Nitzsche.

Fotografía: Michael Chapman.

EEUU. 1979. 110 minutos.

 


 

 

 

Descenso a los infiernos

 

Tras su prometedor debut en la dirección con Blue Collar (y la confección de libretos tan genuinos y brillantes como el de Taxi Driver), Paul Schrader se metió, sospecho que de cabeza, en el proyecto que nos ocupa, producido por su amigo de quinta John Milius y escrito y dirigido por él mismo, y que narra una tortuosa historia en la que un hombre de una pequeña localidad del Midwest norteamericano, ultraconservador (practicante de una opción calvinista que tiene mucho de integrista) pierde a su hija cuando ésta viaja con su instituto a California y desaparece, siendo descubierta su pista por un detective en el mundillo de la industria del porno, y dando lugar a un viaje del padre a aquel terreno tan hostil para su alma para recuperar a la joven.

 

 

¿Autobiografía?

 

No es ningún secreto que Schrader, antes de iniciarse en el cine (con el apoyo de su hermano Leonard), pertenecía a una comunidad y familia de arraigadas convicciones religiosas y ultraconservadoras –imagino que semejantes a las que conciernen a Jake, el protagonista que tan bien encarna George C. Scott-, y que por tanto su viaje a Los Angeles y sus inicios en el mundo del cine debieron resultarle violentos desde un punto de vista emocional. Es por ello bastante evidente que esta lóbrega, atribulada y esquinada historia de un hombre de fe intachable metiéndose en los entresijos del turbio submundo del porno duro y aprendiendo dolorosas lecciones de vida (las que conciernen a la hija que en realidad no conocía) tiene mucho de autobiografía (si quieren, a ambos lados del espejo: como el padre que aprende a buscarse la vida en el mismísimo infierno, o como la hija que huye a cualquier precio de una educación castrante).

 

 

Subjetividad

 

Hardcore es un filme en las antípodas de lo que se puede considerar atractivo según la ligereza y afán estético vacuo de los cánones visuales actuales, porque su hiperrealismo, y la hechura y turbiedad de lo que la narración contiene merece muchos más arrestos de los que en pleno siglo XXI Hollywood se atreve siquiera a imaginar. Schrader no tiene, en el momento de realización de esta Hardcore, un estilo depurado, pero sí que su realización apunta a su esencia discursiva: planos descriptivos conjugados con primeros planos de la perenne tribulación de Scott, y una narración seca, sobria, para ir abriendo esas auténticas puertas del abismo que se le abren al protagonista, y que culminan siempre con explícitos, desgajados instantes de una violencia muy cruda (cuando Jake golpea con una lámpara al actor porno, la muerte del gángster Retán). Lo más apasionante de esa puesta en escena es su afán de obligar al espectador a sufrir en las propias carnes del protagonista (y del guionista), al igual que lo más fascinante de esta película es su escabrosa temática, el horror que palpita, más allá de las imágenes, en los sentimientos, el poso de sinceras frustraciones que en el fondo refleja este mediato autorretrato. Y todo ello servido desde una trama bien hilvanada, con personajes secundarios cuyo atractivo reside precisamente en la información subjetiva que aportan, su idiosincrasia pasada por el tamiz de la mirada de Jake (la prostituta Niki, el cuñado de Jake, el detective privado).