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VOICE OVER

ALFRED HITCHCOCK

psicosis

psicosis

Psycho

Director: Alfred Hitchcock.

Guión: Joseph Stefano, basado en la novela de Robert Bloch.

Intérpretes: Anthony Perkins, Vera Miles, Janet Leigh, John Gavin, Martin Balsam, Simon Oackland, John McIntire, Patricia Hitchcock.

Música: Bernard Herrman.

Fotografía: John L. Russell.

EEUU. 1960. 103 minutos.


 

 

 

 

 

Interrogaciones retóricas

 

¿Quién no conoce la escena de la ducha? ¿Cuántos ríos de tinta se han llenado a propósito de Psicosis? ¿Queda algo por decir sobre la película más famosa de Hitchcock? ¿Descubro algo si tildo el filme de masterpiece sin paliativos y de referente clásico ineludible para generaciones y generaciones de cineastas?

 

 

Trampas

 

Revisé Psycho por enésima vez el otro día, e intenté situarme en la posición del espectador que se estrena en su visionado. Desde aquel punto de vista, la película es, básicamente, una enorme trampa envuelta en otra, y que además alardea de eso. El magisterio del inmarcesible maestro Hitch radica en la facilidad con la que, desvencijando con saña las convenciones, y transmutándolas a placer según sus juguetones propósitos, consigue arrastrar al espectador por donde literalmente quiere. Lo hace con la ayuda de hábiles ardides del guión rubricado por Joseph Stefano como aquél que centra el filme en su inicio en los avatares de la señorita Marion Crane, un enorme McGuffin que se cierra a puñaladas a media película. Persigue a un personaje inexistente, la madre de Norman, con calculados planos que podríamos pensar que tienen un contenido emocional (la vigía desde la ventana de la casa, vista en plano general, el picado en el que Norman saca a su madre de la habitación) y que después se revelan como una artimaña narrativa de primer orden. Nos hace participar de las pesquisas imposibles de Vera Miles y John Gavin (es especialmente brillante el momento de rizadura de rizo en la que el sheriff se pregunta “Si ésa era la madre de Norman, ¿quién está enterrado en su tumba?”). Y en el desenlace, en una no menos tramposa justificación psiquiátrica de la patología de Bates, el lento travelling hacia Perkins con el fondo de la voz en off de la madre que lo suplanta, con la mosca paseándose alegremente por su mano, parece un homenaje a la maldad intrínseca de esa mujer inexistente, que al reírse del mundo se ríe, con Hitch, de todos los que hemos caído en la trampa. ¿Quién da más?

 

 

Fascinante

 

Sin menoscabo del apoyo incondicional de una partitura no menos imprescindible (y celebérrima) de Bernard Herrman, y de las matizadas interpetaciones de Miles, Gavin, Leigh y sobretodo Perkins, el desglose de Psycho nos revela el fascinante ejercicio visual de Hitchcock, meticuloso, brillante y juguetón a partes iguales, en el uso del montaje (con esa secuencia, que no necesita ni ser mencionada, para la posteridad del Cine), en la planificación escénica y en los movimientos de la cámara, en la utilización de los elementos, en el juego de ritmos que aseguran el suspense. Más de cuarenta años después, no hay duda de que Psycho es (sigue siendo) una película impresicindible.

alarma en el expreso

alarma en el expreso

The Lady Vanishes

Director: Alfred Hitchcock.

Guión: Sidney Gilliat y Frank Lauder, basado en la novela de  Ethel Lina White.

Intérpretes: Margaret Lockwood, Michael Redgrave, Paul Lukas, Dame May Witthy, Cecil Parker, Linden Travis.

Música: Louis Levy.

Fotografía: Jackie Cox

GB. 1938. 96 minutos.

 


 

 

Antes de Rebecca

 

 

Realizada por Hitchcock en 1938, muy poco antes de cruzar el Atlántico y asociarse con David O’Selznick, The Lady Vanishes (título original que sostiene el leit-motiv temático del filme: la dama desaparece) se cuenta como una de las más celebradas obras de la etapa británica de Hitch, sin duda plagada de evidencias del proceso de perfección en ciernes del que con el tiempo devendría una de las marca de estilo autorales más célebres del cine, la mirada hitchcockiana.

 

 

Ironías

 

Aunque una rápida sinopsis del filme nos lleve a hablar de una trama de espionaje, The Lady Vanishes es uno de los proverbiales (tan abundantes) ejemplos en el cine del autor de The Rope en el que ese contenido temático se muestra, a menudo abiertamente, despreciado por el realizador para centrar sus energías en el estimulante juego de interacciones entre los personajes tanto como en la construcción de un universo inédito, ajeno a todo afán realista y hasta dramático, atravesado contrariamente por una continua fina línea de ironía y humor más bien negro, llevado a los últimos extremos en la resolución de la trama. Así se despliega ante nuestros ojos una historia que parte de un hotel perdido en una recóndita zona rural de un país centroeuropeo (e inventado, y en el que se habla una lengua inventada), elemento de aislamiento aprovechado para efectuar la primera descripción de los personajes, encajada en un tono abiertamente satírico, burlesco en ocasiones hasta lo grotesco, y que se quiebra en un par de secuencias aisladas en las que vemos un asesinato –resuelto de un modo de lo más estimulante visualmente- y un intento frustrado de otro. De ahí pasamos al tren, el “expreso” del título español, el viaje y el peligro que se va desplegando con sabiduría argumental y con el mismo acusado gusto de la cámara por llevar las apariencias al último extremo: resulta muy cara a las intenciones del realizador, y eso se nota en el despacho visual, la ruptura –momentánea- con el tono desenfadado cuando la protagonista descubre que la Sra. Froy ha desaparecido misteriosamente y todo el mundo se ha convertido en cómplice del silencio, el relato de aquel espiral de manía paranoica y persecutoria que asola a la protagonista y que –en plena sintonía con una premisa narrativa clásica de la screwball comedy- le llevará a aliarse precisamente con el personaje a priori más antipático (que, el espectador avispado lo puede avanzar ya en aquel instante, terminará deviniendo dicharachero héroe de la función y ganándose el corazón de la heroína).

 

 

Artificios

 

Aún sin revelarse el motivo por el que “la dama desaparece” (y cuando se revele, será a medias, no por error de guión sino por las razones ya apuntadas de anécdota argumental), el filme se convierte en un filme de suspense y persecución, en el que se desgranan con habilidad las clues que van moldeando el desarrollo de los acontecimientos y el advenimiento de los incesantes peligros, y todo ello sin renunciar a ese tono socarrón  característico y diría que flemático (véase por ejemplo el hilarante tratamiento del enfrentamiento entre los protagonistas y el mago italiano, y en aquella misma secuencia la desopilante utilización de los mil y un objetos –utensilios de magia, cajas con animales, hasta una chistera llena de conejos...- para dar la medida de lo caótico; célebre secuencia del filme que en cierto modo anticipa otra secuencia en un vagón circense y muy peculiar, y con ese mismo sentido del humor tan peculiar, en Saboteur). Al final queda la sensación de que tan trascendentales persecuciones, disparos e intentos de asesinato forman parte de un evidente juego, al que se le ven los resortes por excelsa pericia y no por falta de ella: la maquinaria del artificio encuentra su final feliz, y al espectador le queda la sensación de haber asistido a un espectáculo endiabladamente entretenido y visualmente electrizante (no sé si lo dirían en 1938, yo lo puedo afirmar setenta años después).

atrapa un ladrón

atrapa un ladrón

To catch a thief

Director: Alfred Hitchcock.

Guión: John Michael Hayes, basado en la novela de David Dodge.

Intérpretes: Cary Grant, Grace Kelly, John Williams, Jessie Royce Landis, Charles Vanel, Brigitte Aunders.

Música: Lyn Murray.

Fotografía: Robert  Burks.

EEUU. 1954. 106 minutos.

 


 

 

 

Diversión hitchcockiana

 

Al degustar una película como To catch a thief, a uno le da la sensación –una sensación que refuerzan los críticos y exegetas- de que Hitchcock se divirtió realizando esta película y que, la mitad de su rodaje on location, en la Costa Azul, algo tuvo de vacaciones para el director saliente de una obra tan densa y compleja como Rear Window. Así, de entrada, una primera aseveración: se puede estar de vacaciones y realizar una gran película. Y una segunda: los primeros planos del filme dan la medida del sentido de la diversión hitchcockiano: plano fijo al escaparate de una agencia de viajes, con una música sugerente de fondo, y plano de detalle de un folleto propagandístico de Côte d’Azur; de ahí corte a, nada menos que, primer plano de una mujer que chilla desesperada (porque le han robado las joyas). Gajes del oficio ocioso, según Hitchcock.

 

 

Círculo virtuoso

 

Lo mencionado viene al caso a la hora de especificar las razones por las que considero que To catch a thief se erige como un divertimmento para el realizador de Psycho. Primero las óptimas condiciones de producción y realización: en el que probablemente fue el periodo más plácido de su vida (consagrado ante el público y recién encumbrado por la sesuda crítica cahieurítica como un auteur), Hitchcock pudo contar en el apartado técnico con colaboradores a los que conocía muy bien (guionista, director de fotografía, montador) y con los que se compenetró a la perfección, y otro tanto puede predicarse de los actores: era la tercera vez que trabajaba con Grace Kelly, una mujer a la que Hitch adoraba y con quien sintonizaba de maravilla, y por otra parte pudo repescar para su filmografía a Cary Grant (quien al parecer quería retirarse pero fue convencido por el director para “irse con él a la Costa Azul”). Sacó maravillosas interpretaciones de ambos, y de secundarios con los que repetía (John Williams) o con los que después repitió (Jessie Royce Landis, quien en North by northwest haría las veces de madre del propio Cary Grant).

 

 

Impostaciones varias

 

Segundo, y ya entrando en la textura fílmica, es cabal el tono de confabulación fría y juguetona que planea sobre las imágenes de principio a fin, el tono impostado, como de retrato de una falsa realidad, con el que la cámara se acerca a los personajes y a los idílicos escenarios, al peligro y a la seducción, al desarrollo y a la resolución de los conflictos. No son pocos los gadgets visuales o situacionales que sirven para hacer avanzar la historia –la huida con la joven Danielle en su embarcación, el truco de meter una ficha en el escote de una jugadora de ruleta (sic) para llamar la atención de la Sra. Stevens, la persecución por las carreteras de Cannes que terminará por culpa de una gallina-. No es asunto baladí la sorna con la que el filme retrata a los ricos y a la policía de los ricos (los primeros a menudo parece que merezcan ser robados, los segundos, ser burlados). La impostación deviene definitiva –por literal- en la secuencia climática, el baile de disfraces, en el que un ardid de guión equipara el engaño al ladrón con el engaño al espectador (todos pensamos que el acompañante de Frances es Grant, cuando en cambio es el sufrido cómplice, el corredor de seguros).

 

 

John y Frances

 

Abunda en todo lo anterior el tratamiento y análisis de los personajes, que, como sucede en el grueso de filmes de Hitchcock, resulta apasionante. Fíjemonos en el personaje de John Robie (o “Gato”, que encarna Grant), típico falso culpable hitchcockiano que en esta ocasión, sin embargo, ya es consciente de su condición desde la primera secuencia (y la somera explicación de sus antecedentes como ladrón): vemos que John/Grant, a pesar de hallarse al límite, juega con fuego continuamente, y amén de lo hilarante que tienen sus estratagemas de ocultación – ese disfraz de pescador, o la desternillante secuencia en el mercado de flores, en la que escapa de la policía mientras conversa con Hughson-, da la sensación de que se pasea impunemente por doquier, e incluso se atreve a convertirse en detective, lo que le compromete aún más, pues ello le lleva literalmente a meterse en la boca del lobo; Hitch retrata a Grant de un modo que anticipa un tanto a como lo hará en la posterior North by northwest: aunque sabemos que sufre, no le vemos sufrir, sólo huir hacia adelante bajo las apariencias de su ironía y las formas de su inteligencia puesta a prueba. Otro ejemplo en el personaje de Frances (Grace Kelly) y, con ella, la representación de la opulencia: Frances es una niña bien que primero nos es presentada como una mosquita muerta, modosa joven que aguanta las constantes salidas de tono de su parlanchina madre; pero esa coda se rompe con la brillante secuencia del beso que, de súbito, le dedica a John (el beso, y la mirada, que despierta del tedio y la seriedad, y transita hacia la sensualidad más pícara); después veremos que esa fuerte atracción que siente por John se debe principalmente a su convencimiento de que se la está jugando con un experto ladrón (léase, se trata de una niña pija muy pagada de sí misma, y lo que le excita son las emociones fuertes: los espectaculares diálogos –y sus dobles sentidos- en la secuencia de la excursión y picnic lo dejan a las claras); todo ello cristaliza en la maravillosa escena del encuentro nocturno en el hotel (con el famoso plano en el que el operador Burks deja en opacidad el rostro de ella y nos muestra en cambio su delicado y elegante vestido de gasa blanca y el reluciente collar): otra vez, dobles sentidos en la conversación, y la carga sexual cada vez más patente, culminada con un beso fervoroso que se encadena por montaje a la eclosión de fuegos artificiales... Parece que la niña bien encuentra una redención en la escena de la salida del cementerio, cuando le pide perdón a John y se presta a ayudarle... sin embargo, el filme finaliza con un epílogo en el que, a poco de afilar los sentidos, nos damos cuenta de que Frances no va a redimirse y siempre será esa mujer consciente de su belleza imposible que se toma la vida como un juego: estando con John en su finca, le convence para que se quede con ella, y apenas besarle, le dice que “esta casa es encantadora: a mamá le va a gustar muchísimo”: Grant la mira contrariado: el ladrón ha sido cazado. El filme termina.

 

 

Alta comedia

 

Esa relación entre los protagonistas es la que en definitiva impone el tono al que nos hemos referido. Y podemos hablar de pirueta hitchcockiana por cuanto, poniendo en juego sus recursos visuales, su precisa descripción psicológica y algunas constantes temáticas, rubrica no obstante un rara avis en su filmografía, un claro exponente de la denominada alta comedia, un filme de portentoso ritmo, de constantes juegos sentimentales, de mordaces y certeros diálogos, y, en fin, de una confrontación sexual en clave hilarante que no puede dejar a nadie indiferente. Después dirán por ahí que Hitchcock era el mago del suspense y que no sabía hacer comedias. Qué risa.

 

 

recuerda

recuerda

Spellbound.

Director: Alfred Hitchcock.

Guión: Ben Hech, basado en la novela de Francis Beeding (pseudónimo).

Intérpretes: Ingrid Bergman, Gregory Peck, Leo G. Carroll, Michael Checkhov, Rhonda Flemming, Norman Lloyd.

Música: Miklós Rózsa.

Fotografía: George Barnes.

EEUU. 1945. 107 minutos.

 


 

 

 

Freud y Dalí

 

El primer comentario que suscita la presente película asocia el nombre de su realizador con unas inquietudes por (inter)disciplinas en cierto modo íntimamente ligadas, cuales son el psicoanálisis y el surrealismo, y personificables en las pieles de Sigmund Freud y Salvador Dalí, el primero mentado en diversas ocasiones a lo largo del filme y el segundo, más allá de simples referencias, que colaboró con Hitchcock en la plasmación visual del sueño que describe el personaje de Gregory Peck (a pesar de la marcada estética daliniana de los objetos que se muestran en aquel episodio onírico, parece ser que Dalí se limitó a la concreción de la dirección artística, pues los elementos ya se hallaban en el argumento del filme).

 

 

Hitchcock y el psiconálisis

 

El segundo comentario, algo menos habitual, cataloga esta Spellbound como producto “menor” del realizador de Lifeboat, y ello relacionado con el manejo más bien ingenuo de un material, el del psicoanálisis (psiquiatras, interpretaciones de sueños, incardinación de los mismos en la trama), rama de la psiquiatría muy en boga en aquellos tiempos y con la que al parecer el productor David O’Selznick quería subrayar la textura dramática del filme (dicen los historiadores que en efecto ése fue el germen de Spellbound). No seré yo quien remede estas apreciaciones: en efecto la trama, por enrevesada que pueda parecer en sus diversos jalones, obedece a unos parámetros de superficialidad en el tratamiento (o hasta falaz adoctrinamiento) de las tesis freudianas, si bien conviene hacer dos matizaciones: primera, que se trata de una materia muy cara a los propósitos universales del cineasta, y ello habilita sinfín de situaciones brillantes; segunda, que, como a menudo sucede en los filmes de Hitch, la trama no deja de ser una tabla sobre la que desplegar ese apabullante universo temático, el juego de la mirada del realizador, apartado en el que, una vez más, no defrauda su modernidad, la belleza plástica, la imaginería y el calado psicológico que radica más allá del contenido (y que en esta ocasión se focaliza principalmente en la majestuosa interpretación de Ingrid Bergman).

 

 

Hechizos cinematográficos

 

No son pocas las secuencias de Spellbound (mote que no designa el recuerdo sino que se traduce por “ensoñación”, o “hechizo”) que dan carta de naturaleza al enunciado del propio filme y a los propósitos narrativos de su autor. El dominio de los elementos cinematográficos no tiene mácula: los ágiles perfiles de los personajes (el primer encuentro entre Peck y Bergman, esos primerísimos planos), la proverbial velocidad de crucero rítmica (a los diez minutos ya estamos metidos de cabeza en la esquiva trama... diez minutos antes del final aún queda un último y decisivo twist), la utilización de ingeniosas y brillantes elipsis y transiciones (como el rápido montaje para narrar el encarcelamiento de Peck, parangonado con los primeros planos del sufrimiento de la Bergman), la envolvente descripción atmosférica, los tours de force visuales (la secuencia en la que el personaje de Peck desciende las escaleras con una cuchilla de afeitar en ristre, aquélla otra en la que el revólver del director del psiquiátrico apunta a la doctora, o los dos planos subjetivos –uno al inicio y otro al final- de ella subiendo las escaleras y visualizando la luz encendida del despacho del director, planos idénticos en su formulación visual pero bien distintos en su significado conceptual: amén de atesorar sendos clímax narrativos –el descubrimiento de una pasión, el descubrimiento del asesino-, supone una hiperbólica y genial anagnórisis para el espectador)... En el apartado técnico también cabe destacar la romántica partitura de Miklós Rózsa, quizá uno de los más majestuosos scores del maestro hungaro, y a pesar de ello (o quizá por conciencia de esa majestuosidad) una partitura de la que Hitchcock abusa quizá innecesariamente (huelga decir que es diferente la belleza objetiva de una banda sonora que su pertinencia en el punteo de imágenes: sinceramente creo que si en secuencias climáticas o en otras como el paseo en el campo la música resulta adecuada y capaz de aportar muchas cosas a la textura narrativa, en otros casos su utilización resulta un pelín caprichosa, y acaso promueve circunloquios innecesarios... máxime considerando la fuerza autosuficiente de las imágenes).

 

 

Sui generis

 

Con todo, Spellbound también permite abrir muchas puertas a lo sui generis (y utilizo un símil, el de abrir puertas, que me facilita el realizador de forma literal: las que se muestran en el hermoso plano que se inserta al primer beso de los protagonistas): a los equívocos sobre la falsa culpabilidad de Peck (que, no lo olvidemos, ha usurpado la personalidad de un muerto) y los juegos de ambigüedades que ese desconocimiento propone (la exponencial peligrosidad del personaje da mucho juego en no pocas secuencias); al cambio de postura sentimental de la Bergman (de lo cartesiano a lo intuitivo, que promueve ciertos comentarios cargados de sorna por parte de su mentor: “Freud decía que las mejores psicoanalistas eran las mujeres, hasta que se enamoran; una mujer enamorada es la mejor paciente del psicoanálisis”), o, en fin, a la ciertamente compleja estructura emotiva de esa heroína hitchcokiana por excelencia, en continuo devaneo entre la rectitud y un asomo de pasión desenfrenada, entre el titubeo vital y la fortaleza profesional (la excusa del psicoanálisis da mucho juego: no son pocas las secuencias en las que hace sufrir a Peck, para después, una vez le ha vencido, cuando Peck se desmaya incapaz de soportar la sobrevenida crisis, ella le abraza amantísima), entre la vulnerabilidad y la impasibilidad más supina (puesta en la picota en situaciones como aquélla, genial, en la que los dos amantes, a la sazón doctora y paciente, discuten quién tiene que dormir en la cama y quién en el sofá, y la Bergman rechaza la oferta del galán de compartir cama o de que él duerma en el sofá para decirle que corresponde al paciente dormir en la cama y a la doctora en el sofá; acto seguido veremos que Peck se despierta... en el sofá). En una de las últimas secuencias del filme, Gregory Peck le dice a Ingrid Bergman que ella es la mejor detective y la mejor psiquiatra. Asociación de perfiles que me viene muy a propósito para describir el sentido de las partituras visuales y psicologistas de Alfred Hitchcock, un auténtico detective de las pulsiones del alma humana, inagotable escrutador desde aquel ojo omnisciente en el que convirtió a la cámara.

sabotaje

sabotaje

Saboteur.

Director: Alfred Hitchcock.

Guión: Peter Viertel, Joan Harrison y Dorothy Parker, basado en un argumento de Alfred Hitchcock.

Intérpretes: Robert Cummings, Priscilla Lane, Otto Kruger, Alan Baxter, Alma Kruger, Vaughan Glazer, Norman Lloyd.

Música: Charles Previn y Frank Skinner.

Fotografía: Joseph Valentine.

EEUU. 1942. 105 mins. aprox.

 


 

 

Ideologías y artificio

 

 

Es más que patente la intención política que reside en el argumento de esta Saboteur, (auto)remake del filme que el propio Hitchcock dirigiera sólo seis años antes también en los Estados Unidos: se nos habla de fascismo asociado al terrorismo (y de la maldad -en el rostro de Norman Lloyd-, o el despotismo más temible -en el rostro de Otto Kruger-), todo ello opuesto, principalmente, a la integridad del personaje que encarna Robert Cummings (secundado por su partenaire Priscilla Lane), quien incorpora las virtudes en mayúsculas de la persona-libre-de-un-estado-democrático (-de-barras-y-estrellas, para ser exactos). Pero también es más que patente el definitivo desprecio que a Hitchcock le despertaban tales propósitos narrativos. Para el bueno de Hitch, absolutamente nada debía quedar fuera del gran artificio que es el cine, y ello puede verse claramente en una obra a priorísticamente tan panfletaria como ésta: no hay atisbos de realismo (quizá apenas en la secuencia prólogo), y sí una acusada teatralización en la composición del encuadre y en la dirección de actores, sí un gusto por los mecanismos de tensión y los genéricos de la aventura (en los que se despliega ese auténtico tour del protagonista por las carreteras de California y por el Medio Oeste, antes de alcanzar ese destino definitivo en NYC).

 

 

Ironía

 

En Saboteur, filme que alinea dos constantes tonales y temáticas del realizador como son las persecuciones y la falsa culpabilidad, se recoge el testigo de obras como The 39 steps y Foreign Correspondent, y a su vez apreciamos el germen de películas como The man who knew too much o North by northwest; el realizador da las habituales muestras de su dominio absoluto de la planificación y de la puesta en escena –sin ir más lejos, el clímax final en la cumbre de la Estatua de la Libertad-; su proverbial frialdad/ironía expositiva queda igualmente patente en secuencias(-tipo hitchcockianas) tan memorables como la visita del héroe al tío ciego de la Lane, o en guiños tan agudos como aquel primer plano de la mujer barbuda en la que se queja de la extrañeza de los rostros de sus interlocutores.

 

 

Filme mayor o menor

 

Con cierta frecuencia he leído que se trata de “un filme menor de Hitchcock”. En mi humilde opinión, considerando la densidad de flujos narrativos que se proponen (premisa de la que no hace falta reivindicar el talento del guionista Viertel o la novelista Dorothy Parker), y la habilidad del autor para dar rienda suelta textual a los diversos planteamientos caros a su discurso –la intervención constante y decisiva de los equívocos y el azar, las apariencias cambiantes...- nada más lejos de la realidad. Aunque, por otro lado, los amantes de las categorizaciones lo tienen muy fácil y muy difícil con un tipo como Hitchcock, pues sus improntas autorales germinaron muy pronto y se hicieron cada vez más fuertes.

Topaz

Topaz

Topaz.

Director: Alfred Hitchcock.

Guión: Samuel Taylor, basado en la novela de Leon Uris.

Intérpretes: Frederick Stafford, Dany Robin, John Vernon, Karin Dor, Michel Piccoli,  Philippe Noiret.

Música: Maurice Jarre.

Fotografía: Jack Hildyard.

EEUU. 1969. 127 minutos.


 

 

 

     Agentes dobles

 

Calificada como obra menor de Hitchcock por motivos que tienen más que ver con razones coyunturales (tales como prescindir de actores conocidos) que con méritos cinematográficos, Topaz se erige como la penúltima de las grandes contribuciones que el director de Psycho nos dejó. Adaptando una célebre novela de Leon Uris, el filme se concentra en los años más candentes de la guerra fría, en cuyo escenario se nos narra una inspirada historia de espionaje a varios bandos, rehuyendo mayores consideraciones políticas (amén de denunciar, sin excesiva saña, el régimen castrista) para fijar la mirada en las consideraciones emocionales de los personajes y en el suspense que generan las incertidumbres de la trama.

 

 

Tours de force visuales

 

El argumento que la cobija no presenta ninguna inconsistencia hasta el tramo final de la ficción (y ello fue debido a cambios de última hora ocasionados por la presunta poca comercialidad del filme), y Topaz puede verse como una magnífica historia de espionaje, sazonada de momentos  escogidos y tan bien planificados y ejecutados como la huida inicial o el encuentro del informador del protagonista con un militar cubano en un hotel del Harlem neoyorquino. Más poderosamente se recuerdan hoy secuencias aisladas de una belleza plástica tan incontestable como la que nos muestra el asesinato de la agente doble amante del protagonista.

el hombre que sabía demasiado

el hombre que sabía demasiado

 The Man who Knew Too Much

Director: Alfred Hitchcock.

Guión: John Michael Hayes, basado en una historia de Charles Benett y D. B. Wilham-Lewis.

Intérpretes: James Stewart, Doris Day, Brenda Da Banzie, Bernard Miles, Ralph Truman, Carolyn Jones.

Música: Bernard Herrman.

Fotografía: Robert Burks.

EEUU. 1956. 117 minutos.

 


 

 

     Variaciones

 

En una ocasión como la de esta The man who knew too much podemos hablar de un fenómeno poco común: el auto-remake (el propio Hitchcock lo hizo previamente con Sabotaje, y en 2008 Michael Haneke también con su Funny Games, pero no es algo común, ni mucho menos): Hitchcock se versiona a sí mismo, y en el espiral de su época más aclamada y comercial reúne a dos grandes exponentes del star-system –James Stewart y Doris Day- para volver a contarnos la misma historia de un secuestro con asesinato, consistiendo la gracia del invento (en apariencia o en las más arriesgadas profundidades críticas) en las pequeñas o grandes variaciones que el director incorpora.

 

 

    Orquestaciones

 

Amén del uso del color y de la idiosincrasia que saben imprimirle los dos y magníficos actores principales (en el caso de ella, le debe a Hitchcock la habilidad con la que logró extraer esa interpretación que la desencasilló de su célebre rol en comedias románticas), el quid de esta segunda versión de la historia estriba en la orquestación visual de Hitch, y la concreta orquestación de la secuencia-clímax en el Covent Garden de Londres, un prodigio de montaje y uso de la música que pasó por derecho propio a formar parte de las secuencias antológicas del cine.

 

 

Tonos

 

     Un análisis de esta película tantos años después, y tras tantos comentarios escritos y manifestados, deja espacio para apreciaciones del modo ingenioso y a la vez cínico con el que el realizador británico consigue llevar a su terreno al espectador y jugar con él: por ejemplo, tenemos el tono de comedia barnizada de convencional amabilidad en que discurre el primer tercio de película (deliberadamente en la secuencia de la cena en el hotel exótica y los problemas de Stewart para acostumbrarse a los hábitos foráneos –después, y quién lo iba a decir a la vista del tono de la secuencia, sabremos que los protagonistas están compartiendo mesa... con los villanos-) para dar un turbio y seco cambio de registro con la irrupción del asesinato del informador (punteado con ese glorioso plano en el que Stewart se ensucia las manos literalmente) y seguidamente el secuestro del niño; podemos fijarnos en la secuencia en la que Stewart sigue una pista falsa, y nos cercioramos de hasta qué límite se permite la película arrastrarnos por vías muertas; y finalmente, en la eclosión del sufrimiento de los personajes, la secuencia climática en la que Hitch alcanza la tesis, fusión genérica, recapitulación temática y genuino aderezo formal. Para terminar, rescatemos anecdóticamente que la embajada en la que se produce el desenlace final -y todas esas intrigas políticas sobre las que el filme pasa de puntillas-, ... tiene toda la apariencia de basarse en la  España de Franco.

de entre los muertos (vértigo)

de entre los muertos (vértigo)

 

Vertigo.

Director: Alfred Hitchcock.

Guión: Alec Coppel y Samuel A. Taylor, basado en la obra de Pierre Bouleau y Thomas Narcejac.

Intérpretes: James Stewart, Kim Novak, Barbara Bel Geddes, Tom Helmore, Henry Jones, Raymond Bailey.

Música: Bernard Herrman.

Fotografía: Robert Burkes.

EEUU. 1958. 114 minutos.

 

        

 

 

     Le cinéma selon Hitchcock

 

Ya que estamos hablando de una de las mejores películas de Hitchcock, reivindiquémosla también como una de las mejores películas de la historia del Cine. Cedo a la palabra a François Truffaut, a un tipo que sabía mucho más que yo de estas cosas, y que además conoció a fondo al realizador inglés: “El estilo de Hitchcock se reconoce incluso en una escena de conversación entre dos personajes, simplemente por la calidad dramática del encuadre, por la manera realmente única de distribuir las miradas, de simplificar los gestos, de repartir los silencios en el transcurso del diálogo, por el arte de crear en el público la sensación de que uno de los dos personajes domina al otro, por el de sugerir, al margen del diálogo, toda una atmósfera dramática precisa... por el arte, en fin, de conducirnos de una emoción a otra a gusto de su propia sensibilidad. Si el trabajo de Hitchcock me parece tan completo es porque veo en él búsquedas y hallazgos, el sentido de lo concreto y de lo abstracto, el drama casi siempre intenso, y a veces el humor más fino” (Truffaut: “Le cinéma selon Hitchcock”, París, 1966).

 

         Amor fou

 

El visionado de ésta una de las muchas obras maestras del genial director nos obliga a permanecer en idéntico trance al que concierne a  Scottie (James Stewart) durante el metraje de esta historia terrible, desmesurada, de amor imposible. Hitch pone todo de su parte para que así sea, para que nos desliguemos del corsé intelectual que se limitaría a racionalizar el curso de los acontecimientos –la realidad de esos acontecimientos, la trama en clave de thriller con sorpresa- para adentrarnos en los ardientes dominios del amor fou, el que Scottie siente por aquel auténtico fantasma encarnado en las bellas facciones de Kim Novak.

 

 

La más íntima palpitación

 

Con Vértigo, los signos de la modernidad se enhebran hasta extremos diría que impensables en el panorama cinematográfico de 1958, año de realización del filme. La propuesta del realizador de The Birds no se acontenta con arrastrar al espectador en su trampa demiúrgica (lo que significaría en el ojo narrativo asumir el punto de vista tramposo del villain que en el filme resulta ser el personaje de Coroner, situando la narración en dos planos y desentrañándola en el desenlace), antes bien asumir los sentimientos (o el sufrimiento, más bien) del personaje de Scottie. Es por ello que los créditos de Vertigo se instalan en el interior del ojo humano, en su más íntima palpitación, y Saul Bass/Bernard Herrman nos arrastran por ese torbellino visual cuyo significado, bien explícito, rastrea las emociones más exacerbadas. Emociones patológicas, que se concretan en la secuencia prólogo, aquélla en la que se nos explica el trauma que aflige a Scottie, somatizado en forma de ese vértigo del enunciado original del filme (la palabra “vértigo”, que viene del latín y significa “movimiento circular”, y que en la entrada en el Diccionario de la RALE se define como “trastorno del sentido del equilibrio caracterizado por una sensación de movimiento rotatorio del cuerpo o de los objetos quel o rodean”; queda, pues, bien claro).

 

 

Ghost Story

 

La premisa argumental es una trama detectivesca. Pero a las imágenes le importa bien poco, pronto nos transportarán, de plano (plano tras plano), en una auténtica ghost story, cuya primera culminación supondrá el point of no return del protagonista cuando se arroja a las aguas bajo el Golden Gate para salvar a la falsa Madeleine y, a partir de ahí, sucumbe a un vendaval de fascinación de funestas consecuencias. El ojo de Hitchcock nos adentra en esa fascinación con un lenguaje que tiene mucho de contemplativo, un ritmo deliberadamente pausado, hipnótico, hermético en sus constantes referencias de detalle que en todo caso vehiculan lo insólito (la extrema subjetividad de la narración). Tras el interludio tras la muerte de Madeleine, y quebrando todas las reglas de la narrativa convencional, el filme muestra la aparición del fantasma, de Judy, y con ello regresa con la mayor fiereza a los inquietantes, desmesurados sentimientos de su protagonista. Son instantes sublimes del Cine aquéllos en los cuales Scottie se atreve, progresivamente, a dar rienda  suelta a su enfermiza pasión por Madeleine, alcanzando los más hiperbólicos niveles de fetichismo en su irreprimible afán emocional y sexual. Finalmente, tras la (segunda) muerte de Madeleine, la cámara se acercará al abismo en el que se tambalean los pies y el alma del protagonista, vencido por segunda vez por un infausto destino, arrodillado –como el espectador- ante la formidable, etérea, inspiradora e infinita presencia del romanticismo más exacerbado.

 

 

         El efecto final, el efecto visual

 

Sin capacidad ni voluntad de superar las tinieblas dramáticas sublimes de aquel último plano del filme, cedamos la palabra para terminar al propio director: “Hice comprender a la señorita Novak que la historia de nuestra película me interesaba mucho menos que el efecto final, visual, del actor en la pantalla en el filme terminado”. No se lo cuenten a nadie, porque es un secreto, el secreto que parte de la dirección de actores y deriva hasta la mayúscula autoría. Palabra de Hitchcock.