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los cuatro jinetes del Apocalipsis

los cuatro jinetes del Apocalipsis

 

the four horsemen of the apocalypse

Director: Vincente Minelli.

Guión: Robert Ardrey y John Gray, basado en la novela de Vicente Blasco Ibáñez.

Intérpretes: Glenn Ford, Ingrid Thulin, Charles Boyer, Lee J. Cobb, Paul Henreid, Paul Lukas, Ivette Mimieux.

Música: André Previn.

Fotografía: Milton R. Krassner

EEUU. 1962. 137 minutos.

 


 

 

La versión de Minelli

 

Aunque la memoria cinéfila retenga como más célebre la versión de 1921 protagonizada por Rodolfo Valentino sobre la (no menos célebre) epopeya escrita por Vicente Blasco Ibáñez, el interés de esta revisión (y actualización cronológica a los tiempos de la Segunda Guerra Mundial) realizada muchos años más tarde por Vincente Minelli está fuera de toda duda. En diversas reseñas se cuenta esta The Four Horsemen of the Apocalypse como una de las obras menores del realizador de Brigadoon, pero hay que tener en cuenta (y lo subrayo) que la calificación de menor de una obra en el seno de una filmografía trufada de obras maestras es, para empezar, muy matizable.

 

El hado más aciago

 

El filme nos sitúa a las puertas del citado conflicto armado, en 1938, y comienza en un villorrio argentino, en el que un acaudalado prócer local reúne a los miembros de su familia: una de sus hijas se casó con un francés, la otra con un alemán, y aunque la residencia de esa segunda generación se fijó en Argentina, la mayoría de miembros de la tercera generación cursaron sus estudios en Europa, en Francia o en Alemania. La familia en su coyuntura histórica, pues, simboliza claramente el conflicto en ciernes que asolará al mundo, la Guerra, y en esa personificación la secuencia de la cena lleva al límite los malos augurios: el abuelo se enfrenta con el nieto que acaba de llegar de Alemania y que está fascinado con el nazismo; el anciano enloquece al presagiar que la barbarie, “la Bestia”, se posa sobre el destino de la familia, y pierde la cordura y hasta la vida, pues sufre un ataque tras ser vencido por un delirio que le muestra la llegada de los cuatro jinetes que le dan título bíblico al filme, los que traen el hado más aciago. Minelli arrastra al espectador con una caligrafía intensísima del instante, imbuyendo las imágenes de un hálito de romanticismo exacerbado –plasmado en la tormenta, pero también en los planos esquinados sobre los personajes, en la perfecta coreografía de los actores en el encuadre-, y logrando dotar de una fuerza inusitada una imagen que en otras manos podría haber rondado el patetismo.

 

Dramaturgia expresionista

 

Y esa precisamente es la coda de la película, que tras el funesto prólogo nos traslada a Europa, al París de 1939, y que se abre al perfil de un drama romántico de contexto bélico, y que, tal como se nos enunció previamente, irá desgranando los avatares de todos los miembros de la familia durante la ocupación nazi, tomando como eje narrativo la historia de Julio (Glenn Ford) y su progresiva toma de conciencia política. Aunque el gran tema de la película es la descripción más doliente del enfrentamiento fatricida, Minelli conjuga los mimbres del relato para espesar el tenor de la narración con la historia de amor-en-tiempos-de-guerra que se establece entre Julio y Marguerite (incorporada por la actriz bergmaniana Ingrid Thulin), subtrama de osado planteamiento y desarrollo tanto en el apartado argumental como en la plasmación en imágenes. El sabio uso del technicolor del que el realizador hace gala enfatiza la dramaturgia expresionista con que se plasman los sentimientos que el filme desgrana. Y por extensión de esa concepción apasionada del relato, la película destaca por diversas secuencias dialogadas cuyo brío (y en ocasiones, violencia psicológica) no proviene tanto del texto (a menudo demasiado gráfico) que consta en el libreto como del modo en que Minelli planifica y monta la secuencia –véase aquélla en la que un oficial nazi pretende cortejar a Marguerite en presencia de Julio, o el terrible instante en el que ella recibe a su marido diciéndole que está enamorada de otro hombre, y al marcharse, se cruza en el mismo plano con Julio-. Forma y contenido alcanzarán la simbiosis en el cenit de la narración, y en la virulenta resolución de la relación amor-odio entre hermanos.

 

american gangster

american gangster

 

 American Gangster.

Director: Ridley Scott.

Guión: Steven Zaillian, basado en un artículo de Mark Jacobson

Intérpretes: Denzel Washington, Russell Crowe, Chiwetel Ejiofor,  Josh Brolin, Lymari Nadal, Ted Levine, Cuba Gooding jr.

Música: Marc Streitenfeld.

Fotografía: Harris Savides

EEUU. 2007. 157 minutos.

 


 

 

Un buen mainstream

A pesar de no llevarse el gato el agua (ninguna estatuilla a casa, quiero decir) American Gangster fue definida/defendida por la prensa especializada como “muy de Oscar”, y ello teniendo en cuenta las consideraciones mediáticas obvias, pero también razones cinematográficas que aportan los elementos que mueven la bien balanceada maquinaria de este filme. Tres de ellos, tan básicos como la realización, la interpretación y la escritura de libreto, las tres fluyendo en esa suerte de sinergia que se logra cuando se dispone de talento para la artesanía y temple suficiente para ofrecer grandilocuencia sin exponerse al riesgo. Dicho así puede sonarles muy mal, pero no nos llamemos a error: American Gangster es una magnífica película, porque en ella se proyecta ni más ni menos que lo que se pretende. Aquí no hay tragedias coppolianas, ni baños de sangre depalmianos, ni ratas scorsesianas: aquí tenemos al viejo Ridley Scott articulando por enésima vez la manivela del entertainment al gusto mainstream, tirando de su consabida y tan resultona concepción estilizada del encuadre, depurando cada vez más su capacidad para simplificar descripciones y economizar recursos narrativos, rehuyendo el alarde formal innecesario, y en cambio controlando al milímetro la tensión rítmica que habita en el montaje. Scott tirando de gran presupuesto pero no de excesivos efectos digitales, habilitado para caligrafiar tan bien como sabe el guión de Steve Zaillian.

 

Brillante envoltorio

Uno de los puntos más fuertes de la película es su despampanante ambientación, cualidad ésta en la que Ridley Scott ya tenía demostrada su solvencia y, una vez más, vuelve a estimularnos: en American Gangster viajamos al corazón de la urbe destartalada, a los callejones mugrientos de los barrios desfavorecidos de Nueva York (el alto Manhattan, pero también zonas de semejante pelaje del Bronx y Brooklyn), que se ponen en la picota comparativa con los locales de diseño que señorean los capos de la droga, de un modo casi idéntico –y tan efectivo- como los contrastes entre ricos y pobres que van jalonando las imágenes del filme. Una ambientación que no se olvida de las indumentarias y los peinados, de los coches, de los carteles de los comercios, de los mobiliarios… un excelso cuidado del detalle, un brillante envoltorio, que no debe pasarse por alto a la hora de analizar la credibilidad y la congruencia de una historia en la que, como aquí sucede, interesa mucho el contexto socio-político.

"Superfly"

Y ello nos lleva de cabeza a hablar de la labor de Steven Zaillian, guionista de prestigio cuyas tramas se caracterizan por escarbar (en ocasiones, casi tan bien como Eric Roth) en los meollos políticos que, de lo general a lo particular, las habilitan: en este caso, nos narra una historia real acaecida en Harlem a principios de los años setenta, concretamente basada en “El regreso de Superfly", el artículo que Mark Jacobson publicó en el New York Times sobre la figura de Frank Lucas, uno de los capos más notorios del tráfico de heroína en la era de la guerra de Vietnam; con ello, nos está hablando de los estragos que causó en los States el mantenimiento de una economía para la guerra y su reflejo especular: los estragos que causó la heroína (droga dura por excelencia) en la población más desfavorecida, erigiéndose en uno de los principales puntos de toque de una sociedad enferma, desplegando su reinado infame ante la pasividad de los políticos y el beneplácito (y lucro) de los agentes policiales encargados de combatirla. Ridley Scott no prioriza las lecturas políticas/sociológicas pero sí que puntea la narración con apostillas históricas que vemos y escuchamos, con apariencia accidental, en televisores encendidos, principalmente que refieren los últimos coletazos del conflicto armado en el sudeste asiático. Así, casi de puntillas, podemos alcanzar la apasionante vis metafórica de esta historia escrita por Zaillian sobre un gángster que se sirvió de la logística militar para introducir heroína en los EEUU: el imperio de Frank Lucas como la Administración Nixon, su auge rápido y sus relaciones necesarias e indeseables (los brillantes diálogos en el meeting de Lucas con el capo italiano), su poder implacable, el reverso ilegal del funcionamiento económico (la magnífica parábola sobre el concepto de “marca” que atañe a la droga de Frank Lucas, la “Blue Magic”), y la caída del negocio y la pérdida del equilibrio causada, precisamente, por el fin del conflicto bélico (la secuencia que lo describe contiene una broma maliciosa: el drug-dealer en Bangkok cita a John Lennon: “let’s give peace a chance”), así como (ya fuera del texto, pero fácilmente deducible) la terminación de la historia en un estadio cronológico coetáneo al escándalo Watergate. 

 

Cuestiones de star-system

En cualquier caso, el filme de Ridley Scott no rastrea en las pulsiones de su tiempo con la pericia en que lo hizo otra película estrenada ese mismo año, la superlativa Zodiac de David Fincher, probablemente porque en aquella película se pretendía tomar la temperatura a una crisis que de lo económico se trasladaba a lo social, y en cambio aquí se opta por la narración individual, una historia desgranada en dos paralelas basadas en un antagonismo que final e inopinadamente se vencerá. Se trata en realidad de una limitación a la labor de Zaillian y también de Scott, una limitación apenas perceptible, aunque muy importante, que tiene que ver con el peso propio en el actual star-system que ostentan tanto Denzel Washington como Russell Crowe, dos magníficos actores, sí, pero que ya llevan bastante tiempo moldeando el tono de las películas que interpretan a los códigos de la estampa que de ellos debe reconocer el espectador, lo que en este caso se traduce (de un modo algo incongruente) en la historia de un encuentro (y hasta entente, en la línea de Catch me if you can) entre un policía honrado y un mafiosi cuyo código de conducta particular le dignifica de algún modo (según la película se empeña en subrayarnos en todo momento –desde la sombra que sobre él imprime la personalidad de su predecesor Ellsworth “Bumpy” Johnson, hasta los abundantes cuadros de familia de Lucas-): en ese sentido, y de la incongruencia anunciada (= de las servidumbres del star-system), surgen para el espectador ciertos conflictos de moralidad (sobre el sentido de la justicia y los estatutos éticos de cada personaje), que en la película se enfatizan en los pasajes que intentan establecer ciertos parangones emocionales entre el poli y el caco, sea su fuerte individualidad, sea por oposición en el conflicto entre lo profesional y lo particular (: Frank, cuyos negocios son espurios, sabe cuidar a su familia; en cambio Richie, que se dedica en cuerpo y alma a su tarea policial, fracasa como marido y padre –en las secuencias más tópicas de la película-).

 

Ritmo (de soul)

En cualquier caso, estas irregularidades argumentales, estas concesiones comerciales que reducen un tanto el empaque de la historia, no empecen el valor cinematográfico de una película a la que le cuesta un poco arrancar, pero que cuando alcanza velocidad de crucero nos atrapa en su endiablado ritmo y en la soberbia capacidad de sugestión de muchos de sus diálogos, y de fascinación de sus imágenes, sea por la vía de la meticulosa planificación de las secuencias de acción o por el lujoso articulado de sus diversas transiciones apuntaladas por ritmos musicales soul.

 

el cabo del miedo

el cabo del miedo

 

Cape Fear.

Director: Martin Scorsese.

Guión: Wesley Strick, basado en un guión previo de James R. Webb y en una novela de John D. McDonald.

Intérpretes: Robert De Niro, Nick Nolte, Juliette Lewis, Jessica Lange, Joe Don Baker, Illeana Douglas, Robert Mitchum.

Música: (Bernard Herrman).

Fotografía: Freddie Francis

EEUU. 1991. 121 minutos.

 


 

 

Guiones y Box-office

 

Aunque Cape Fear es probablemente la peor película de Martin Scorsese, el box-office la saluda como una de las contribuciones más lucrativas de su autor. Bienvenidos a Hollywood. Y sí, algunos podrán aprovechar mi introducción para arremeter contra las películas alimenticias, o contra la inoportunidad artística de los remakes (ésta lo es de un filme, homónimo en su título original, dirigido por J. Lee Thompson en 1962 y protagonizado por Gregory Peck y Robert Mitchum, actores que efectúan sendos cameos en esta versión de 1991). Yo no estoy de acuerdo. No tengo nada contra los remakes ni contra los filmes de pura artesanía -siempre que esa artesanía no se revele como desganada, desgana que aquí no concurre-. El motivo por el que esta película cae en la mediocridad más campante me parece evidente, y radica en el libreto del filme, guión escrito por Wesley Strick -basado en la novela negra “The Executioners”-, que fracasa en su intento de sofisticar unas ideas sencillas y efectivas, que incurre en algunos problemas de planteamiento a los que no sabe poner remedio, y que por tanto se van haciendo cada vez mayores, revirtiendo en la absoluta falta de credibilidad argumental de la película, y, con ello, del interés del espectador más allá del puro espectáculo: hablo de la supuesta ambigüedad que viste la descripción de los personajes (la relación entre abogado y cliente, o la estabilidad en entredicho del matrimonio Bowden, o incluso de su estuctura familiar), ambigüedad que sólo se revela aisladamente, demasiado textualmente, y en incongruencia con una mecánica demasiado convencional (hasta telefílmica en el texto) de desgranar los acontecimientos: se puede asumir riesgos o no hacerlo, pero hay que ser coherente con las decisiones que se adopta, porque de lo contrario se corre el peligro de caer y provocar desconcierto.

 

Moderno grand guignol

 

Quizá consciente de esas flaquezas argumentales, quizá dando comba a su reputación de director intrépido, espídico y bullicioso, Scorsese decidió convertir la película en un moderno grand guignol, un espectáculo manierista, de vocación en ocasiones malsana, basado en el juego constante con encuadres recargados y hasta barrocos, gustoso de utilizar trucos de montaje para inducir la intriga, efectos expresionistas basados en  la saturación de luces y colores (iluminación que rubrica un nombre legendario: Freddie Francis), y, claro está, el abuso concienzudo del leit-motiv musical compuesto por Bernard Herrman para el filme original. La aritmética salvaje de la cámara de Scorsese puede gustar más o menos, pero no es gratuíta, y no puede discutirse  que proporciona el mayor interés de la película (mucho más que la interpretación exacerbada de De Niro, que fue lo que más se destacó en su momento, y que en efecto coadyuva a la propuesta de excesos, pero no más que la de Nick Nolte, del que nadie dijo nada). El ojo de Scorsese sabe recoger la violencia con mucha más capacidad para la sugestión de la que el texto jamás llega a atesorar, y al decir esto no pienso tanto en los pasajes sanguinarios que rubrican el largo desenlace del filme (resueltos de un modo nada más que correcto), sino a la vía escogida para mostrarnos el modo tan frágil en que puede quebrarse la seguridad y la integridad (conceptos en íntima relación en la película): atiéndase sobretodo a la célebre secuencia entre Max Cady y la adolescente Danielle en el teatro de la escuela, planificada con aparente sobriedad, la cámara súbita y arteramente contenida, matizando los diálogos con planos de detalle que agravan el sentido de lo morboso, del miedo y del deseo, las tensiones de la violencia psicológica. Eso precisamente, un estimulante tratado sobre la violencia psicológica, es en lo que hubiera podido convertirse esta Cape Fear si hubiera contado con un libreto más valiente y afinado. Sin él, a duras penas supera el artificio.

luces de la ciudad

luces de la ciudad

 

City Lights.

Director: Charles Chaplin.

Guión:  Charles Chaplin, Harry Clive y Harry Crocket.

Intérpretes: Charles Chaplin, Virginia Cherrill, Harry Myers, Florence Lee, Al Ernst Garcia, Hank Man.

Música: Charles Chaplin.

Fotografía: Rollie Totheroh, Gordon Pollock.

EEUU. 1931. 71 minutos.

 


 

 

Chaplin, Maestro

 

Aunque en 1931 el cine sonoro ya se había impuesto sobre el mudo, Charlie Chaplin aún tardó un tiempo en capitular. Cabría decir que, al menos en lo concerniente a los personajes por él mismo interpretados, nada menos que dieciséis años más (hasta Monsieur Verdoux, 1947), porque en Modern Times (1936) sólo utilizaba el sonoro para recitar una canción en un idioma inventado (sic), y en The Great Dictator lo empleaba para satirizar con saña (y también de un modo ininteligible) a Adolfo Hitler. Antes que todo eso, la película que aquí nos ocupa aún seguía el canónico planteamiento que germinó por primera vez en The Kid y que después utilizó en The Golden Rush o The Circus, planteamiento que no era otro que la extensión de los cortometrajes que en la segunda década del siglo XX forjaron su celebridad, consistente en alambicar una narración a partir de la sucesión de sèt-pieces basadas en el puro slapstick, coreografías físicas y gadgets visuales de efecto hilarante.

 

El paria

 

Junto a esa coda humorística, ya desde en The Kid introdujo ese aliento romántico y sensiblero, aliento que esta City Lights recoge de forma igualmente exacerbada, razón por la que cabe emparejarla en el apartado descriptivo y tonal con aquélla; si en The Kid el vagabundo asumía la paternidad, en City Lights Charlot se veía envuelto en una historia de amor bigger tan life; o lo que es lo mismo: aquí, en lugar de Jackie Coogan tenemos a la violetera que incorpora Virginia Cherrill.  Pero a esta primera y obvia ecuación hay que reprochársele algo: en City Lights no sólo tenemos a la violetera ciega, sino también al millonario maníaco-depresivo (interpretado por Harry Myers), cuya presencia configura la completa trama de la película, y el propio título: más que una historia de amor, City Lights desgrana los estigmas de las diferencias de condición económica, en el escenario de la urbe como contexto de alienación. Ojo, que nadie interprete algo que no he dicho: no me estoy refiriendo a tomas de postura izquierdistas por parte de Chaplin, sino a algo más elemental, más íntimo, y más esencial (en ese sentido me remito a las palabras de André Bazin al hablar del humanismo chapliniano, y de su toma de postura no política, sino eminentemente moral). Charlot, el vagabundo, es quizá más que nunca un títere del azar: la vendedora de flores ciega la confunde con un millonario, un millonario excéntrico le confunde con un amigo de toda la vida (pero sólo cuando está borracho: anotación argumental genial, y para nada anecdótica en el entramado narrativo), la policía le confunde con un ladrón, él confunde las intenciones y formalidades de los individuos de la high-class con los que accidentalmente se mezcla… Los de su casta, en cambio, le maltratan (el mayordomo, el boxeador, los mozalbetes que venden periódicos), porque ellos sí reconocen a la perfección su condición de paria.

 

La ciudad monstruo

 

Charlot no recorre ningún camino en la ciudad del bullicio, donde el peligro puede esperarte en cualquier esquina, en la velocidad del tráfico, en una cloaca cualquiera o en el hoyo de acceso a un sótano (es la antesala del concepto de modernidad como coda hostil y alienante que se consolidará en su próxima película). El filme presenta este contexto, y se centra en los dos subterfugios que permiten escapar de ese camino a ninguna parte, dos subterfugios cuya íntima relación, y sobretodo su dualidad, da la mesura temática del filme: primero, el amor a la violetera; segundo, sus avatares con la clase alta merced de su amistad accidental (e intermitente) con el millonario desquiciado. En ambos casos, se trata de oposiciones a la cruda realidad, ensoñaciones imposibles relacionadas con la aspiración emocional (donde Charlot está estigmatizado por el hecho de que la violetera cree que es rico) o económica (Charlot sólo accede a la amistad con el millonario cuando éste está borracho). Todos los periplos que esperan al vagabundo se sitúan en ese fino alambre de actos desesperados (que pretenden perdurar esa ensoñación, ello proyectado en la salvación de la violetera: librarla de ser deahuciada y pagarle una operación para que recupere la vista). Y de esta coda temática aflora la surtida antología de secuencias maestras del actor-director, especialmente desternillantes las que transcurren en un refinado restaurante donde Charlot acude con el millonario o, claro, el improbable combate de boxeo con el que el vagabundo trata desesperadamente de ganar dinero. 

 

Abstracción poética

 

Pero tras tantas cuitas y azarosos azares, no nos aguarda un final feliz que casi podíamos asir (cuando el millonario le entrega el dinero). No, habrá una enésima confusión, le detendrán por ladrón y agresor, y su destino será la cruda realidad de la cárcel. El desenlace de la historia se define en esa cárcel, o lo que es lo mismo, en la imposibilidad de medrar económica o emocionalmente, la dura amonestación por siquiera intentarlo. Pero Chaplin nos guarda un epílogo, que no parece que vaya a modificar la historia antes bien trata de dejarla flotando en el meollo de esa ensoñación: la violetera, que ahora ya no es ciega y regenta una floristería, le entrega una flor casi accidentalmente, y le reconoce por el tacto. Charlot, en una imagen majestuosa del Cine, sostiene la flor en la boca, los pétalos van cayendo anticipando la intervención decisiva, demiúrgica, del azar. Ambos sonríen, se miran con calidez. Y la película termina: no se trata de que ella ahora vaya a salvarle a él, tanto como de, insisto, detener (y que el espectador retenga) aquel instante sublime, aquella ensoñación. Una abstracción poética de formidable calado, y de innegable pertinencia en el momento de estreno del filme, cuando la Depression posterior al crack bursátil de 1929 empezaba a causar grandes estragos en la economía civil.

 

Maridos y Mujeres

Maridos y Mujeres

Husbands & Wives.

Director: Woody Allen.

Guión: Woody Allen

Intérpretes: Woody Allen, Mia Farrow, Judy Davis, Liam Neeson, Sydney Pollack, Juliette Lewis, Ron Rifkin, Blythe Danner.

Montaje: Susan E. Morse.

Fotografía: Carlo Di Palma.

EEUU. 1992. 106 minutos.

 


 

Lower than life?

 

      Quien más quien menos recuerda Husbands & Wives por motivos extracinematográficos, o, afinando el comentario recurrente, por el morbo del reflejo especular existente entre la ficción que plantea la película y las circunstancias sentimentales de su realizador, por cuanto su estreno coincidió con la ruptura de su matrimonio con Mia Farrow y la luz pública (no sin cierto escándalo) de su relación con quien había sido su ahijada Soon-Yi. Es una lástima que el grueso del público no recuerde la película por los motivos estrictamente cinematográficos, esto es la posición fundamental que Husbands & Wives ostenta en el seno de la filmografía de Allen, o, aún más, el hecho de tratarse de una de sus más imprescindibles aportaciones al Séptimo Arte y a su tiempo (cabría establecer una tercera vía de enfoque o exégesis que trazara la línea de la lírica o inspiración, esto es la relación entre esas circunstancias personales de Allen con el talento despachado en su obra, suerte de psicoanálisis creativo a partir del psicoanálisis propuesto en el filme: tarea que nos permitiría divagar mucho y que probablemente sería estéril, pero al menos daría intelectualmente más de sí que el zafio juego rosa-amarillista).

 

Deconstructing Allen

   En cualquier caso, han pasado muchos años desde la realización de la película, por lo que cabe enfrentar sus cualidades y calidad a una filmografía mucho más extensa, para convenir que se trata sin duda de una cumbre creativa de Allen, amén de la honesta y diría que serena culminación de las tensiones dramáticas que habían emergido en su filmografía a mediados de los ochenta con Hannah y sus hermanas, que vistieron diversos ropajes de raigambre europeísta (September, Another Woman, incluso la vía metafórica expresionista de Shadows and fog), que después alcanzaron su cénit abstracto con la brillante Crimes and Misdremeanors, y finalmente asumidos de modo personalísimo (por el fondo y por la forma) en la presente Husbands & Wives. Fíjese que tras esta película volvieron las comedias (Manhattan Murder Mistery, Mighty Aphrodite, entre otras), y cuando se atrevió a volver a psicoanalizarse por la vía del celuloide –lo que hizo en 1997 con otra soberbia película de inopinable título: Deconstructing Harry- asumió una deriva hiperbólica y cuasipatética de todos los conflictos psicológicos/tesis planteados previamente en la obra que nos ocupa.

 

Neurosis

     Husbands and wives narra el progresivo descalabro del matrimonio que forman Gabe y Judy (Allen y Farrow), pero lo hace desde una perspectiva coral que funciona a modo de gran panorámica radiográfica, que sirve para incidir a fondo en las razones concretas de esa ruptura, pero también, mucho más allá, traza un preciso retrato sociológico de los hombres y mujeres de una determinada edad en su contexto económico, intelectual y social. Es la mirada de Allen a la neurosis como coda de las relaciones sentimentales, tema omnipresente en su obra pero del que aquí extrae una de sus tesis más contundentes y reveladoras (y también dosolada, o hasta nihilista, por mucho que el filme, viniendo firmado por Allen, a menudo sea presentado como “una comedia”).

 

Puesta en escena de emociones

    La habilidad portentosa de Allen en la escritura del libreto le sirve para describir los avatares sentimentales de hasta seis personajes con una suma agilidad que no excluye lo esencial ni el detalle (capacidad narrativa en la que Allen es un maestro sin parangón en el panorama cinematográfico americano, a años luz de cualquier otro narrador), pero lo que convierte esta Husbands and wives en una obra maestra es el talento –y también originalidad- con el que se imprimen en imágenes esas pulsiones sentimentales, esto es la sobresaliente puesta en escena del filme. Parte de un desarrollo narrativo que se va puntuando con planos-secuencia en los que los personajes hablan a la cámara como si se tratara de su psicólogo, y exponen las razones (y confesiones) del porqué de sus actos. A partir de esa estrategia deshojamos la completa estructura del filme, nunca basada en el desarrollo dramático convencional, antes bien en la exposición de puntos de vista individuales o situaciones de conflicto, mediante una sucesión sèt-pieces desgajadas en los que visitamos la intimidad de los personajes… y su miseria. La naturaleza de esas imágenes resulta poderosamente intuitiva (mediante recursos visuales como los fallos deliberados de raccord, el abuso del steadycam para mostrar desconcierto, o bien los planos generales –aprovechando magníficamente el escenario neoyorquino que ya reconocemos como impronta iconográfica alleniana- que transmiten cierta distancia respecto de la intimidad de los personajes) y nos transmite un abanico de deseos, pasiones, odios, miedos, remordimientos… en definitiva, una retahíla interminable, desbordante, de emociones que afloran en los actos de los personajes y desnudan su intimidad.

 

Individualismo

   Y si hablo de una tesis desolada es precisamente porque el narrador –Allen, no Gaby (el personaje que él interpreta)- parece que lo intenta pero no logra transmitir simpatía, ni apenas comprensión, por el comportamiento de sus personajes, unos personajes que no dudan en justificarse ante su confesor (la cámara a la que miran) mientras ponen evidencia su falsedad (la cámara que les espía). En esa espiral destructiva, Allen se limita a dejar patente que la enfermedad sentimental de la que habla es crónica, y sus síntomas son el individualismo irreprimible, la constante insatisfacción, y el absoluto aislamiento sentimental.

 

 

ET, el extraterrestre

ET, el extraterrestre

 

 ET,  The Extra-terrestrial

Director: Steven Spielberg.

Guión: Melissa Mathesson

Intérpretes: Henry Thomas, Dee Wallace, Peter Coyote, Robert Mc Naughton, Drew Barrymore, K. C. Martel, Sean Frye.

Música: John Williams.

Fotografía: Allen Daviau.

EEUU. 2002. 119 minutos.

 


 

 

El poder de las imágenes

 

Aunque resulta notorio que Steven Spielberg es uno de los más grandes storytellers del Cine contemporáneo, su enjundiosa potencialidad comercial le ha venido restando créditos entre la crítica con pretensiones refinadas. Sin embargo, los tiempos cambian, y las conciencias también: los mismos que hace años le tachaban de entertainer sin miga, ahora empiezan a respetar el talento de un director capaz como pocos de convertir ideas en imágenes y hacerlas fluir. Y pienso yo que los parabienes cosechados por filmes como Minority Report, Catch me if you can o Munich no son más merecidos que los que en su día se escatimaron a, por citar algunas, Jaws, Raiders of the Lost Ark o Empire of the Sun, todas ellas rotundas obras maestras (eso he dicho, rotundas obras maestras). En realidad, son los críticos los que tienen que hacer su proceso de aprendizaje. No Spielberg, a quien le sucede como a Hitchcock. Los dos son igual de genuinos, y a los dos les caracteriza su singular talento. Eso sí, uno habla de inocencias perdidas y el otro se enzarza en las zonas enfermizas de la psique humana. Pero eso qué más da. Por uno y otro, y en términos artísticos, lo decisivo no son los envoltorios temáticos, sino la fuerza de las imágenes: al igual que las imágenes de Vertigo, las de Artificial Intelligence hablan por sí solas de grandeza cinematográfica.

 

 

ET y Spielberg

 

Lo mencionado trae a colación esa máxima que dice que los directores de cine filman una y otra vez la misma película. Creo que es bien cierto en el caso de Spielberg (también en el de Hitchcock), y al respecto pienso que ET es la batuta, la partitura de pulsiones convertidas en imágenes que se dirimen en cada nuevo título de la filmografía del realizador. Y me refiero a opciones éticas y estéticas y a estrategias narrativas, al modo en que la forma va alumbrando infinidad de matices al fondo.

 

De qué habla ET. Superficialmente diríamos que se trata de una historia de amistad bigger than life, la que se establece entre un extraterrestre perdido muy lejos de su casa (ET) y un niño (Elliott) que vive con su madre divorciada y sus dos hermanos en una periferia residencial. Afinemos.

 

1/ Dos niños

 

ET es un niño, al igual que Elliott. Nos lo cuenta la primera secuencia del filme: unos extraterrestres están recogiendo muestras de plantas en un bosque, y su actividad botánica se ve súbitamente interrumpida cuando unos hombres hacen acto de presencia; uno de los extraterrestres ha sido irresponsable, su curiosidad le ha llevado a apartarse demasiado de la nave (de ahí deducimos su mocedad), y los suyos no pueden esperarle más so riesgo de ser descubiertos (¿y cazados?) por los hombres; anótese al respecto que la narración parte del punto de vista de los extraterrestres, primero a quienes vemos recoger plantas, luego viendo a ET desesperado tratando de volver a su nave: por oposición, los hombres tienen intenciones hostiles, ello enfatizado en el modo en que son retratados: primero vemos la amenazante proyección del haz de luz de sus rancheras en la noche arbolada y después nada más que sus manos y pies, la música de John Williams subraya la sensación de miedo y peligro. El plano que culmina la secuencia recoge toda la desolación: ET no ha llegado a tiempo, y la cámara recoge su pequeña efigie de espaldas, en un claro, jadeante. Se ha perdido, está solo en un lugar extraño, identificado en las luces de la ciudad que se ven en la lejanía...

 

2/ Dos niños perdidos

 

El sentimiento de pérdida: el horizonte inalcanzable que la criatura observa en la secuencia comentada se parangona con otro que atañe a Elliott: México: allí es donde está su padre, donde se ha marchado con su nueva novia, según nos revela una de las secuencias de presentación de su familia. Esa pérdida es reciente, así lo demuestra esa conversación, los nervios a flor de piel de Mary, la madre, que inevitablemente derivan en lágrimas.

 

3/ La Conexión

 

 Precisamente tras una de esas escenas domésticas -en la que Elliott menciona a su padre, y su hermano mayor Mike le reprocha haberlo hecho y así propiciado las lágrimas de su madre-, el niño acude al fregadero, presto a lavar los platos, pero no lo hace, se distrae mirando al exterior, y la cámara recoge la abstracción de esa mirada, ponderada por el vapor que emana del agua caliente. Previamente, alguien o algo le ha enviado una seña desde el cobertizo, pero hay algo más, algo psicológico, íntimo, que aquí se anticipa y que el resto del metraje nos confirmará: Elliott ha sentido una presencia, y sus ansias por dar con ella le superan: a pesar de que su hermano ha mencionado que “el coyote ha vuelto” al encontrar una huella en el cobertizo, Elliott no tiene miedo de salir de noche a esperar, a encontrar esa presencia. Hay un primer encuentro accidentado, en el que cada uno aterroriza al otro: la cámara encadena tres primeros planos, en angulaciones diversas del grito de Elliott; a ET apenas le vemos, pero sí atestiguamos la barahúnda que provoca su estampida: un columpio que se mueve, el cubo de la basura por los suelos... La noche siguiente se producirá el contacto, de un modo que nos recuerda al cuento de Pulgarcito: ET le devuelve a Elliott los caramelos que éste había dejado por el bosque a modo de anzuelo. Spielberg rueda con sumo mimo y capacidad para la sugestión las presentaciones entre Elliott y el extraterrestre. Williams enfatiza la profunda ternura que exudan las imágenes. (Y Spielberg aprovecha para lanzar un guiño a Lucas con los muñequitos de Bobba Fett y Lando Calrissian, y hasta para autocitarse, cuando Elliott le muestra a ET su pecera: “el tiburón se come a los peces, pero nadie se come al tiburón”). Esa ternura se tamizará con notas hilarantes cuando ET conozca a Mike y a Gertie, los dos hermanos de Elliott. Pero lo que prima en la narración es el desarrollo de ese vínculo psicológico íntimo entre la criatura y el niño que le ha adoptado, vínculo que se materializará en una suerte de telepatía o incluso de simbiosis emocional en la famosa secuencia en la que ET se queda en casa y Elliott acude a la escuela, donde debe diseccionar a una rana. A título anecdótico, Elliott se emborracha porque ET bebe cerveza, pero lo más interesante es el impulso irrefrenable del niño (dictado por ET) de liberar a todas las ranas, impulso que Elliott llevará a cabo sin la menor censura, y con ímpetu suficiente para contagiar al grueso de sus compañeros. Al final de esa insólita catarsis, Elliott reproduce la secuencia climática de la película que ET está viendo en casa (otro homenaje: “The Quiet Man”, de John Ford), y besa a la chica del mismo modo que el Duque besaba a Maureen O’Hara. Se trata de una sucesión de escenas donde la irrealidad se apodera de la narración, y las imágenes abren de par en par las puertas de un mundo de fantasía sin otra lógica que la pura magia, un país mitológico en el que anidan libres los pulsos de la inocencia.

 

4/ La celebración de la inocencia

 

 Este país mitológico es un ideal, que se opone a las penalidades de la realidad. Y este país mitológico tiene nombre: es el país de Nunca Jamás. Así nos lo confiesa abiertamente la escena más decisiva de la película, en la que Mary le está leyendo a Gertie   un pasaje de Peter Pan, en el que Campanilla se está muriendo: “Podría curarse si los niños creyeran en las hadas. ¿Creéis en las hadas? Si crees, bate palmas”; Gertie y su madre baten palmas, y Campanilla se salva. Al mismo tiempo, en la habitación contigua, Elliott se ha cortado accidentalmente una mano, y ET alza su dedo índice, que empieza a brillar; toca la herida de Elliott y ésta sana al instante ante la estupefacción del niño. No hacen falta más evidencias para entender que Spielberg y la guionista Melissa Matheson promueven en ET una lectura contemporánea de los mitos que Barrie inmortalizó en su cuento. La realización de Spielberg sigue ese norte en todo momento, y es por ello que la tesis de la película es tan hermosa y clarividente. No hay nada más prodigioso que el vuelo nocturno de Elliott y ET con la bici: los dos niños “alcanzan la luna”,  o al menos la cruzan en la que probablemente sea la imagen más iconográfica que el filme nos deja. Por otro lado, debemos volver a incidir en el hecho de que los adultos sólo sean mostrados cuando la más cruda realidad hace acto de presencia (cuando ET se muere), y que incluso Mary, que es la única adulta a la que la cámara exceptúa de esa norma, sea incapaz de ver a ET ni siquiera cuando le tiene frente a sus narices (la escena con Gertie, en la que la niña quiere mostrarle a ET, pero Mary, atolondrada por prisas y temores, alcanza a noquearle accidentalmente al abrir la nevera, pero no alcanza a verle). ET es una hada, tiene poderes mágicos, da vida a las plantas, y puede sanar heridas: pero en la cruda realidad sufre un colapso respiratorio, y, como Campanilla, muere; o quizá la realidad reclama a Elliott, y desecha a ET (el primero va recuperándose en proceso inverso a la agonía del segundo); Spielberg rueda ese pasaje con profundo dramatismo, no escatima la visión frontal del dolor (los médicos prueban de reanimar a la criatura con  electroshock); ET muere porque no puede vivir en la realidad, y Gertie le pregunta a su madre si puede desear que vuelva, y Elliott se despide de él diciendo que “creeré en ti todos los días”: como Campanilla, ET precisa que los niños crean en él, y merced de ese deseo sin mácula de los pequeños, resucita... La sinfonía de la inocencia, de la magia, de la imaginación al poder, alcanza su cota definitiva en la huida con las bicis: los niños –con la inestimable ayuda de su aliado del espacio- burlan el completo aparato humano y huyen al bosque, donde empezó todo.

 

5/ Adiós a la inocencia

 

En el bosque, donde empezó todo, debe terminar todo. Con su inteligencia superior, ET logró articular un modo de comunicación con los suyos, que vienen a buscarle. Es el momento de las despedidas. El final del viaje, del ensueño. Spielberg reclama su reino: el itinerario de luz y color de las emociones alcanza aquí su cenit. La banda sonora de Williams, sencillamente sublime, también. ET dice adiós, y la nave despega, dejando la estela de un arco iris. Pero ha dejado algo tras de sí. Lo guarda Elliott en su corazón. La Magia. En el último plano del filme, vemos al niño superado por la emoción, pero no por el dolor. Sabe que ET estará... aquí mismo. Nosotros también.

 

hacia rutas salvajes

hacia rutas salvajes

 

Into the Wild

Director: Sean Penn.

Guión: Sean Penn, basado en la obra de Jon Krakauer

Intérpretes: Emile Hirsch, Marcia Gay Harden, William Hurt, Catherine Keener, Jena Malone, Kristen Stewart, VInce Vaughn.

Música: Michael Brook, Kaki King y Eddie Vedder.

Fotografía: Eric Gautier

EEUU. 2007. 124 minutos.

 


 

 

Vivir

 

Siempre resulta estimulante acercarse al cine de Sean Penn. Ninguna de las cuatro películas que hasta la fecha ha realizado le dejan a uno indiferente. Por la personalidad que les imprime, por los meollos psicológicos que las habitan. La presente Into the Wild, sin embargo, supone un paso más allá en la senda del cineasta. Sin dejar de ser coherente con sus obras anteriores, detectamos un salto de ambición, y por ello también de riesgo. Si algo tienen en común las obras precedentes de Penn -The Pledge, The Crossing Guard y The Indian Runner- es un discurso que holla en la fragilidad del alma humana, la mirada al filo del abismo que espera al ser humano en cualquier esquina inesperada de este peregrinaje que llamamos existencia. En Into the Wild, la narración nos lleva por caminos bien opuestos: adapta el libro de Jon Krakauer que testimonia el periplo vivido por Christopher McCandless, un joven norteamericano que, tras graduarse en la universidad, decidió abandonar a su familia y todas sus pertenencias para ir a Alaska a vivir en comunión con la naturaleza. De este modo, la mirada que Penn despliega en Into the Wild rehuye los abismos que asfixian el espíritu, antes bien nos pone en la piel de un hombre joven que ya había encontrado una fórmula para rehuir aquellos abismos, y que la puso en práctica: sin que en ningún momento se concreten demasiado las razones por las que Christopher hizo lo que hizo (en los pasajes en que su hermana se convierte en narradora en off, se anotan acaso las malas relaciones de sus padres como causa concreta), en todo momento queda claro que el chico está convencido de su deseo, que pone todos los medios para llevarlo a cabo, y que nunca, nunca desfallece. Sólo su ideal, la vida salvaje, es capaz de vencerle. Como así sucede.

 

La naturaleza como destino

 

Leyendo la sinopsis de la película, uno puede esperar dos opciones narrativo-discursivas: una, la convencional, que haga hincapié en los conflictos familiares, en el aparato, digamos, melodramático, para exponer el sentido de la huida; otra, que busque ese sentido en fórmulas ideológicas, en términos de crítica social a un modelo de convivencia personal y social lleno de fisuras. Penn abre una vía muy personal, que no elude ninguna de las dos posibilidades citadas (sea en los pasajes en los que se muestra el patetismo de los padres que tan bien encarnan Marcia Gay Harden y William Hurt; sea en las secuencias terribles que transcurren en las turbiedades de la noche angelina, o en detalles nada fortuitos, como la aparición del speech de George Bush que justificó la Guerra del Golfo de 1991), pero las proyecta en otra dirección, un interés superior, que no es otro que la constancia del heroísmo, materializado en las tantas imágenes que se alinean con el hombre en liza contra los elementos, configurando el retrato de una integridad extrema. En su interesante crítica publicada en la revista Dirigido por (enero de 2008) Israel Paredes Badía decía que una de las mejores bazas del filme radica en los muchos interrogantes que plantea y las pocas respuestas que ofrece. Predicado bien cierto en el apartado de la relación entre la película y el espectador, pero, quizá paradójicamente, las imágenes del filme parece que en ningún momento cuestionen las opciones radicales escogidas por Christopher, la narración no toma partido por sus dudas, bien al contrario su trazo de visos documentalistas va afianzando el sentido de las decisiones que el joven toma, va erigiéndole en una suerte de héroe impropio, por cuanto realiza no pocos sacrificios para seguir adelante con su empeño, sean físicos (la lucha por la supervivencia en condiciones extremas) o emocionales (pues a Christopher se le abre la posibilidad de vivir otras vidas con otros seres queridos, sean la pareja de hippies que encarnan Brian Dierker y Catherine Keener, sea el amor de la joven Tracy –Kristen Stewart-, sea el padre putativo que le ofrece su amor incondicional –inmenso Hal Holbrook-).

 

Lirismo

 

La cámara de Penn da rienda suelta a su afán por la investigación telúrica que ya había emergido de forma esporádica en su anterior filmografía (especialmente en The Pledge), pero que aquí encuentra su completa razón de ser al impulsar los resortes esenciales de la historia, la motivación del personaje principal. El esmero escénico del realizador se hace sentir en no pocas secuencias paisajísticas que transmiten el sentido del riesgo, de la aventura, pero también del desconcierto o de la soledad. La labor interpretativa de Emile Hirsch es otro de los puntos fuertes de la película, su entrega sobretodo física al cometido interpretativo es de todo punto admirable, y no lo es menos la capacidad de sugerencia con que la cámara le captura, da igual si es en primeros planos compartidos con sus compañeros de camino o en cualquier arista del paisaje en los encuadres panorámicos. Y otro capítulo que merece mayor atención es la banda sonora compuesta por Michael Brook, Kaki King y Eddie Veder, canciones interpretadas por el líder de Pearl Jam que se integran a la perfección en el tono de la historia, pero también en el sentido concreto de cada pasaje que puntúan, enfatizando puntos de vista líricos o incluso estableciendo un íntimo diálogo con las imágenes.

 

Es Into the Wild una película compleja y de gran belleza. Guardando las distancias, se me ocurre parangonarla con A straight story (David Lynch, 1999), otra road-movie como ésta, atípica, genuina y por momentos sublime.

el mito de Bourne

el mito de Bourne

 

the bourne supremacy

Director: Paul Greengrass.

Guión: Tony Gilroy, basado en la novela de Robert Ludlum.

Intérpretes: Matt Damon, Famka Potente, Joan Allen, Brian Cox, Julia Stiles, Karl Urban, Michelle Monaghan.

Música: John Powell.

Fotografía: Oliver Wood.

EEUU. 2004. 112 minutos.

 


 

 

Greengrass asume las riendas

 

El primer título de la trilogía, The Bourne Identity, dirigido por Doug Liman, era un filme más bien irregular: a pesar de la solvencia del libreto rubricado por Tony Gilroy y del ritmo endiablado de la función, la propuesta se acababa demorando por la excesiva frialdad con la que Liman se acercaba a las situaciones y los personajes. Ello nos hace pensar en esa máxima bien conocida por la cinefilia de todo pelaje que reza que “segundas partes nunca fueron buenas”, y que, como buena regla, puede romperse, cosa que sucede con esta The Bourne Supremacy  con respecto al título inicial (nota bene: el bourneómano me dirá que esto no es una secuela convencional, porque los libros de Robert Ludlum que se adaptan forman un corpus a dividir en tres películas; parte de razón tendrá, aunque también es cierto que si en las taquillas no le hubieran salido los números a The Bourne Identity ya veríamos si llegaba esta… segunda parte). Es raro, decía, que una segunda parte mejore los resultados de la primera, pero también lo es –y está en íntima relación con lo anterior- que se le ofrezcan las riendas de esta película a un director como Paul Greengrass, forjado en el medio televisivo y como documentalista (no olvidemos que su visado a Hollywood es nada menos que Bloody Sunday, filme de visos documentales e incardinable dentro de los márgenes del cine político, que recrea los trágicos acontecimientos del domingo sangriento de Derry). O, más bien, que Greengrass se atreva a exportar las técnicas narrativas del llamado cinema verité –la planificación semidocumental, el uso de la cámara al hombro, la textura granulada de las imágenes, la saturación de planos, y otros experimentos de montaje- al puerto comercial, o, si prefieren, al cine de género de acción e intriga. Sí, la mayor gracia de esta vistosa The Bourne Supremacy es que las intenciones y habilidades visuales de Greengrass trascienden con mucho los afanes esteticistas de Liman (aquí, con funciones de productor ejecutivo) y dan perfecta rienda a lo que de físico, trepidante (y lacónico) tiene esta pursuit story, epítetos todos ellos que casan con las convenciones del género en el cine americano contemporáneo, y que lo hacen imponiendo esa personalidad propia.

 

Artesanía y brillantez

 

Hay detractores al cine de Greengrass, hay quien no le encuentra más que retórica al montaje (con apariencia de) deslavazado, a los requiebros del encuadre, en definitiva a ese reguero de improntas estilísticas que el director lleva al extremo con la misma naturalidad en sus películas de Jason Bourne que en un filme del calado dramático de United 93. Bajo mi humilde punto de vista, demuestran una luenga tarea (artesana si quieren) de planificación y otra (brillante, sin duda) de postproducción; pero, aún más allá de consideraciones técnicas, el despliegue visual resultante es atractivo, y el ritmo trepidante que el filme ofrece no está reñido con la correcta descripción de personajes y tramas: el guionista Tony Gilroy tiene que ver en ello, pero el ritmo –la economía descriptiva- es cosa de Greengrass (así como la espléndida utilización de los escenarios –felizmente, el tour que la película propone por la India, Nápoles, Berlín, Moscú y NY tiene bien poco de paisajístico, y mucho de punto de vista físico abocado a los entresijos de la historia-).

 

Barniz político

 

Aunque los contenidos del filme disten mucho de pretender una tesis política, se anota cierta mejora en la profundidad de esos contenidos respecto de su filme precedente: donde en The Bourne Identity encontrábamos a un asesino que dejaba de serlo porque su conciencia le anulaba esas facultades mecánicas, en The Bourne Supremacy no sólo asistimos al flash-back que narra un doble asesinato a sangre fría de un matrimonio por parte de Bourne, sino que nos adentramos en la materia de fondo que relaciona a la CIA (aunque sea a agentes desleales movidos por intereses espurios) con esos asesinatos, concretamente por tratarse de un político ruso que, tras la caída del muro, quería evitar la privatización de los oleoductos del Mar Caspio. Ya sé que es una anotación de pasada, una anécdota argumental, pero ahí queda (y seguirá desplegándose en el último capítulo).

 

Bajo el fuego y el agua

 

Para terminar, enlazando con las anotaciones referidas al apartado formal del filme, anoto diversas secuencias que, por su intensidad o capacidad de sugerencia, convierten esta buena película en algo más. Pienso en la persecución nocturna en Berlín –la huida del hotel, el metro, la caída a un transbordador en el que Bourne se lastima una pierna, la escalada del puente…-, en la inevitable (y mucho más brillante que su precedente) persecución motorizada en Moscú, o, cambiando mucho de tercio, la escena en la que Bourne besa y se despide de su novia en las profundidades del río, uno de los pocos planos fijos de la película, que contiene en su seno una noción diría que imposible de dramatismo (amén de las consideraciones referidas al agua como elemento simbólico de esta historia narrada en tres filmes, que empieza y termina en el agua, y que, también, en el apartado emocional del protagonista, allí se quiebra).