Blogia

VOICE OVER

campanadas a medianoche

campanadas a medianoche


Campanadas a medianoche

Director: Orson Welles.

Guión: Orson Welles, basado en ensayos de Raphael Holinshed, y en la obra de William Shakespeare.

Intérpretes: Jeanne Moreau, Margaret Rutherford, Orson Welles, John Gielgud, Marina Vladi, Walter Chiari, Michael Aldridge.

Música: Angelo Francesco Lavagnino.

Fotografía: Edmond Richard.

Francia-España-Suiza. 1965. 101 minutos.


 

 

 

En las pieles de Falstaff

 

En esta su tercera y última incursión en el universo shakespeareano,  Orson Welles, amén de dirigir –y, como siempre, controlar milimétricamente todos los estadios de la producción, recuperando el aliento de maestros del cine primigenio o, si lo prefieren, adelantándose unas cuantas décadas a la llamada generación del nuevo Hollywood, de los años setenta-, viste –y a la perfección- las pieles y el alma de John Falstaff, orondo plebeyo de tupida barba blanca, que parece la summa de todos los vicios y debilidades del alma humana, y ello careciendo de auténtica maldad. Hay quien ha visto en ese personaje una parábola consciente sobre el statu quo del Mago, de Welles, en el establishment cinematográfico, sobre su azote a las estructuras preestablecidas y el maltrato padecido por el genial realizador de El Proceso. Sin necesidad de valorar la veracidad de tales suposiciones es sin duda cierto que las condiciones de gestación de la película –en tierras españolas y cobertura del productor Emiliano Piedra-, contrapuestas al ambicioso proyecto que esta Campanadas a medianoche abanderó (película basada en un montaje teatral del propio Welles que aglutinaba hasta cinco obras del literato inglés por excelencia) no merecen otro epíteto a su creador que el de indómito, y vista la maestría en su resolución, se engrandece la leyenda de uno de los creadores más extraordinarios que nos ha dejado más de un siglo de cine, y quizás –con permiso de Hitchcock- el más visionario de todos.

 

 

Del poder y la corrupción

 

La precariedad de condiciones se acusa en la cierta sensación de atropello del tratamiento visual de la obra y sobremanera en el deficiente sonido, pero todo ello no menoscaba un ápice la fuerza y el talento que Falstaff (uno de sus títulos originales) derrocha por todos sus poros. La historia contrapone de forma constante los entresijos de la nobleza con el día a día del pueblo llano, a través de un constante juego entre el desarrollo de los puntos de vista desde uno y otro segmentos (representados por dos escenarios bien diferenciados) y mediante el vínculo entre ambos estadios de la vida medieval que personifica Hal, hijo de Enrique IV llamado, por un lado, a heredar su trono y amigo íntimo, por el otro, de John Falstaff. Con esta estructura bipolar –que curiosamente sólo se quiebra en la célebre secuencia de la batalla, equiparando la guerra con la única posibilidad de acercamiento entre ricos y desfavorecidos-, el filme reflexiona con lucidez y cierto desgarro emocional sobre algunas de las facciones más íntimas de la creación del autor inglés, las que hablan de las diversas apariencias de la corrupción y de la aniquilación desintegradora que el poder ejerce sobre los valores humanos.

 

 

Festín visual

 

      Las soluciones de puesta en escena que el ojo de Welles propone -siempre bajo los claroscuros que la historia y el carácter modesto de la producción aconsejan- no dan tregua a la retina que las recibe. Auténticos planos-secuencia de corte eminentemente teatral se mezclan con otras secuencias donde la cámara se mueve y persigue incesante los avatares físicos de los personajes, atreviéndose a menudo con auténticas piruetas visuales. Sucesiones diríase que supersónicas de planos medios y cortos –la marcha de Persi a la batalla y el anuncio frenético de los clarines, o el prodigio de montaje de la batalla en el interludio de la película- se confrontan a los solemnes primeros planos que resiguen los soliloquios de John Gielgud... Sencillamente prodigiosa película de Welles.

confesiones de una mente peligrosa

confesiones de una mente peligrosa


Confessions of a dangerous mind

Director: George Clooney.

Guión: Charlie Kaufman, basado en una obra de Chuck Barris.

Intérpretes: Sam Rockwell, Maggie Gyllenhaal, Drew Barrymore, Jenniffer Hall, George Clooney, David Julian Hirsh.

Música: Alex Wurman.

Fotografía: Newton Howard Sigel.

EEUU. 2002. 122 minutos.

 


 

 

         Clooney

 

 

El visionado de esta estimulante opera prima de George Clooney le lleva a uno a efectuar una serie de reflexiones: la primera de ellas, en el campo formal, nos advierte de la filiación (cinematográfica) del director respecto a su amiguete Soderbergh: Clooney se empeña en “ejercer la narración” desde la imaginación en la planificación y ejecución de cada fragmento narrativo de las que se compone este biopic segmentado que es Confessions of a dangerous mind; la puesta en escena se erige en un efervescente ejercicio de estilo, que presenta propuestas de lo más inteligentes, de lo más vivificantes –sólo se empaña, a mi humilde parecer, en la utilización fotográfica de diversos tonos cromáticos cuya necesidad/utilidad no queda demasiado clara (como pasaba, por ejemplo, en Traffic)-.

 

        

 Kaufman

 

Sin embargo, parece que el pupilo supera al maestro, pues personalmente opino que esta Confessions... es una película mucho más interesante que cualquier propuesta estilística de Soderbergh, principalmente porque las estratagemas narrativas de Clooney siempre se apoyan en un férreo, corrosivo y brillante sustento argumental, rubricado por el malabarista Charlie Kaufman, quien como siempre rehuye todo convencionalismo, y convierte la narración de la vida de Chuck Barris –un personaje real, que alternaba su tarea de presentador de programas mediocres en televisión con la ocupación de agente secreto de la CIA (sic)- en una panavisión de la evolución de la nación americana en los años de la guerra fría desde un punto de vista absolutamente inédito, y por ello, del todo apasionante. En las superficies pantanosas que podemos encontrar bajo el texto de Kaufman y la caligrafía de Clooney bucean alegremente incesantes arrebatos de cinismo discursivo, auténticos puñetazos al statu quo americano que se nos pretende vender, que programas como los de Baris o cinematografías como la de Hollywood nos han venido vendiendo desde siempre.

 

 

Rockwell

 

Y este recorrido, tan y tan corrosivo, no sería lo mismo sin la superlativa composición que Sam Rockwell lleva a cabo del protagonista, auténtico tour de force interpretativo en el que el actor sabe rendir buena cuenta de los altibajos emocionales, vitales del personaje al que alienta y de la mirada que los contempla. Actor, guionista y director asumen riesgos y los llevan a buen puerto. Sin embargo, Confessions... es una película que sólo pudimos ver en España los afortunados que nos dimos prisa en acudir al cine en el momento de su estreno, porque, cuatro años más tarde, aún no se ha editado en DVD. Y eso que la dirige George Clooney. Cosas que tiene la distribución…

verano de corrupción

verano de corrupción


Apt Pupil

Director: Brian Synger.

Guión: Brandon Boyce, basado en el relato de Stephen King.

Intérpretes: Brad Renfro, Ian McKellen, David Schwimmer, Joshua Jackson, Michael Cottrell, Bruce Davison, Ann Dowd.

Música: John Ottman.

Fotografía: Newton Thomas Sigel.

EEUU. 1998. 99 minutos.

 


 

 

 

Una adaptación descafeinada

 

El verano del 2004, que fue el menos corrupto vivido desde mi primera adolescencia, tuve el gusto de leer la novela-cuento de Stephen King, Apt Pupil, y de ver esta adaptación cinematográfica llevada a cabo por el siempre solvente Bryan Singer. Sorpresa o no, la narración del escritor de Maine se sitúa entre las historias más envolventes y malcaradas que le he podido leer. La adaptación de Singer me ha resultado, a su lado, del todo descafeinada, excesivamente convencional, y entiendo que del todo fallida desde su concepción, pues aborta la narración antes de atreverse a contar el meollo de la historia –que conforma el desenlace de la novela-: la fragilidad de la clase media-alta americana, su crisis de valores y la sutil pergeñación de mentes fascistoides.

 

 

Singer artesano

 

   La adaptación no se atreve a nada de eso, y Singer se limita a caligrafiar un guión reduccionista con sus dotes artesanales habituales, entregando una narración bastante compacta, bien planificada y ejecutada, aunque más bien por debajo de su inventiva visual, capaz de arrastrarnos con mucha más fuerza que las historias que propone, cosa que aquí no sucede. Pero, lo más importante, carente de la necesaria mala leche que su sustrato exigía. Una auténtica lástima que una idea (y narración) tan interesante se traspole en un producto industrial que sólo pretende la corrección y el entertainment sin más. Rescatar, eso sí, dos interpretaciones bien interesantes, la del descompensado duo protagonista, Renfro y McKellen, dos buenas presencias que hubieran requerido (y sido capaces de aportar) mucho más.

criaturas celestiales

criaturas celestiales


Heavenly Creatures

Director: Peter Jackson.

Guión: Peter Jackson y Fran Walsh

Intérpretes: Kate Winslet, Melanie Lynskey, Sarah Peirse, Diana Kent, Clive Merrison, Simon O’Connor.

Música: Peter Dasent.

Fotografía: Allun Boellinger.

Nueva Zelanda-GB-Alemania. 1994. 108 minutos.

 


 

 

Del gore al mainstream

 

 

Entre otros epítetos que hablan del talento y méritos personales de Peter Jackson, su filmografía merece la calificación de “chocante”. Empezó con tres largometrajes de filiación netamente gore, dos de ellos – Meet the Feebles, Braindead- propuestas que destacaron por renovar el género e incluso abrirlo a nuevos públicos (el otro, Bad Taste, fue su opera prima, filmada casi sin medios durante diversos fines de semana). Después llegó la megalómana y brillante trilogía que adaptó para la gran pantalla el clásico por excelencia de JRR Tolkien, The Lord of the Rings, y la no menos elefiantástica y a menudo estimulante versión-homenaje de King Kong. ¿Y en medio? ¿Cuál fue el tránsito? Pues otro tríptico, de lo más variopinto: The frighteners, una comedia de fantasmas, divertida, su película más convencional; Forgotten Silver, un falso documental cinéfilo fascinante; y esta Heavenly Creatures, película que deja patente la inmensa capacidad de Jackson para moverse por donde le da la gana con la mayor soltura.

 

 

Drama fantástico

 

 Heavenly Creatures narra la historia real de dos chicas que planearon y cometieron el asesinato de la madre de una de ellas. Podría ser carne de telefilme al uso, podría dar lugar a una narración efectista, a un drama descorazonador... Jackson rehuye todas las opciones, incluso una clásica, y enfoca el filme desde el punto de vista más improbable: la visión fantástica. Y, mira por donde, se saca de la manga una película que, cargada de intensidad, no traiciona la narración elemental, pero la expande a límites insospechados, y acaba convirtiéndose en una lucidísima mirada sobre los conflictos de la adolescencia, el despertar sexual, los sueños y la frustración.

 

 

         El mundo ideal

 

Jackson (coautor del férreo guión con su esposa Fran Walsh) alterna la narración convencional de los acontecimientos con los segmentos que podríamos catalogar de “subjetivos”, que van desgranando el mundo ideal, de fantasía que las dos chicas protagonistas van construyendo a su medida, hasta límites de hermetismo insoportables. En ambos casos, su puesta en escena, del todo imaginativa, consigue arrancarle un ritmo trepidante a la película, que transcurre ardua ante nuestros ojos, que apenas tienen tiempo de darse cuenta de que la historia se va recargando, traspasando todos los límites a los que nuestra percepción de una historia de este corte nos tenían acostumbrados. El desenlace no elude ciertas dosis de sordidez, unos momentos de suspense perfectamente desplegado que alcanzan un clímax de sequedad, acongojando al más pintado. Cuando los créditos finales desfilan ante nuestros ojos, nos damos cuenta: hemos desfilado por momentos propios de casi todos los géneros cinematográficos, todo un abanico de emociones de lo más diversas, todas reunidas bajo la consigna de la magnífica historia que Peter Jackson nos ha contado.

malas calles

malas calles


Mean Streets

Director: Martin Scorsese.

Guión: Martin Scorsese y Mardik Martin, basado en una historia del primero.

Intérpretes: Harvey Keitel, Robert De Niro, David Proval, Amy Robinson, Richard Romanus, Cesare Danova, David Carradine.

Música: Eric Clapton.

Fotografía: Kent L. Wakeford.

EEUU. 1973. 93 minutos.


 

 

 

Fiebre en Little Italy

 

Podría decirse que, sin ser la opera prima de Scorsese, esta Mean  Streets es la realización en la que el realizador neoyorkino imprime por primera vez la impronta de estilo que ahora se le reconoce tan fácilmente. A menudo se habla de esta película como un esbozo de su ulterior y brillante Good Fellas, refiriéndose con ello al empleo de las estrategias narrativas basadas en el steadycam, la cámara lenta y los juegos con el montaje, o a la utilización de la música diegética. Otra visión, muy simplificada, nos dice que en Malas calles Scorsese fusiona dos de sus pasiones cinematográficas, el neorrealismo italiano –apareciendo el filme cual trasunto neoyorquino y contemporáneo del Rocco e suoi fratelli de Visconti- con el cine negro americano. Simplificada o no, es cierto que Scorsese rompe muchas reglas en la concepción y ejecución de esta magnífica película, fusionando un escrupuloso afán descriptivo de las calles y gentes del Little Italy con una sucesión de tramas que tiene algo de serie negra, si bien en todo caso se encauzan desde el punto de vista dramático, del protagonista que encarna Harvey Keitel, al que vemos luchar por encontrar un equilibrio imposible entre los elementos que le estigmatizan –Dios, su posición en la Familia, el amor a una prostituta, el amparo a su amigo descarriado-, ítems que aparecen fuertemente relacionados pero más concretados que en Who’s that knockin’ at my door, la interesante obra primeriza del autor.

 

 

Estoicidad narrativa

 

A la luz de la narración, parecen obvios los tintes autobiográficos que el director le imprime a la cinta, que en definitiva puede verse más que nada como una lúcida rendición de cuentas con su pasado. El desenlace, rozando la tragedia, aparece así como una suerte de catarsis particular. Scorsese no concede más espacio que el soterrado al lirismo, y desarrolla los acontecimientos, a menudo sórdidos, con estoicidad, con un marcado sentido de la sobriedad. De ahí extrae toda su fuerza y personalidad la película, y por ese tamiz pasan las argucias visuales a las que ya nos hemos referido, y que Scorsese domina, ya aquí, a la perfección.

la terminal

la terminal


The Terminal

Director: Steven Spielberg.

Guión: Sacha Gervasi y Jeff Nathanson, basado en una historia del primero y Andrew Niccol.

Intérpretes: Tom Hanks, Catherine Zeta-Jones, Stanley Tucci, Chi McBride, Diego Luna, Barry Shabaka Henley, Zoe Saldaña.

Música: John Williams.

Fotografía: Janusz Kaminski.

EEUU. 2004. 109 minutos.

 


 

 

 

         ¿Una comedia?

 

No parece nada extraño que la crítica despachara esta película de Spielberg con las coletillas habituales: impecable acabado visual, sí, pero al servicio de una simplificación discursiva (que se califica ora de vacua, ora de saturada de melaza). Quizás los críticos sigan empecinados en calificar de vacuos los discursos del firmante de, entre otras, Schindler’s List y A.I. (y en cambio le aplauden películas tan mediocres como la cuarta entrega de Indiana Jones: parece que le estén diciendo “Spielberg, eso es lo tuyo, no te muevas del entertainment”). Quizás los críticos pretendían de Spielberg una visión claustrofóbica, ensombrecida,esquinada, trágica en fin, del periplo vivido por Viktor Navorski, condenado por la burocracia a morar durante largo tiempo en los vestíbulos del aeropuerto JFK de Nueva York. O simplemente no le respetaron su decisión de rubricar una comedia. O les corroe la envidia. Ambas tres, que diría aquél: Spielberg, sin haber rubricado una obra maestra, entrega dos horas de tensión y emoción, emoción que logra extraer, ahí es nada, de la lectura en clave comedil de una situación ciertamente penosa, la vivida por el turista del imaginario pais de  Krakhozia que se ve retenido entre extraños. Ya lo dijo Oscar Wilde: "Si quieres decirle la verdad a la gente, hazles reír, de otra manera te matarán".

 

 

         Ojo clínico

 

Ni que decir tiene –y eso ya nadie lo pone en duda- que la puesta en escena del director de Empire of the Sun se caracteriza por el milimétrico control de las técnicas visuales de la narración, y en este caso que el ritmo, brioso en todo caso, se sustenta en el equilibrado contrapeso entre lo cómico y lo aciago. El realizador dispuso de medios necesarios para recrear una terminal a un tamaño levemente inferior a su original (una de las tantas que tiene aeropuerto neoyorquino de referencia), y ello está aprovechado a la perfección, por un lado, merced del esmero en la producción –decorados, extras, sonido…-, y por otro, lo que más interesa desde el punto de vista cinematográfico, porque Spielberg es un excelente hacedor de imágenes, y moviéndose en ese microcosmos se permite dar rienda suelta a incesantes soluciones visuales que sólo pueden calificarse de excepcionales: planificación de escenas, montajes paralelos que sirven a modo de oposición (lo que le sucede a Viktor en la terminal por un lado, la vigilancia que sobre él ejerce el personaje –tan bien- interpretado por Stanley Tucci), juegos con la profundidad de campo (en el constante trasiego de plantas, desnortado, de Viktor), movimientos de cámara (el plano en el que el policía interpretado por Barry Shabaka Henley acompaña a Viktor a la terminal, le entrega cupones de comida y una tarjeta telefónica y le deja solo: en sus devaneos, progresivamente circulares en torno a los dos personajes careados, la cámara capta a la perfección lo dramático, caótico de la situación que le espera al recién llegado)…

 

 

Seguridad/Humanidad

 

En el fondo del discurso de la película escuchamos ecos del optimismo crítico de Capra, al que muchos califican (ellos sabrán por qué) de trasnochado, para encauzar una parábola –eso es lo que es, en definitiva, la película- sobre el triunfo de la bondad y la solidaridad sobre los despiadados mecanismos del sistema, cuya generalidad y abstracción no se aplican sino que a menudo recaen como el peso de condenas sobre lo que no es general ni abstracto: las personas. Al fastidioso crítico convencional se le pasó por alto, en ese sentido, que todos aquellos que ayudan a Victor Navorsky a vencer a su enemigo invisible son inmigrantes, hispanos, hindús o negros, mientras que el enemigo invisible aparece personificado por el típico burócrata trepa, blanco caucásico para más señas. Cuando se estrenó la ulterior película de Spielberg, War of the Worlds, muchos críticos leyeron las intenciones del filme desde la clave del 11-S, a título alegórico; esa perspectiva fue ratificada con la siguiente obra de Spielberg, Munich, que habla de terrorismo y está protagonizada por terroristas. De lo que quizá se ha hecho menor mención es que esta The Terminal también merece encuadrarse en lo que se ha venido en llamar “el cine post-11-S”: pocas películas transcurren en aeropuertos, y de ellas aún muchas menos no nos hablan de catástrofes (Aeropuerto, sucedáneos y sátiras); precisamente tres años después del atentado que destruyó las Torres Gemelas, y en un momento en el que la amenaza terrorista ha avalado las políticas que priorizan lo securitario (lo que se ha notado mucho en los controles de los aeropuertos, y por tanto afecta a millones de usuarios), el realizador saliente de Catch me if you can se saca de la manga una fábula amable que transcurre íntegramente en el interior de un aeropuerto, y en la que un pobre hombre que sólo quiere catar el sueño americano (el detalle argumental del tarro de cacahuetes y lo que contiene en su interior, el motivo del viaje de Navorski a Nueva York) lucha contra una cuadrícula que esgrime la salvaguarda de la Seguridad Nacional: Navorski aplica su pericia en cuestiones de ebanistería y fontanería para mejorar las instalaciones del aeropuerto, se convierte en alcahueta de dos funcionarios, e incluso es convertido en héroe al utilizar un ardid legal que ha aprendido en sus interminables tiempos muertos para ayudar a un pobre desgraciado a cruzar la frontera con unos medicamentos que no habían sido debidamente declarados. Su proverbial humanidad (y las motivaciones que le llevan a los EEUU) representan el reverso perfecto de la actitud e intenciones de un terrorista. Spielberg no hace otra cosa que recordarnos aquel dicho que reza que “por cada cinco personas, cuatro son buenas”. Quizá sus intenciones trascienden de lo anecdótico en un contexto histórico o político como el de 2004 en el país de las barras y estrellas. No sólo las amenazas deben ser el motor de nuestros actos, por otro lado, como reza el tagline del filme, “la vida espera”.

negocios ocultos

negocios ocultos


Dirty Pretty Things

Director: Stephen Frears.

Guión: Steven Knight.

Intérpretes: Audrey Tautou, Sergi López, Chiwetel Eijofor, Kris Dossanj, Sophie Okonedo, Benedict Wong.

Música: Nathan Larson.

Fotografía: Chris Menges.

EEUU. 2002. 113 minutos.

 


 

 

 

Eclecticismo

 

Hablar de la solvencia cineasta de Stephen Frears a estas alturas se me antoja de todo punto innecesario. Tanto como reconocer su capacidad de movimiento en todo tipo de producciones, ora de los grandes estudios de Hollywood, ora del formato televisivo, ora de la filmografía británica –su filmografía de origen, y a la que pertenece esta Dirty Pretty Things. Y huelga decir también que este eclecticismo es extensible a la absoluta carencia de afiliación genérica de la que siempre ha venido haciendo gala el director anglosajón: en efecto, su impronta de estilo -que siempre pasa por la elusión de cualesquiera ambages formales que puedan menoscabar un férreo control del pulso narrativo- ha quedado patente en todo tipo de narraciones, sea la ficción política (Fail Safe), la adaptación de clásicos de muy diverso pelaje (Dangerouses Liaisons, Mary Reilly), el drama de regusto capriano (Hero), la sátira generacional más amable (High Fidelity), o incluso el género negro por excelencia (The Grifters). Aunque en las antípodas de aquella truculenta y brillante historia de timadores timados, el filme que nos ocupa se sirve precisamente de los códigos genéricos del cine negro para desarrollar su trama, si bien encauza su discurso en el terreno donde más se ha extendido en las producciones firmadas en su país de origen, el de la narración más o menos dramática de componenda social, en esta ocasión centrado en el drama por excelencia de estos nuevos tiempos del new world order, la inmigración.

 

 

         Oscuridad 

 

Si en la estimulante My beautiful laundrette –filme que en 1985 le dio a conocer a escala internacional- ya quedaba patente el lúcido enfoque que el realizador era capaz de elucubrar de las relaciones entre diferentes en el seno de la sociedad británica (no ya entre personas de nacionalidad diversa, sino también en lo concerniente a las tendencias sexuales), parece que los acontecimientos que han marcado el paso de diecisiete años ha oscurecido esa visión, y ello –ay- sin perder un ápice de lucidez:  Dirty Pretty Things es una película oscura, muy oscura: de vocación no ya nocturna, sino directamente sórdida, erigida desde escenarios rituales que no tienen nada de halagüeño (los recovecos nocturnos y cargados de sombras del hotel Baltic, la penumbra del aparcamiento, la sala de operaciones del médico forense aliado de Okwe –por cierto, excelente Chiwetel Ejiofor-, el cuchitril donde reside Senay, el taller de confección clandestino, el encajonado espacio de aquel locutorio-parada de taxis,... todos ellos siempre maravillosamente encapotados por la fotografía granulosa de Chris Menges), esa cerrazón proviene directamente de la desazón vital que azota constantemente el devenir de los dos personajes protagonistas, y por lo que, como Okwe le dice a Senay en uno de los momentos culminantes de la película, están condenados a la lucha más elemental por la supervivencia, lo que excluye cualquier aspiración superior.

 

 

Underworld

 

La película parece avanzar sobre alambres, y contagia una sensación de angustia constante. Sólo la virtuosa idiosincrasia de Okwe –que le convierte en héroe- consigue finalmente divisar una luz al final de tan laberíntico alambicado, en el que las sombras no provienen únicamente del personaje del Sr. Juan (también magníficamente matizado por Sergi López), pues sabemos que el gerente del hotel –cuya sonrisa idiota puede esconder cierta habilidad, pero no altura intelectual, antes bien una mediocridad campante- no es más que un nexo con ese underworld de corrupciones y negocios turbios de los que no parecen exentos ni siquiera esos dos funcionarios de inmigración cuyo modus operandi la película caricaturiza con saña.

 

 

         El nebuloso sueño de una tierra prometida

 

El desenlace reserva un más bien esperpéntico happy end, tal como era dable esperar de tan descorazonadora coyuntura: Okwe logra salvar la integridad física de la chica –no la indemnidad moral, varias veces vilipendiada- y labrarle un porvenir en forma de pasaporte, y otro para él. También consigue aplicarle su propia medicina al Sr. Juan, y esa vendetta consigue salvar su propia vida, pero no más. El Sr. Juan recuperará la forma y su próspero negocio. El tablero continuarán dejando a las piezas blancas con una clara ventaja y un derecho a la impunidad. Senay buscará nuevos horizontes, repitiendo el nebuloso sueño de una tierra prometida. Okwe podrá volver a casa, tras pagar el precio de perder la propia identidad, el propio bagaje, por muy virtuoso que haya sido. En ese plano final del filme, nos queda claro en que se convierten los inmigrantes en los países de ¿acogida? En meros papeles.

el retorno del Jedi

el retorno del Jedi


The Return of the Jedi

Director: Richard Marquand.

Guión: George Lucas y Lawrence Kasdan, en base a una historia del primero.

Intérpretes: Mark Hammill, Alec Guiness, Harrison Ford, Carrie Fisher, Ian McDiarmid, James Earl Jones, Peter Mayhew, Kenny Baker, Anthony Daniels, Frank Oz.

Música: John Williams.

Fotografía: Alan Hume y Alec Mills.

EEUU. 1983. 133 minutos.

 


 

 

 

Part I, Part II

 

Aunque no suela mencionarse entre los círculos de fans de la (primera y mejor) trilogía galáctica de Lucas, aunque incluso éste lo niegue, a mí siempre me ha parecido del todo claro que desde el punto de vista narrativo no se puede hablar de una trilogía, antes bien de un díptico, dos capítulos perfectamente aislados, el primero, correspondiente a la primera película, sobre la destrucción de la Estrella de la Muerte, y el segundo, conformado por el hilo enlazado entre la segunda y tercera películas, sobre la venganza o retorno del Jedi. Entiendo sin duda que, precisamente la mejor de las tres películas, Empire Strikes Back, debería ya haberse titulado The Return of the Jedi o The Revenge of the Jedi, acompañado de un Part I.

 

 

         El equilibrio de la Fuerza

 

 Se trata, supongo, de meras discusiones anecdóticas, si bien valen para introducir lo que este capítulo decisivo representa en la topografía de la saga: la terminación de la historia planteada y desarrollada en Empire...: el enfrentamiento de Luke contra el lado oscuro para conseguir devolver el equilibrio a la fuerza, y la liberación de la galaxia de las garras imperiales. Todo ello explica también la dilatación de la trama en dos segmentos determinados: uno, el introductorio en la fortaleza de Jabba el Hutt (que se merienda media hora larga de película únicamente para narrar la rehabilitación de Han Solo), y, dos, especialmente, el que tiene que ver con el bosque de Endor y sus habitantes de peluche, decididamente el fragmento más débil y superfluo de toda la trilogía (otra cosa es lo rentable que le salió a Lucas el invento, ya que los Ewoks dieron lugar a una auténtica franquicia, aunque la innegable mano de oro de Lucas para los negocios no es moneda de cambio para la calidad de los filmes y por tanto no es materia de discusión aquí).

 

 

         Lo jocoso y lo épico

 

Al otro lado de estos meros accesorios, esta Return... cuenta con los momentos más culminantes de la historia, que, más allá de la megalomanía inherente de la liberación de la galaxia –que conceptualmente, y a diferencia de lo que sucede con la segunda trilogía, no deja de ser una anécdota-, se sitúan, claro, en el cumplimiento por parte de Luke de su destino como último Jedi (con permiso de su hermana), la aniquilación de las fuerzas oscuras y el restablecimiento del equilibrio de la fuerza cuando el villano Vader abandona su corrupción y entrega su vida por salvar a su hijo, recobrando así el nombre de Anakin Skywalker, y el título de Caballero Jedi. De esa culminación y todo lo que lo circunda extrae toda su fuerza este tercer capítulo, también dirigido con pulso artesanal por el malogrado Richard Marquand, igual de dinámico en la narración que sus precedentes, y en este caso bajo el cobijo en el guión de otro grande, Lawrence Kasdan, que igualmente da la talla de unos diálogos que saben avanzar a caballo entre lo meramente jocoso y lo épico.