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el imperio contraataca

el imperio contraataca


Empire strikes back

Director: Irwin Keshner.

Guión: Leigh Brackett y Lawrence Kasdan, en base a una historia de George Lucas.

Intérpretes: Mark Hammill, Alec Guiness, Harrison Ford, Carrie Fisher, David Prowse, James Earl Jones, Billy Dee Williams, Peter Mayhew, Kenny Baker, Anthony Daniels, Frank Oz.

Música: John Williams.

Fotografía: Peter Suschitzky.

EEUU. 1980. 131 minutos.

 


 

 

 

Segundas partes…

 

A menudo se cita a esta Empire Strikes Back junto a The Godfather Part II como ejemplos paradigmáticos de que no todas las secuelas son peores que sus precedentes. Que no fallan en el ejemplo de la saga Corleone me parece de todo punto indiscutible (si bien insertando el matiz de que, en lo que concierne a la comparativa de las dos películas de Coppola, las obras maestras se igualan, pero no se superan). En lo que concierne a la saga galáctica de Lucas, hay motivos evidentes que explican la sensible mejora que el segundo capítulo (quinto, para freakies) introduce respecto del original, motivos para todos los gustos, para todos los enfoques que admite la visión de la fantasía galáctica por excelencia del cine mainstream: primero, Lucas deja de recibir el sinfín de presiones que le atenazaron previo el estreno de Star Wars, y puede así concentrarse en su trabajo, llegando incluso a ceder la dirección de la película a un solvente artesano, Irvin Keshnerautorrelegándose Lucas a la tarea embrionaria (articular la trama) y a la supervisión (productor), lo que demuestra cuán consciente era del estatus primordialmente industrial del producto- ; segundo, Lucas mantuvo la cabeza fría tras la borrachera de dólares del precedente, y supo arroparse de magníficos guionistas –Lawrence Kasdan y Leigh Brackett- que supieron engrandecer la simple trama sobre el bien y el mal que una vez el bueno de George elucubrara bajo influencia de antiguos manuscritos de raigambre mitológica; tercero, la ILM –los FX- ya no tenía nada que ver con la destartalada factoría que, John Dykstra a la cabeza, se encargara del original, y los alardes técnicos y el maquetismo presentan una visible mejoría, alcanzando cotas de auténtico virtuosismo visual.

 

 

Excelencia galáctica

 

Con esta suculenta baraja sobre el tapete –en la que, no me cansaré de insistir, Lucas dictaba cada movimiento-, Empire Strikes Back supera de mucho el cuño de space opera de su precedente para erigirse en una brillante historia que, aunque clasificada a partir de sus múltiples segmentos aventureros, consigue extraer de los elementos una inusitada carga dramática, todo ello arropado por el enorme dinamismo de la narración visual –que no da tregua- y de los portentosos diálogos que Brackett/Kasdan se sacan de la manga y que, transcurridos tantos años desde el estreno del filme, han pasado a servir a la quintaesencia de esa condición mitológica adquirida por los personajes protagonistas.

la guerra de las galaxias

la guerra de las galaxias


Star Wars

Director: George Lucas.

Guión: George Lucas.

Intérpretes: Mark Hammill, Alec Guiness, Harrison Ford, Carrie Fisher, David Prowse, James Earl Jones, Peter Mayhew, Kenny Baker, Anthony Daniels, Peter Cushing.

Música: John Williams.

Fotografía: Gilbert Taylor.

EEUU. 1977. 127 minutos.

 


 

 

 

Grandilocuencia y entertainment

 

Star Wars, más allá de acuñar un género propio -la space opera- en el contexto histórico en que fue realizada, más allá del mito, del blockbuster que se reinventó Hollywood, es una entretenida película de aventuras ubicadas en el espacio. Auspiciada por George Lucas, que la asumió como propia hasta las últimas consecuencias desafiando a las corporaciones (hasta que casi tres décadas después, él mismo y su equipo se han erigido en una corporación), el director de American Graffiti quiso redefinir el concepto de la celebérrima 2001: An space odissey de Kubrick realizada ocho años atrás, y aplicar la grandilocuencia de los FX espaciales al más puro entertainment, a una historia de lucha entre buenos y malos perfectamente definidos, acuñada por el propio Lucas a partir de su lectura de diversos clásicos sobre mitologías orientales que mixtificó con tramas sacadas de los clásicos seriales de CI-Fi de serie B de los años treinta y cuarenta del siglo pasado. De este curioso refrito surgió el concepto de “La Fuerza” (una especie de poder mental proviniente del equilibrio de todos los elementos del universo, según Obi-Wan Kenobi le explica a Luke en los primeros compases de la película), noción que se sitúa como leit-motiv temático del filme y de la completa saga en que se convirtió tras su éxito comercial.

 

 

Storytelling

 

Lucas es un espléndido narrador, y de ello rinde buena cuenta esta Star Wars, que, siéndolo, va mucho más allá del mero espectáculo visual, pues construye una historia saturada de personajes con su peso específico a los que aloja de la forma más dinámica en el metraje de poco más de dos horas, extrayendo de un esquema, en apariencia de lo más simple, auténticas dosis de agitación, desconcierto, humor, pasión. Sí, Lucas logra llevarse al espectador a su terreno –le bastan las tres o cuatro secuencias iniciales, que se narran desde el punto de vista de... dos androides-, y con el apoyo de una escenografía funcional, unos efectos especiales que por entonces no eran, en el fondo, más que imaginativos y esforzados, y sobretodo en una feliz partitura musical del maestro Williams, consigue avanzar con auténtica habilidad en su relato de fuerzas rebeldes, malvados encapuchados, fuerzas místicas, princesas y monstruos espaciales de todo pelaje.

greetings

greetings


Greetings

Director: Brian De Palma.

Guión: Brian De Palma y Charles Hirsch.

Intérpretes: Robert De Niro, Jonathan Warden, Tina Hirsch, Gerrit Graham, Richard Hamilton, Megan McCormick, Allen Garfield.

Música: Eric Kaz, J. Stephen Soles, Artie Traum.

Fotografía: Robert Fiore.

EEUU. 1968. 93 minutos.

 


 

 

Underground

 

 

Antes de convertirse, junto con Scorsese, Coppola, Lucas, Malick y Spielberg entre otros, en uno de los portavoces de la última generación dorada de directores de la industria hollywoodiense, Brian De Palma abrió fuego con una serie de películas underground del off New York cinematográfico, que tienen el interés añadido de contar con la presencia de un novato De Niro, antes de que Coppola y Scorsese lo lanzaran al estrellato.

 

 

Vietnam de fondo

 

        Greetings es la primera de estas películas, cuya radical y rupturista propuesta se entronca en la experimentación pura con la cámara, síntoma iniciático que en realidad, bajo otros envoltorios, revela idéntico gusto que el demostrado por el realizador ulteriormente: la filigrana visual y el artificio. Con la simple premisa del seguimiento episódico de los avatares vitales de tres jóvenes en la Nueva York de los primeros años de la guerra de Vietnam, De Palma se centra en desgranar de forma ora extravagante ora estimulante tanto las inquietudes políticas de su generación (uno de los chicos intenta manejárselo para no pasar el examen físico del ejército, otro está obsesionado con el asesinato de JFK),  como los fetiches personales del realizador (el tercer personaje, encarnado por DeNiro, hace las veces de un sosías del propio DePalma, y la película lo retrata como un auténtico voyeur). En su delirio argumental, nunca exento de cierto cinismo, esos elementos se ponen en la picota –bajo la mirada a menudo obtusa de los encuadres- con toda libertad, al punto de mezclar impunemente el sexo con la política, signo de la neurosis incipiente en las mentes de su generación.

boogie nights

boogie nights


Boogie Nights

Director: Paul Thomas Anderson.

Guión: Paul Thomas Anderson.

Intérpretes: Mark Whalberg, Julianne Moore, John C. Reilly, Burt Reynolds, Philip Seymour Hoffman, Don Cheadle, William H. Macy, Heather Graham.

Música: Michael Penn.

Fotografía: Robert Elswitt.

EEUU. 1997. 143 minutos.

 


 

 

Biopic extravagante

 

 

Cuando esta película fue estrenada en 1997 resultaba difícil conocer el auténtico talante del tipo que aparecía en los créditos como su máximo responsable. Se hablaba de pastiche entre las maneras de Scorsese y Tarantino, se hablaba de gusto por el alarde esteta, modalidad revival, etc. Diez años después, Paul Thomas Anderson ha estrenado películas de la idiosincrasia de Magnolia, Punch-Drunk Love y There will be blood, lo que nos aclara bastantes cosas. Boogie Nights, amén de la peor película hasta el momento de Anderson (¿y quizás por ello?), era/fue la puerta de acceso a los grandes estudios del realizador, película que, a pesar de estar escrita por él mismo, da la sensación de hallarse en las antípodas de la filiación eminentemente minimalista de Anderson, que con su opera prima (Sidney) ya nos reveló su portentosa capacidad para el retrato íntimo en los arrabales de la convención, y esta capacidad fue llevada al extremo, al paroxismo, e incluso a un espacio cuasionírico en sus tres ulteriores (y brillantes) películas. Boogie Nights no tiene casi nada de eso, y más bien se revela como un biopic que no por extravagante deja de seguir los cánones más convencionales.

 

 

         Artificios

 

El interés de la película reside, por un lado, en el entramado más o menos feliz de la retahíla de personajes que van más allá de la trama principal pero en ocasiones consiguen enriquecerla y darle a la historia una mayor significación como mosaico descriptivo; por otra parte, claro, en los constantes juegos de la puesta en escena de Anderson, sus devaneos con la steadycam, las travesuras con la planificación y los planos-secuencia, y la utilización de la música (todo ello sí revela ecos claramente scorsesianos). Porque todo eso era, quizás, lo único que Anderson podía hacer: el artificio, que le dio de comer.

 

 

Petardos

 

Su esencia como narrador sólo planea en momentos aislados de la ficción, los más envolventes, como la conversación, en la cárcel, abortada, de Jack (Reynolds) con el que fuera productor de sus hits en los setenta, o aquél en el que Dirk y sus amigos visitan a un ricacho de Beverly Hills (Alfred Molina) al que pretenden venderle droga adulterada y se encuentran con un impúber chino que se dedica a amenizar la velada... tirando petardos.

Silver City

Silver City


Silver City

Director: John Sayles.

Guión: John Sayles.

Intérpretes: Chris Cooper, Richard Dreyfuss, Danny Huston, Michael Murphy, Kris Kristofferson, Maria Bello.

Música: Mason Daring.

Fotografía: Haskell Wexler.

EEUU. 2004. 112 minutos.

 


 

 

 

El indie y la política

 

Silver City es una de las obras de mayor carga política en la filmografía de John Sayles, uno de los indies más brillantes de la cinematografía americana, especialmente conocido por su talante de rara avis, por su capacidad de moverse a los dos lados del sistema, en la industria que paga las facturas (haciendo guiones y filmando videoclips –muchos de los de Springsteen en los ochenta y noventa-) y fuera, muy lejos de ella, filmando historias como ésta que nos ocupa, cuyo discurso se alinea en todo caso contra el poder establecido y sus normas.

 

 

Inmigración y medio ambiente

 

La película es pariente lejana de la que es a mi juicio la mejor de Sayles, Lone Star, ya que incide en una trama criminal con el telón de fondo para desgranar el statu quo de los inmigrantes ilegales en la tierra de las barras y estrellas. Sin embargo, para la ocasión, y haciendo uso de un sentido de la oportunidad –las elecciones americanas del 3-N de 2004-, la trama, de puro cine negro, se envuelve bajo otra capa, que hilvana una crítica mordaz y muy poco sutil a la figura de George W. Bush, describiendo las piezas de poder financiero que patrocinan la campaña de un aspirante a gobernador de Colorado, el personaje magníficamente encarnado por Chris Cooper, una persona muy simple y manipulable, hijo de un importante Senador, de fervorosa pasión religiosa, y al que le gusta sazonar sus telegráficos discursos con bromas sobre el viejo oeste (sic). En el contexto de esa campaña electoral –en la que no se describe un antagonista del aspirante republicano, ya que se da por segura su victoria electoral-, un investigador concienzudo (magnífico Danny Huston) va levantando el velo de una confabulación urbanística de visos criminales, pues sus promotores emplean el trabajo de inmigrantes ilegales con la impunidad de saber que pueden disponer el orden de su vida, y atentando a sabiendas contra el medio ambiente de la zona.

 

 

Saturación temática

 

Una vez más, el filme escrito, montado y dirigido por Sayles es rico en personajes de lo más dudosos, algunos mejor descritos que otros, porque la película adolece de una saturación temática, y el juego entre la ficción política y la trama criminal no se resuelve de un modo del todo satisfactorio, quedando muchos lazos por atar que sólo el espectador más avezado y conocedor del discurso del autor es capaz de encajar. Ello no es óbice para reconocer en la obra auténticos destellos de genio, no ya sólo en el esquematizado cuadro de las fabulaciones y mecanismos del poder, sino en el tratamiento del personaje protagonista y su progresiva asunción de verdades peligrosas (y esos personajes que va escribiendo en la pared), o, en un plano visual, el tratamiento del clímax de la ficción criminal relacionada con la muerte del inmigrante Lázaro Huerta.

 

 

         Buenos negocios

 

Aunque el filme está lleno de pullas, Sayles se guarda para el final la mayor cantidad de veneno, en un epílogo donde la cámara visita durante dos o tres segundos a todas las piezas de este ímprobo negocio con la puntuación de la voz en off de un discurso electoral aprendido y con ello rendimos definitiva cuenta de la calaña que se esconde tras la fachada, cerrándose la película con los peces que van apareciendo muertos al son de una salmodia patriótica, y una panorámica de la naturaleza asesinada por el precio de hacer un buen negocio.

 

pena de muerte

pena de muerte


Dead Man Walking

Director: Tim Robbins.

Guión: Tim Robbins, basado en la obra y testimonio de Helen Prejean.

Intérpretes: Susan Sarandon, Sean Penn, Robert Prosky, Raymond J. Barry, R. Lee Ermey, Lois Smith, Celia Weston.

Música: David Robbins.

Fotografía: Roger Deakins.

EEUU. 1995. 110 minutos.

 


 

 

Auxilio espiritual

 

 

Si queda alguna cosa clara al estudiar la corta, densa e intencionada filmografía de Tim Robbins es que lo suyo son las camisas de once varas. Todas sus películas son un buen ejemplo de ello, y la que aquí nos ocupa es la más sencilla y accesible del realizador, porque lo cerebral cede paso y peso a una perturbadora textura dramática, tan perturbadora como espinosa es la temática que el filme aborda. Partiendo del testimonio de la monja Helen Prejean –encarnada por la esposa del realizador-, Robbins propone una introspección a la realidad de la pena de muerte (en su modalidad de inyección letal) en los States. Siendo claro y evidente su afán de denostar la práctica de dicha pena privativa de la vida, sirve su alegato desde una pretendida, y bastante consistente, objetivización de los elementos que concurren en coyunturas de esta índole: principalmente opone el dolor del reo al de los familiares de sus víctimas, así como lanza su mirada a la realidad socio-económica que lastra no sólo las posibilidades actuales (procesales) sino también el propio bagaje vital (educación) del reo. Para canalizarlo está Susan Sarandon, quien viste los ropajes de Helen, quien recorrerá con el espectador el viaje iniciático hacia la milla verde cuando el condenado a muerte (también espléndido Penn) le solicite auxilio espiritual.

 

 

Sosiego

 

En las antípodas tonales de aquella bomba de relojería sarcástica que era Bob Roberts,  Robbins opta por un ejercicio de sobriedad y asfixiante sosiego. Sin otros alardes visuales que los sencillos montajes de plano-contraplano al dueto protagonista en las diversas reuniones que mantienen, siempre –hasta el final- separados por rejas o espejos, Robbins dota de curiosidad a la cámara, que sigue a los diversos peones de tan macabro acto (no sólo los protagonistas, también los voluntarios de la Misión de Helen que colaboran con ella, así como los padres de las víctimas y los funcionarios de prisión) en las comisuras de cuyos conflictos y sinos Helen pretende encontrar el milagro de la comprensión, el perdón y la redención. El que lo logre o no es una ecuación tan indescifrable como el propio concepto de maldad, pero Robbins rubrica una valiosa obra-denuncia cuya mayor virtud es sin duda la elusión de toda puerilidad.

ciudadano Bob Roberts

ciudadano Bob Roberts


Bob Roberts

Director: Tim Robbins.

Guión: Tim Robbins.

Intérpretes: Tim Robbins, Alan Rickman, Giancarlo Esposito, Bob Balaban, Gore Vidal, Ray Wise, Rebecca Jenkins, David Strathain, James Spader, Fred Ward, Peter Gallagher.

Música: David Robbins.

Fotografía: Jean Lépine.

EEUU. 1992. 98 minutos.

 


 

 

 

El reverso de Capra

 

A estas alturas se me antoja innecesario hablar del talante combativo en cuestiones ideológico-políticas del ciudadano Tim Robbins (y de su esposa Susan Sarandon), y de su defensa a ultranza de sus valores liberales e izquierdistas que tantos enemigos le ha labrado en el establishment (el senador McCarthy, qué duda cabe, lo hubiera catalogado rápidamente de comunista). No es de extrañar que sus pocas incursiones tras la cámara se hayan eregido –del modo más deliberado- en instrumentos de fuerza arraigada en esa ideología, y honestamente críticas con el sistema establecido y los valores (o su carencia) en la praxis política o social. Antes de aquella intensa obra que denunciaba la pena de muerte (Dead Man Walking) y del mesiánico retrato del zeitgeist de la Nueva York rooseveltiana (Craddle will rock) un Robbins-actor saliente de ejercicios paródicos y sabiamente viperinos promovidos por Robert Altman (The Player y Short Cuts) concentró sus energías y talentos como realizador en este Bob Roberts, filme que podríamos calificar, de entrada, como reverso de un remake de Caballero sin espada. Como en el filme de Capra, se narra la irrupción en las instancias políticas de un ciudadano de a pie, un self-made man (proto)típicamente americano, a la sazón cantautor folk. Pero la palabra clave de la definición es “reverso”, y ello porque, conforme se va desgranando la información al espectador, se va levantando el velo de aquella especie de lucha de un hombre contra el sistema, y podemos conocer el lobo tras la piel de cordero, el talante de aquel neoconservador convencido, reciclado desde las altas esferas bursátiles (contextualicemos: estamos a principios de los noventa, los tiempos salientes de aquella tan perniciosa borrachera lucrativa de los yuppies de Wall Street), y auspiciado económicamente por corporaciones con peso específico en el aparato militar estadounidense y con contactos en aquellas instancias de la “Seguridad Nacional” (individualizados en el personaje de poses vamíricas –esas gafas de sol perennes en su rostro- que encarna Alan Rickman); conoceremos las insidiosas maquinaciones e inquinas estrategias que Roberts lleva a cabo para domeñar al público -votante- mediante la apelación a sus más bajos instintos y fervores (sin excluir una amarga invectiva a la instrumentalización católica), y la revelación de los más que dudosos fondos que sostentan su campaña (sirviéndose del único personaje con conciencia, y por tanto mártir, el periodista de investigación que encarna Giancarlo Espósito). La fórmula narrativa escogida es de lo más audaz: un documental de seguimiento de campaña que se pretende objetivo: a pesar de que se escatima mucha información, el responsable de aquel documental va tomando conciencia, a veces por inferencias lógicas, conforme los acontecimientos van revelando el talante del ciudadano Bob Roberts.

 

 

         De la sátira a la elegía

 

A Robbins le interesa el discurso, y nada más que el discurso. El discurso sostiene cada imagen y situación planteada, partiendo de un cierto cinismo o carga sátira para encauzar, en los últimos instantes del filme, un hálito de acusada elegía. Así se fundamentan sus propósitos, que se atreven a escarbar de un modo mucho más acerado que el promovido por las soflamas de Michael Moore una década después, pero que, como en las obras de éste último, canalizan una airada reacción (y grito casi desesperado) contra la corrupción que sostiene un sistema cuyos valores democráticos se ven ninguneados de facto por superiores intereses económicos, ello logrado mediante la manipulación informativa y los trampantojos más cínicos y aviesos (el ejemplo que propone Robibns, el falso atentado, funciona a la perfección como hipérbole de todo lo expuesto). Lo más grave del caso es comprobar que las formas, actitudes y manipulaciones que Robbins recogía al respecto en las vísperas de la guerra de Irak de 1991 resultan de aplicación aún mucho más categórica diez y quince años después, en el primer y segundo mandatos del presidente hijo de aquél, George Washington Bush, mucho menos difusa la intervención de los mass media en el auspicio del poder (recordemos el conflicto con los votos en Florida en las elecciones de 2001), la manipulación en aras a la justificación –por la vía del miedo reactivo de la ciudadanía- de la actividad bélica (“armas de destrucción masiva”), el sostén corporativo (las empresas de la propia familia Bush, de Donald Rumsfeld y de Dick Chenney, por citar las cabezas más visibles), y, en fin, la más ferviente afiliación a los tics más rancios de la facción neocon republicana (el presidente de los Estados Unidos forma parte de un grupo ultracatólico denominado “los renacidos” –cuyo carácter sectario se retrata, de forma visionaria, en aquel plano del filme en el que los fanáticos de Roberts hacen guardia a las puertas del domicilio del político, mientras sostienen cirios y crucifijos, y terminan abrazándose y dando gracias a Dios por el asesinato del periodista que encarna Espósito-).

 

 

Referenciales

 

En esa coda discursiva, el filme utiliza no pocas insignias temáticas y visuales que avalan el contenido crítico que se propone. Más allá del apoyo de tantísimos actores liberales que quisieron aparecer en la pantalla (John Cusak, Helen Hunt, Ray Wise, Rebecca Jenkins, David Strathain, James Spader, Fred Ward, Peter Gallagher y la propia Sarandon, por citar unos cuantos), son infinitos los mecanismos narrativos que buscan enriquecer la narración en subtextos reconocibles y que promueven la reflexión. Sin ir más lejos, los enunciados de las canciones –y carátulas de los discos, y contenido de los videoclips- de Roberts, reacción grotesca de los ítems de Bob Dylan, profeta de la generación que se pretende ningunear; a su vez reciclaje salvaje y obtuso de las fórmulas netamente izquierdistas de aquel campesino que se erigió en sustento ideológico de la izquierda en los años de la Depresión, Woody Guthrie (a quien se remeda su maravillosa “This land is your land”, y una de cuyas canciones, de significativo título –“I’ve got to know”- acompaña los créditos finales); la aparición de Gore Vidal interpretando al sensato político que será vencido en las urnas –que sea el escritor quien interprete ese papel promueve no pocas y pesimistas lecturas referidas a la derrota de lo intelectual-; o en el apartado de la puesta en escena el constante recurso al elemento televisivo y su continuo gusto por el efectismo (parangonado, hacia el final de la película, con una gran solución de puesta en escena, aquélla en la que vemos hablando al periodista que encarna Espósito en el reflejo de un televisor...apagado).

depredador

depredador


Predator

Director: John McTiernan.

Guión: Jim y John Thomas.

Intérpretes: Arnold Schwarzenegger, Carl Weathers, Shane Black, Elpidia Carrillo, Bill Duke, Kevin Peter Hall.

Música: Alan Silvestri.

Fotografía: Donald McAlpine

EEUU. 1987. 101 minutos.

 

 Arnie en los ochenta

 

De entre los productos de acción que el bueno (o malo) de Arnie protagonizó en aquella su década dorada de los ochenta (ex-aqueo con Sly Stallone, of course), Predator me parece la obra más rescatable, incluso por encima de Terminator, que considero excesivamente aquejada de los tics y la estética de los ochenta, y que envejece bastante mal.

 

 

Alien en la selva

 

Nada de ello sucede en esta producción dirigida por el incombustible y siempre solvente John McTiernan, que juega a las apariencias (especialmente en el momento de su estreno, donde los fans del actual gobernador de California esperaban un enésimo Comando y se encontraron con algo muy distinto), y nos entrega una interesante fusión de géneros, a caballo entre la acción bélica, la CI-FI y el terror, que al parecer de este cronista no es otra cosa que un remake inconfeso, y en la selva, del clásico Alien de Ridley Scott. Al menos en lo que concierne a la temática. En ambos casos, un pasajero inesperado en el viaje,  muy pero que muy hostil, y casi invencible, extraterrestre para más señas, interrumpe el orden planificado de los acontecimientos y da lugar a una sangría despiadada, una auténtica caza del hombre (en Predator, del superhombre –son una fracción de élite del ejército-, para darle aún más punch a la cosa). Y en ambos casos, claro, sólo los más fuertes, el/la más fuerte sobrevive/n.

 

 

 McTiernan

 

El estilo del mayor de los Scott y el de McTiernan, empero, distan mucho de parecerse, y por ello la película que nos ocupa guarda evidentes distancias con su precedente: McTiernan se empeña en sacarle todo el partido físico a la selva, y lo consigue –transmitiendo de paso una sensación de claustrofobia, de encerrona-. Con el leve apoyo de la partitura de raigambre castrense de Alan Silvestri, y con el minucioso encuadre del indómito paraje que sirve de enorme trampa para el cazador que da título al filme, McTiernan extrae una sucesión de arrebatados e inspirados momentos de gran cine, algo a priori impensable en un producto de este talante.