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The Majestic

The Majestic


The Majestic

Director: Frank Darabont.

Guión: Michael Sloane.

Intérpretes: Jim Carrey, Martin Landau, Bob Balaban, Hal Holbrook, Laurie Holden, David Ogden Stiers.

Música: Mark Isham.

Fotografía: David Tattersall.

EEUU. 2002. 136 minutos.

 


 

 

Cánones clásicos

 

 

Confieso que soy admirador de Frank Darabont desde que me emocioné con su trabajo en The Shawsank redemption. Aprecié la calidad –inferior a su precedente- de The green mile, y puedo congratularme de que esta su tercera película –donde por primera vez no alterna la escritura del guión con la dirección, sino que pone en imágenes uno original del desconocido Michael Sloane- es otro maravilloso exponente del mejor cine añejo. Sí, The Majestic –como sucedía hace poco con Seabiscuit- remite a ese modo de entender el cine en el que resuenan los ecos de Capra, como un macroespectáculo visual, pero no como el macroespectáculo (progresivamente más y más) espídico, que la generación, primero de la televisión, después del videojuego, y ahora de la infografía vienen justificando; antes bien, el lenguaje narrativo del cine, la precisa plasmación en imágenes de una historia y las emociones que de ella dimanan a través del filtro de la imagen, mucho más inmediato y eficaz –menos rico en matices, por otro lado- que la lectura de un libro. La puesta en escena de Darabont respeta y se alimenta con profusión de cánones clásicos, mostrando una especial inspiración en los motivos dramáticos, resueltos siempre con capacidad para sugestionar al espectador.

 

 

    Cuento de hadas

 

En The Majestic, Sloane hilvana un robusto guión, de filiación –ya lo decía- descaradamente capriana –otro elemento que convierte el filme en una anacronía, por desgracia-, y la cámara de Darabont sigue la historia de un héroe involuntario, una traslación del Juan Nadie en las pieles de un guionista inopinadamente idealista, que ve frustrado su status económico y emocional con el advenimiento de la caza de brujas del senador McCarthy, y que merced de un acontecimiento fortuito –se golpea la cabeza y despierta en una comunidad rural cerrada en la que todos los ciudadanos le confunden con un finado héroe de guerra-, acaba convirtiéndose, otra vez inoportunamente, en un defensor de la integridad humana y las libertades que el mccarthyismo recortaba con toda impunidad. The Majestic, queda claro, es un cuento de hadas, y está tan perfectamente calculado que consigue arrancar emociones sinceras. Es más, a diferencia de Capra, que vivió en el contexto del New Deal rooseveltiano, y que, por decirlo de algún modo estereotipaba la maldad y la bondad, Darabont se atreve con un capítulo mucho menos amable de los valores de la democracia americana, cual es ese triste capítulo de la guerra fría que sufrieron artistas e intelectuales de muy diversa índole por su mera conexión a referencias comunistas. El filme se ríe con saña de los personajes que personifican esa posición –definida como paranoide-, pero es consciente que el happy end que busca –y que la película necesita- sólo puede fundarse en una especie de deus ex machina –la que su abogado le explica a Carrey en el coche tras su declaración-, con lo que al espectador no se le puede escapar que sin esa providencial intervención de la suerte, Carrey hubiera sido el mismo héroe, y quizás se hubiera quedado con la chica... Pero en otra parte.

 

 

     Landau

 

Comentario aparte merece, una vez más, el brillante papel que encarna Martin Landau, especialista en convertir lo bueno en mejor cada vez que aparece en pantalla.

the Ladykillers

the Ladykillers


The Ladykillers

Director: Joel Coen.

Guión: Ethan Coen.

Intérpretes: Tom Hanks, Irma P. Hall, Marlon Wayans, J. K. Simmons, Tzi Ma, Ryan Hurst.

Música: Carter Burwell.

Fotografía: Roger Deakins.

EEUU – 2004 – 113 minutos.

 


 

 

De la Ealling al Mississippi

 

 

Mucho se ha escrito sobre la singular filmografía de los Coen, pero parece que esta ocasión resulta al efecto, y válgase la redundancia, singular, puesto que The Ladykillers es un remake puro y duro de un celebérrimo clásico de la Ealling inglesa, por estos pagos conocida por el título de El quinteto de la muerte. En la translación al universo coeniano, la historia se vertebra narrativamente de modo similar a su ilustre precedente, si bien las diferencias de primer orden se revelan en su ubicación temporal y espacial. Temporal, en la actualidad (¿?), y espacial, en una imposible población del sur norteamericano, a las orillas del Mississippi (y digo imposible porque el filme hace hincapié en la preeminencia social de la comunidad negra), de lo que resulta la ornamenta sonora con motivos de raigambre claramente negra, como el gospel, el blues o el soul.

 

 

Ritmo

 

  El filme empieza con una serie de sketches, más o menos afortunados, de presentación de los personajes, y va hilvanando la trama en ese tono caricaturesco característico de parte de la filmografía de los Coen, que tiene el mérito de superar, a medio metraje, la distancia entre la sucesión risible de gags y la auténtica narración de una historia. En efecto, The Ladykillers parece recorrer una senda rítmica extraña, pero su trama (por lo demás ya conocida) va ganando interés con el transcurrir de los minutos de metraje.

 

 

      Touch Coen

 

  Sin poder situarlo entre las mejores piezas de los hermanos Coen, entre otras cosas porque el filme revela a las claras su filiación de puro divertimmento estilístico, sí que se aprecian los habituales detalles de clase en la puesta en escena de los realizadores de Barton Fink, detalles como la utilización del retrato del difunto marido de la anciana protagonista, el homenaje al tono sombrío del original versionado en los planos nocturnos en que se muestra una huída de la vivienda (ya sea del gato o de uno de los ladrones) o el despacho de los cadáveres en un abrevadero marítimo (que deviene la coda de la película, trasladada de la vía del tren en el original). Quien suscribe la presente también aprecia las jocosas, por excesivas, interpretaciones de Tom Hanks e Irma P. Hall.

sin perdón

sin perdón


Unforgiven

Director: Clint Eastwood.

Guión: David Webb Peoples.

Intérpretes: Clint Eastwood, Gene Hackman, Morgan Freeman, Richard Harris, Saul Rubineck.

Música: Lennie Niehaus.

Fotografía: Jack N. Green.

EEUU – 1992 – 123 minutos.


 

 

 

Belleza absoluta

 

Unforgiven puede recordarse como una frase que William Munny le suelta a Kid tras el asesinato de uno de los vaqueros que lesionaron a una prostituta: “Matar a un hombre es algo muy duro; le quitas todo lo que tiene y todo lo que podría haber tenido”. O nos puede evocar una sencilla y nostálgica partitura de piano puntuando una puesta de sol que recorta la figura de Munny, granjero, tan hermosa como la práctica totalidad de encuadres paisajísticos que ilumina Jack N. Green constante el metraje. Como sucede con las grandes películas, cualquier primer plano del filme –especialmente los que muestran a Eastwood/Munny, a Hackman/Little Bill, o a Harris/English Bob- puede aparecer en nuestra memoria visual ante el simple enunciado del título. Por otra parte, parece que el guionista David Webb Peoples tiene manifestado que Unforgiven-película es milimétrica a Unforgiven-guión, lo que sin duda nos indica la grandeza cinematográfica de que hace gala el director de The Bridges of Madison County, que se atreve con una película de extrema complejidad temática y logra extraer algo más que su sobrio discurso: una bella composición plástica. Eastwood dirige por cuarta vez (tras El fuera de ley, Infierno de cobardes y El Jinete Pálido) un western, en todos los casos atípico; por cuarta vez logra, como hiciera su mentor Sergio Leone varias décadas antes, redefinir el género y dejar una perenne impronta estilística, alcanzando en esta ocasión, en mi humilde opinión, la absoluta perfección.

 

 

Sencillez, complejidad

 

Y en esta relectura del género cinematográfico por excelencia queda claro que no cabe otro punto de partida que el respeto por los cánones escenográficos y narrativos, a los que Eastwood rinde debida pleitesía. A partir de ahí, las innovaciones: el epíteto crepuscular, al que prima facie podríamos recurrir para referirnos al filme, lo único que hace es encubrir la transformación de unos códigos axiomáticos referidos a la definición de los personajes en todos los aspectos. Aquí entran en juego por supuesto las reflexiones que propone el inteligente libreto de Webb Peoples –se me ocurre la parábola sobre la violencia y sus perniciosas consecuencias, el alegato sobre la triste situación de las mujeres en el contexto social descrito, el retrato de la fragilidad humana, y en relación con ello la delgada línea divisoria entre los conceptos del bien y el mal-, pero no hay duda de que el talento de Eastwood enriquece esas propuestas discursivas, les da efervescencia visual, e incluso, merced de su dominio de la puesta en escena y al apasionado afán por la carga subjetiva –vuelvo a esos primeros planos-, permite mayores inferencias de las escritas. El mayor mérito reside sin duda en la narración de apariencia sencilla como método para el acercamiento a un denso entramado discursivo.

 

 

Masterpiece

 

        Sobriedad e intensidad, en definitiva, se dan la mano durante las casi dos horas de duración de esta obra maestra de Eastwood, auténtico referente de la introspección psicológica en el cine, de personajes no en balde caracterizados por actores de la talla del propio Eastwood, Richard Harris, Morgan Freeman, Saul Rubinek o el (una vez más) superlativo  Gene Hackman.

fuga sin fin

fuga sin fin


The Last Run

Director: Richard Fleischer.

Guión: Alan Sharp.

Intérpretes: George C. Scott, Tony Musante, Trish Van Devere, Colleen Dewhurst, Aldo Sambrelli.

Música: Jerry Goldsmith.

Fotografía: Sven Nykvist

EEUU. 1971. 92 minutos.

 


 

 

 

         El último trabajo

 

Dirigida por Richard Fleischer en 1971, The Last Run – expresivo título trocado en España por otro más efectista- está protagonizada por un hombre desarraigado, conductor de coches que antaño había prestado sus servicios para la Mafia y que, tras pasar mucho tiempo fuera del business, decide realizar otro peligroso encargo consistente en el transporte de un fugado por las carreteras españolas y hasta más allá de la frontera francesa… En la premisa argumental del filme los dos datos que llaman la atención del protagonista encarnado por George C. Cooper son, por un lado, ese “reencuentro” con la vieja e ilícita profesión, y, por otro, que se trate de su último trabajo (y no es un spoiler, aparece bien claro en el título del filme).

 

 

Implicaciones emocionales

 

En el prólogo del filme vemos a Harry Grames, el protagonista, poner a punto su instrumento de trabajo, su coche (un hermoso BMW que, sin embargo, pertenece a generaciones pretéritas, es de 1957, y la historia se sitúa en la actualidad -1971-) y transitar a alta velocidad por las serpenteantes carreteras de la costa del Algarve  portugués. Con rápidas y hábiles pinceladas expositivas –la visita a la tumba de su hijo, la conversación con el capitán de un barco propiedad de Harry, el encuentro con una prostituta amiga suya- seremos informados de que esa vuelta al ruedo de los trabajos para redes mafiosas se debe a la incapacidad del protagonista de vivir según las normas de un cambio vital que le salió rana, el de casarse y mudarse a aquel entorno reposado, hacerse pescador, vivir cada día igual que el anterior (aunque se explique que “no servía para pescador”, sin duda el dato crucial es que perdió a su esposa, que le abandonó, y a su hijo de cuatro años, que murió, no se explica cómo ni –siguiendo la coda narrativa lacónica del filme y de su protagonista- tampoco se recrea en aspavientos dramáticos al respecto). En aseveraciones dialogadas brillantemente escritas, interpretadas y rodadas, abundaremos en las profundidades emocionales de Harry, ese insuperable hálito melancólico (la prostituta le pregunta si cree en Dios, y Harry le dice que “tenía algunas acciones antes de la quiebra”, en indudable referencia a la pérdida de su familia) y de descalabro sentimental (la prostituta le pregunta si cree que alguien como ella no puede tener fe o amar, y él dice que “no es prostituta quien va con éste, aquél y conmigo, sino quien tiene corazón de prostituta”, alusión directa a su esposa que le abandonó). Más adelante, en un roce sentimental con Claudie, la pareja del fugado que les acompaña, se abrirá la más cabal de las tesis que con majestuosa elegancia expositiva van planeando constante el metraje: le dice que el mayor de los problemas es el tiempo, el paso del tiempo, el devenir de la muerte: quintaesencia del desarraigo, Harry está perdiendo una lucha consigo mismo para hallar un sentido a sus actos, a su vida, a sus emociones. Precisamente la afiliación sentimental con el personaje de Claudie (sutil y atemperada en las imágenes) marcará su destino, cuando en lugar de abandonar a su “cliente” y a su novia (Claudie) a su suerte acuda a rescatarlos poniendo en claro peligro su vida por inmiscuirse en cuestiones que no debieran incumbirle, que escapaban de su cometido profesional: Harry escoge poner su vida en peligro porque echa de menos implicarse emocionalmente: son reveladores los diversos diálogos con Claudie, espejismos de una última oportunidad de escapar que se desvanecerá inevitablemente.

 

 

Implosiones

 

A la vista de todo lo apuntado, no parece nada extraño que la dirección de esta The Last Run fuera inicialmente pensada para John Huston, ilustre ilustrador de la condición del perdedor y de la tragedia existencial. Cabría hacer cábalas sobre las cualidades que sin duda hubiera revestido el filme en manos del director de The Misfits, pero sinceramente soy de la opinión que Fleischer no le va a la zaga, por cuanto es bien capaz de cargar de intensidad el sino emocional de su personaje (con lo que narra, con lo que sugiere y con lo que se permite omitir en el férreo guión de Alan Sharp) y alternar sabiamente esa aciaga introspección con la carga explosiva de las impactantes secuencias de alta velocidad en carretera, integrando ambas facetas narrativas en un tono soberbio, elocuente en su concisión, desnudo y tenso en su formulación visual, e imbuido de la textura algo sórdida y umbría, de visos realistas, tan llena de matices y sugerencias que tenían los filmes policíacos de la cinematografía americana de aquella década, género del que sin duda esta The Last Run se erige en un austero y espléndido exponente.

la milla verde

la milla verde


The Green Mile

Director: Frank Darabont.

Guión: Frank Darabont, basado en una historia de Stephen King.

Intérpretes: Tom Hanks, David Morse, Bonnie Hunt, Michael Clarke Duncan, James Cromwell, Graham Greene, Sam Rockwell.

Música: Thomas Newman.

Fotografía: David Tattersall.

EEUU – 1999 – 168 minutos.

 


 

 

 

Otra vez King

 

Tras la radiante adaptación de “Rita Hayworth & The Shawsank Redemption”, Frank Darabont repitió dos fórmulas: el (sub)género carcelario y la adaptación de una novela de Stephen King (en esta ocasión cuento por entregas, homónimo, en España editado con el título “El pasillo de la muerte”). Sin embargo, The Green Mile presenta notables diferencias a su precedente, especialmente temáticas, y ya desde su sustrato literario: en esta ocasión nos hallamos ante seres (John Coffey –Stephen King llamó la atención sobre las iniciales JC-) y acontecimientos fantásticos como motor de la trama, cuyos recovecos dramáticos (que haberlos haylos, y tratados con suma maestría por Darabont) se hallan subordinados en todo momento a esa filiación temática. Por otra parte, Darabont rehuye en todo momento desviarse del tono de fabulación que reviste la narración que adapta (en eso sí vemos claras concomitancias con Cadena Perpetua), y el placer reside (más en el apartado del guión, como siempre suscrito por el director) en la narración propiamente dicha. A diferencia de su opera prima (y también de The Majestic, tercer filme de Darabont y auténtico paso a delante en su trayectoria cinematográfica), aquí no existe un desenlace climático que precise el sereno avance de la narración: la historia de John Coffey y los celadores tiene su culminación en el trayecto, no en el desenlace, por lo demás conocido. Eso tiene que ver con que probablemente Darabont rubrique aquí su propuesta menos redonda, pero también acaso la empresa más complicada.

 

 

Intensidad

 

La larga duración del filme es lo que Darabont precisa para desarrollar esa celebración de la narración: en otras manos, idéntica historia pudiera despacharse en una hora y media, y Darabont emplea casi el doble, y quizá presenta ciertas demoras en algunos segmentos más o menos superfluos –a mi parecer, las intervenciones de la esposa de Hanks, o el desarrollo de la subtrama de la curación de la esposa del alcaide (Patricia Clarksson)-, pero por otra parte logra imprimir suficiente carga emocional –e incluso la alternancia entre lo dramático y los pequeños gadgets humorísticos- para conseguir un clima de innegable intensidad.

 

 

         El Bien y el Mal

 

En uno de sus últimos compases, The Green Mile revela su cara más agria, se aleja de la asepsia aparente y de los posibles discursos de filiación católica –a la sazón patrocinados por el propio Stephen King-, y revela a Coffey como un auténtico justiciero, cuya capacidad para deslindar el bien y el mal (términos de constante referencia en el filme, y presentes claramente en la descripción de los personajes) es pareja a su capacidad para dar (y recibir, entendemos) vida, y que es bien capaz de decidir un amargo destino para aquéllos que, como Billy el Niño o como Percy, enturbian con su maldad el equilibrio y la paz.

Barton Fink

Barton Fink


Barton Fink

Director: Joel Coen.

Guión: Ethan y Joel Coen.

Intérpretes: John Turturro, John Goodman, Judy Davis, Michale Lerner,  John Mahoney, Jon Polito.

Música: Carter Burkwell.

Fotografía: Roger Deakins.

EEUU – 1991 – 114 minutos.

 


 

 

 

         Opus magna

 

El bagaje cinematográfico de los hermanos Coen –siempre interesante, para quien escribe estas líneas- y la perspectiva que nos deja veintitantos años de tan variadas películas no alberga dudas de que los realizadores neoyorkinos alcanzaron su cénit en sus consecutivas Miller’s Crossing y esta Barton Fink. Para quien esto suscribe, cada nueva propuesta de Joel y Ethan Coen tiene mucho atractivo, incluso las obras peor consideradas por la crítica –como O’Brother, The Ladykillers o Intolerable Cruelty- están embebidas de ese punto de vista personal e intransferible con el que los hermanos abordan cualesquiera proyectos, y, con mayores o menores aciertos, no carecen de elementos que las hacen interesantes. La gloria (o los laureles de Hollywood) les llegaron con la magnífica adaptación de la obra de Cormac McCarthy No country for old men, quizá su mejor película en muchos años, pero a mi juicio algunos escalones cualitativos por debajo de las dos obras citadas como sus opus magnas.

 

 

         Descenso a los infiernos

 

Barton Fink es un viaje, sobrio, sórdido, alucinógeno, a las entrañas de su homónimo protagonista, sesudo autor teatral traspuesto a escritor-sin-ideas de guiones de serie B en Hollywood (temática que nos ha dejado en los últimos años, amén de la que nos ocupa, películas tan estimulantes y trufadas de ingenio como Bullets over Broadway de Woody Allen o Adaptation de Spike Jonze). Esa idea central se desarrolla por los buenos de Joel y Ethan (respectivamente director y productor, según las sempiternas indicaciones de los créditos) en un auténtico alarde de sabiduría narrativa: partiendo de cánones de raigambre eminentemente subjetivista –todo el metraje se narra exclusivamente desde el punto de vista del autor interpretado por un pasmado John Turturro-, se pasan por el tapiz influencias literarias  tan clásicas como el mito fáustico o el teatro del absurdo, así como los habituales referentes de novela negra, y los Coen describen con hipnótico talento el casi literal descenso a los infiernos a que se ve abocado el protagonista por mor de las decisiones que con la menor de las convicciones emprende. Lo que resulta más estimulante es que el filme despliega su tapete de extravagancias discursivas con tan acerada capacidad para la interrelación y la fluidez (méritos que emanan de un prodigioso y milimetrado guión) que el espectador sólo puede entender que está asistiendo a la resolución de una ecuación imposible, y que despacha en escena ese cúmulo de elementos con tanto talento que transmite a la perfección la sensación de opresión y el sufrimiento que sin duda se hallan en el meollo del discurso. Sin tratarse para nada de un filme comprensible, aquí las artes de los Coen no se embarullan, sus improntas personales no aparecen fragmentadas, sus piruetas visuales no se limitan al alarde formal: todo en Barton Fink es hermético, y aunque el tono constante del filme esté impregnado de ese gusto por la escenografía freak tan caro a la filmografía de los Coen, ello no resulta óbice (es más, coadyuva) a transportarnos por las abismales y corrosivas sendas temáticas que se tratan.

 

 

         Elenco interpretativo

 

En el habitual gusto por la definición extrema de los personajes en liza, en Barton Fink resultan impagables las hiperbólicas interpretaciones, no sólo de Turturro, sino del elenco de secundarios: John Goodman, Michael Lerner y John Polito.

el buen pastor

el buen pastor


The Good Shepherd

Director: Robert De Niro.

Guión: Eric Roth.

Intérpretes: Matt Damon, Angelina Jolie, Tammy Blanchard, Alec Baldwin, Michael Gambon, Robert DeNiro, William Hurt.

Música: Bruce Fowler y Marcelo Zarvos.

Fotografía: Robert Richardson.

EEUU. 2006. 107 minutos.

 


 

 

A CIA tale

 

 

Desconcertante. Cuando ya ha transcurrido década y media desde que Robert DeNiro rodara su anterior filme, A Bronx Tale, que era su opera prima y que todos considerábamos –a estas alturas- flor de un día, cuando creíamos que no le quedaba más que seguir espoleando el futuro de su productora ubicada en una esquina del Tribeca neoyorquino mientras se (y la) alimentaba con interpretaciones recurridas y recurrentes en filmes más bien zafios (que no listaré, pero decir que acumula muchos), vuelve a ponerse tras las cámaras y se saca de la manga una película de la hechura, categoría y ambiciones de esta The Good Shepherd, que revela, en primer lugar,  que De Niro no sólo posee mucho talento para la puesta en escena sino que se atreve a embarcarse en proyectos complejos y para nada carentes de riesgo. Un comentario más o menos recurrente que he podido leer o escuchar en algunos foros dice que si sobre A Bronx tale planeaba la sombra del Scorsese que va de Mean Streets a Good Fellas, en su segundo filme se hacen presentes los ecos coppolianos de la saga de los Corleone. Estoy de acuerdo, De Niro ha sabido aprender de los que saben –un actor que se formó y alcanzó el estrellato con los dos directores citados, antes con Brian De Palma, y después con Bernardo Bertolucci, Sergio Leone, Elia Kazan o Michael Cimino-, y no es baladí comprobar que Coppola es productor ejecutivo de The Good Shepherd, filme que participa de la cronología y no pocos acontecimientos que se recogían en The Godfather, Part II, y que los sedimenta en el desarrollo dramático de sus personajes de un modo que recuerda poderosamente al Michael Corleone vencido por su propio fariseísmo (que era el fariseísmo de su nación) en ese segundo y glorioso capítulo de la saga de Coppola (personalmente, también le encuentro puntos de encuentro con otra obra, The Conversation, especialmente en el tratamiento del personaje principal y los sentimientos que yacen bajo lo lacónico de sus maneras).

 

 

         Minimalismo

 

Sin embargo, lo que no he leído, y me parece un dato fundamental, es que el guión de The Good Shepherd viene firmado por Eric Roth, guionista que encontró cierta notoriedad con sus libretos para filmes como Mr. Jones y Forrest Gump y que alcanzó madurez y coherencia temática y estilística en dos magníficas obras de Michael Mann (The Insider y Ali) y con la más reciente Munich de Steven Spielberg. La presente obra guarda innegables concomitancias con las tres últimas citadas, en lo que tiene de severa y minimalista introspección en el sino de unos personajes que actúan como espejo de un tiempo y un lugar, dramas personae que catalizan ambiciosas, complejas y a menudo descarnadas reflexiones sobre los mecanismos de poder, los grises resortes de la política y la economía, o, como acuñó de forma gráfica un amigo mío, “las cloacas del sistema”. De este guionista podía esperarse un libreto como el que nos ocupa, que narra nada menos que las circunstancias de la creación de la CIA sirviéndose de la biografía de uno de sus destacados miembros primigenios, y que nos pasea por el Londres bombardeado durante la Segunda Guerra Mundial, por el sector oriental de Berlín tras la finalización del conflicto, por escenarios de sudamérica como Colombia en los que se patrocinan golpes de Estado “preventivos”, y hasta por la bahía Cochinos cubana en 1961, escenario que sirve de punto de inflexión a la trama del filme del mismo modo que lo supuso para la misma Agencia, por tratarse de la primera ocasión en la que quedó en evidencia ante la opinión pública y dio lugar a la primera crisis y remodelación interna.

 

 

Tono, ritmo

 

Y si algo puede echarse en cara de este filme es precisamente su afán de erigirse como una panavisión de aquellos candentes años de la Guerra Fría y ello tamizado en esa historia de claros ecos shakesperianos del hombre que pierde su alma. Es cierto que quien mucho abraza, poco aprieta, y la condensación de ideas, lineas narrativas y conflictos dramáticos que el filme promueve corren constante peligro de caer en su propia ambición narrativa, y obligan a guionista y realizador a efectuar grandes esfuerzos de compresión descriptiva y algunas soluciones elípticas o sugeridas que, por esa misma razón, pueden aparecer como forzadas a los ojos del espectador. Ello no obstante, por idéntica razón hay que convenir que De Niro no sólo da muestras de una portentosa habilidad en la resolución visual de no pocas secuencias sino que sabe encauzar su propio, quizá lánguido y frío, pero intenso ritmo, y se muestra concienzudo en la elaboración del capítulo tonal, vistiendo en todo momento de sobriedad y hasta austeridad el impecable acabado formal de la película. De todo ello, también es justo decirlo, no es ajena la labor de músicos, operador lumínico, montador y, cómo no, un elenco actoral trufado de ilustres secundarios rubricando memorables actuaciones.

 

 

Renuncias

 

    Aunque la trama política nos depara no pocas situaciones de lo más estimulantes (los diversos segmentos con los criptógrafos de la Agencia –que nos recuerdan a la citada The Conversation y tantas otras obras policiacas o de política-ficción rodadas en los setenta-, la última secuencia en la que aparece Michael Gambon, las reuniones de Edward Wilson con su homólogo soviético, o las puntuales –y tan bien mesuradas- explosiones de violencia como la que narra la tortura al agente Valentin Mironov), no es menos cierto que la tesis de la película se halla en el relato minimalista, el que concierne al hado del protagonista –en la lacónica y magnífica encarnación que efectúa Matt Damon-: el talante de aquel hombre, la sutil narración de los diversos estigmas que van jalonando su existencia –la muerte de su padre, las relaciones con sus compañeros de aquella especie de organización masónica llamada Skull & Bones, sus relaciones sentimentales, con las dos mujeres de su vida y con su hija-: en ese sentido merecen ponderación las abundantes y tan férreas composiciones visuales que abonan la soledad o, aún más, la incapacidad relacional del personaje –abruptos primeros planos, juegos con la profundidad de campo, o el grueso de secuencias que transcurren en la casa del protagonista, caracterizadas por la distancia (¿timidez?) con la que la cámara recoge los sucesivos encuentros y desencuentros de la familia-... Fascina sobremanera la descripción del personaje de Laura, la chica sorda de la que se enamoró y a la que tuvo que renunciar, un personaje cuyo sentido dramático va transitando hacia la abstracción, hasta que al final podemos cavilar hasta que se erige como una entelequia del propio sino de Edward: es su relación con la poesía, pues Edward es un gran aficionado a la poesía, e incluso cita a diversos poetas constante el metraje –también le veremos actuando en una obra, y vestido de mujer-; pero a la vez, Laura es una persona con mácula: su sordera, equiparada a la debilidad del propio protagonista, y que aquél soslaya con esa fría fachada, en lo que se erigirá en la constante renuncia de la que en definitiva habla la película. Y en ese sentido, una última anotación: la afición de Edward por construir diminutos barcos que inserta en botellas, afición que trata de transmitir a su hijo, afición que habla de su talante meticuloso, pero también de una limpieza de espíritu, tan contrastada con sus actos: un contraste tan preclaro como el de lo indómito que tienen esos hermosos navíos en miniatura y su sino de perecer encerrados en la jaula transparente pero hermética de una botella. “Todos somos empleados”.

psicosis

psicosis


Psycho

Director: Alfred Hitchcock.

Guión: Joseph Stefano, basado en la novela de Robert Bloch.

Intérpretes: Anthony Perkins, Vera Miles, Janet Leigh, John Gavin, Martin Balsam, Simon Oackland, John McIntire, Patricia Hitchcock.

Música: Bernard Herrman.

Fotografía: John L. Russell.

EEUU. 1960. 103 minutos.


 

 

 

 

 

Interrogaciones retóricas

 

¿Quién no conoce la escena de la ducha? ¿Cuántos ríos de tinta se han llenado a propósito de Psicosis? ¿Queda algo por decir sobre la película más famosa de Hitchcock? ¿Descubro algo si tildo el filme de masterpiece sin paliativos y de referente clásico ineludible para generaciones y generaciones de cineastas?

 

 

Trampas

 

Revisé Psycho por enésima vez el otro día, e intenté situarme en la posición del espectador que se estrena en su visionado. Desde aquel punto de vista, la película es, básicamente, una enorme trampa envuelta en otra, y que además alardea de eso. El magisterio del inmarcesible maestro Hitch radica en la facilidad con la que, desvencijando con saña las convenciones, y transmutándolas a placer según sus juguetones propósitos, consigue arrastrar al espectador por donde literalmente quiere. Lo hace con la ayuda de hábiles ardides del guión rubricado por Joseph Stefano como aquél que centra el filme en su inicio en los avatares de la señorita Marion Crane, un enorme McGuffin que se cierra a puñaladas a media película. Persigue a un personaje inexistente, la madre de Norman, con calculados planos que podríamos pensar que tienen un contenido emocional (la vigía desde la ventana de la casa, vista en plano general, el picado en el que Norman saca a su madre de la habitación) y que después se revelan como una artimaña narrativa de primer orden. Nos hace participar de las pesquisas imposibles de Vera Miles y John Gavin (es especialmente brillante el momento de rizadura de rizo en la que el sheriff se pregunta “Si ésa era la madre de Norman, ¿quién está enterrado en su tumba?”). Y en el desenlace, en una no menos tramposa justificación psiquiátrica de la patología de Bates, el lento travelling hacia Perkins con el fondo de la voz en off de la madre que lo suplanta, con la mosca paseándose alegremente por su mano, parece un homenaje a la maldad intrínseca de esa mujer inexistente, que al reírse del mundo se ríe, con Hitch, de todos los que hemos caído en la trampa. ¿Quién da más?

 

 

Fascinante

 

Sin menoscabo del apoyo incondicional de una partitura no menos imprescindible (y celebérrima) de Bernard Herrman, y de las matizadas interpetaciones de Miles, Gavin, Leigh y sobretodo Perkins, el desglose de Psycho nos revela el fascinante ejercicio visual de Hitchcock, meticuloso, brillante y juguetón a partes iguales, en el uso del montaje (con esa secuencia, que no necesita ni ser mencionada, para la posteridad del Cine), en la planificación escénica y en los movimientos de la cámara, en la utilización de los elementos, en el juego de ritmos que aseguran el suspense. Más de cuarenta años después, no hay duda de que Psycho es (sigue siendo) una película impresicindible.