Blogia
VOICE OVER

FRANCIS COPPOLA

dementia 13

dementia 13

Dementia 13

Director: Francis Coppola.

Guión: Francis Coppola

Intérpretes: William Campbell, Luana Anders, Bart Patton, Mary Mitchel, Patrick Magee, Eithne Dunne.

Música: Ronald Stein.

Fotografía: Charles Hannawaltt.

EEUU-Irlanda. 1963. 75 minutos.

 


 

 

 

Exploit hitchcockiano

 

Reseñar la que está considerada opera prima de Francis Coppola puede venir al dedo para cavilar sobre las diferencias –a menudo poco claras- entre un filme de serie B y un filme de serie Z. Un buen filme de terror de serie B podría ser House on haunted hill (1959) dirigida por un magnífico aunque bastante olvidado director, William Castle. Un buen filme de terror de serie Z, y parangonable temáticamente al anterior, podría ser éste que ahora nos ocupa, Dementia 13, cuyo visionado no soporta en modo alguno la escrupulosidad del espectador acostumbrado a los estudiados acabados visuales y formales a los que la industria nos tiene acostumbrados (la de hoy como la de ayer), que sostiene una trama que además de bastante pobre está resuelta de un modo deslavazado, al que se le ven no pocas costuras y que, en definitiva, se nos aparece como nada más que un mero exploit de un célebre filme estrenado cuatro años antes: Psycho.

 

 

Coppola y Corman

 

Pero quizá conviene efectuar una serie de precisiones sobre las condiciones de producción, y quizá un más pertinente criterio podrá aflorar: Dementia 13 es un filme de la factoría de Roger Corman, productor famoso por llevar a las últimas consecuencias (y extraer los máximos réditos comerciales) de los low budgets (bajos presupuestos): sin ir más lejos, este filme fue realizado con fondos sobrantes de otra película que por aquellos días estaba produciendo Corman (concretamente, veintidós mil dólares); Coppola, que estando en periodo de formación como cineasta colaboraba en aquella factoría en empeños diversos, oyó que Corman quería realizar un filme que contuviera la palabra “demencia” en el título, y de ahí pergeñó, en tres días, un guión de ribetes góticos y terroríficos, del que le expuso una idea al productor para convencerle (una chica se quita la ropa, se mete en un lago, y al salir es asesinada brutalmente); tampoco es baladí anotar que el filme se rodó en una semana y on location, en un castillo irlandés, y que después se efectuaron algunos remedos aislados en sede de posproducción, para añadir la sangre y visceras que el productor echaba de menos al invento.

 

 

Coppola rising

 

Con semejantes coyunturas, quizá uno puede empezar a convenir que Dementia 13 no es una mala película. Que Coppola domina el ritmo y aunque su narración a menudo avance a trompicones y resulte hasta previsible, no se le puede negar la posesión de algo tan fundamental como la capacidad para sugestionar; que se mueve con soltura y habilidad en una puesta en escena que sabe hacer virtud de la necesidad en el juego de claroscuros de la fotografía en blanco y negro (los contrastes visuales entre la sempiterna lobreguez ambiental y el pelo rubio, tez clara y vestidos blancos de las dos chicas jóvenes con peso en la trama); que se maneja con pericia en el género con el que lidia, extrayendo jugosos detalles de la austera ambientación, de los esquinados espacios y tránsitos de aquel castillo, y de los objetos como elementos del terror -juguetes, una radio que sigue sonando en el fondo de un lago, una muñeca de cera a tamaño natural-; que puestos a explotar estilemas narrativos hitchcockianos, se atreve a asesinar al personaje que creíamos protagonista a la media hora de metraje (como le sucedía a Marion Crane/Janet Leigh en Psycho); y ya puestos a psicoanalizar la mente creadora, que se pueden hallar algunas concomitancias entre los Haloran y los Corleone (o al menos, que una visión obscura, trágica, del elemento familiar trasciende del argumento del filme, su tono y hasta su trama).

 

 

         Dignidad

 

Así las cosas, tampoco nos llamaremos a engaños: Coppola apuntaba maneras y mostró su habilidad narrativa en el planteamiento de la obra y en la solución de diversas escenas a retener, dio muestras de sentido de la oportunidad y pericia en el manejo de los elementos cinematográficos, pero Dementia 13 no es ninguna maravilla. Recapitulemos: filmes de serie B como House on haunted hill o las películas que Terence Fisher dirigió para la Hammer pueden conseguir el status de obras maestras del cine; filmes de serie Z, como éste, pueden, a lo sumo, merecer el epíteto de dignas.

corazonada

corazonada

One from the heart

Director: Francis Coppola.

Guión: Francis Coppola, Armyand Bernstein.

Intérpretes: Frederic Forrest, Teri Garr, Harry Dean Stanton, Raul Julia, Natassja Kinski, Allen Garfield.

Música: Teddy Edwards, Tom Waits.

Fotografía: Ronald Victor Garcia, Vittorio Storaro.

EEUU. 1982. 116 minutos.

 


 

 

Del éxito y el fracaso

 

 

De sobras es conocida la condición de película maldita que ostenta Corazonada, cuyo fracaso económico significó el hundimiento de la American Zoetrope y el embargo –visto lo visto hasta 2008, diríase que- vitalicio de su realizador, obligado a dedicarse a películas de las denominadas alimenticias, y al abandono de hecho de su legendaria megalomanía. Es el parecer de quien suscribe que el rotundo fracaso comercial de esta espléndida película radica en buena parte en el menosprecio con el que la crítica (tan proclive a vender ascensos a la gloria y descensos a los infiernos) la persiguió ya desde antes de su realización. El gusto de Coppola por expresarse libremente, por experimentar siempre sin miedo al riesgo, y por moverse en la cuerda floja, fue probablemente lo que, a la larga, encabronó a críticos y demás voces con influencia en la Industria. Si no fuera así, estaríamos hablando de un perplejante complejo de miopía colectiva, toda vez que la elegancia coppoliana se dio la mano en esta película con un hálito de modernidad que incluso tantos años más tarde permanece inmarcesible.

 

 

De lo intuitivo

 

Modernidad en el planteamiento, por supuesto, de rodar un musical completamente en estudio (subrayo el “completamente”). Y hacerlo en una época en la que el musical estaba en vía muerta (otros musicales de los años ochenta: The Blues Brothers, Grease, This is Spinal Tap…). De dotar a ese género perdido –y que para muchos es el paradigma de los géneros- de nuevas marcas de identidad, despreciando en parte la servidumbre a un seguimiento lineal de los acontecimientos para apostar por la introspección en la lírica pura de imágenes y piezas musicales desde un punto de vista radicalmente intuitivo, lírico, libre de sumisiones narrativas.

 

Del espectáculo

 

    Todo en One from the heart nos habla de la poesía, la melancolía, el romanticismo. La trama no pretende ir más allá de la mera excusa para desplegar, con todo lujo (y mimo) de escenografía (y el contrapunto del buen hacer de las sugerentes partituras de Teddy Edwards que interpreta Tom Waits), el superespectáculo sensorial que la pantalla de cine puede promover. A fe mía que Coppola lo logró, despachó una película de bellísima manufactura, plagada de momentos de una plástica y belleza innegables, y sazonada con manifestaciones de la más sincera emoción.

Peggie Sue se casó

Peggie Sue se casó

Peggy Sue got married.

Director: Francis Coppola.

Guión: Jerry Leichtling, Arlene Sarner.

Intérpretes: Kathleen Turner, Nicolas Cage, Barry Miller, Catherine Hicks, Joan Allen, Jim Carrey.

Música: John Barry.

Fotografía: Jordan Cronenweth

EEUU. 1986. 104 minutos.


 

 

 

     Regreso al pasado

 

Peggy Sue got married no se cuenta entra las mejores realizaciones de su autor, Francis Coppola; ni siquiera entre las mejores de su etapa alimenticia –la que sobrevino tras el descalabro comercial de Corazonada-. Muy cercana en el tiempo a Back to the Future, muchos espectadores la ven como un trasunto “adulto” de la película de Zemeckis. El filme, decía, dista mucho de ser redondo, su desarrollo argumental, de prometedor inicio, se emborrona en circunloquios alrededor del sino de la protagonista, especialmente en lo concerniente a su historia de amor frustrada con su novio de la adolescencia. En esa parte central, el ritmo sólo se mantiene a partir del tratamiento de ciertos personajes (por ejemplo, sus padres, cuya relación queda teñida de cierta ambiguedad, dos pasos más allá de lo convencional), y en base de determinadas set-piéces que arrojan un poco de desestabilidad al flujo lineal que la trama alberga (hablo, por ejemplo, de las dos secuencias de amor entre Peggy y el poeta precoz).

 

 

El paso del tiempo

 

Lo más interesante de la película es el tour de force lírico que Coppola se marca en la que apostaría que es su secuencia favorita: el momento en que Peggy decide visitar a sus abuelos, en el presente ya fallecidos –y por cierto interpretados por Leon Ames y Maureen O’Sullivan-: la nostalgia emana con suave candor en ese plano del crepúsculo, en una rápida transición a una vieja cómoda de madera, que sirve de sabia y hermosa elipsis, diría que oasis, antes de envocar el desenlace de la función.

Drácula de Bram Stoker

Drácula de Bram Stoker

Bram Stoker’s Dracula

Director: Francis Coppola.

Guión: James V. Hart, basado en la obra de Bram Stoker.

Intérpretes: Gary Oldman, Winona Ryder, Johnnie Depp, Sadie Frost, Tom Waits, Cary Elwes, Anthony Hopkins.

Música: Wojciech Kilar.

Fotografía: Michael Bauhaus

EEUU. 1992. 121 minutos.

 


 

 

    Coppola en los noventa

 

Nos hallamos ante el último aletazo de vigor de uno de los más grandes realizadores que nos ha dejado el Cine, al menos antes de un larguísimo parón tras las cámaras –que se ha extendido a una década-  del que regresa con la adaptación de la obra de Mircea Eliade Youth without youth y el proyecto (en fase de producción al escribir esto) llamado Tetro. De Bram Stoker’s Dracula podría predicarse que se trata de un filme de encargo, pero eso es decir bien poco conociendo los aprietos financieros arrastrados por Coppola tras Apocalypse Now y One from the heart.

 

 

    Expresionismo

 

El talante de esta enésima revisión del mito vampírico por excelencia parte del propio enunciado: Coppola y su guionista pretendieron trasladar a la pantalla con la mayor fidelidad posible la narración literaria que dio nombre y forma al terrorífico personaje. Para ello, se escatimaron los medios necesarios tanto en la dirección artística como en la contratación de actores de renombre que pudieran dar la pretendida vuelta de tuerca al mito vampírico. Y la visión de Coppola –gran cinéfilo amén de gran cineasta- se erige, para quien esto suscribe, como un velado homenaje a la narración expresionista (no creo que sea curiosamente que corresponda con la primera y tal vez mejor película del subgénero: Nosferatu). El filme se caracteriza por el desparpajo y la truculencia en la puesta en escena, el juego caprichoso con las sombras, la inclusión de un generoso surtido de secuencias que rozan lo onírico, el gusto por los colores intensos –especialmente el rojo-, la saturación de elementos en los planos, el detalle en la plasmación de las múltiples formas en las que transmuta el príncipe transilvano en su viaje en busca del amor perdido. Con ello se pretende, y logra en parte, transmitir el abrupto hálito romántico que empapa el texto de Stoker, llevando la narración y sus personajes al extremo de la intensidad, pero sobretodo reformular con las técnicas del cine de las postrimerías del siglo XX la esencia de las primeras aproximaciones que efectuó el cine al mito vampírico, precisamente en los albores del siglo y del propio Cine.

 

 

Luces y sombras

 

Hay en la caligrafía del maestro Coppola no pocas muestras de su dominio del encuadre y de la narración: Bram Stoker’s Dracula es un buen ejemplo de la utilización con sentido del artificio con pretensiones atmosféricas, de lo que es buena muestra el sinfín de encadenados que jalonan la narración, en muchas ocasiones de lo más sugestivos. Sin embargo, la película arrastra un problema que proviene de la reiteración de ideas que se transcriben en los diálogos, demasiado empapados de sí mismos, y que lastran el ritmo del filme, especialmente en su último tercio. Otro problema tiene que ver con el elenco actoral, en líneas generales –excluyendo a Gary Oldman y Winona Ryder- rayando la mediocridad cualitativa, y dejando no pocos pasajes huérfanos de la tensión dramática que debiera resultar en imágenes.

 

 

   Fascinación

 

A pesar de la idiosincrasia megalomana desplegada por el filme, el que suscribe anota como su secuencia favorita aquélla en la que Vlad conoce a Mina en las calles del Londres y la lleva a visitar una feria ambulante en la que se hace una demostración del primigenio cinematógrafo: bajo su aparente sencillez formal y su placidez, se ensarta en la narración una bella alegoría de visos historiográficos, y un sugerente discurso sobre el poder de fascinación de la imagen.

Cotton Club

Cotton Club

 

The Cotton Club.

Director: Francis Coppola.

Guión: Francis Coppola, William Kennedy y Mario Puzo, basado en la obra de Jim Haskins.

Intérpretes: Richard Gere, Diane Lane, Gregory Hines, Lonnette McKee, Bob Hoskins, Allen Garfield, Nicolas Cage, Fred Gwinne.

Música: John Barry.

Fotografía: Stephen Goldblatt.

EEUU. 1984. 106 minutos.

 

 


 

 

Harlem, Chicago

 

En 2003 llegó a las pantallas un filme denominado Chicago, debut de Rob Marshall en la dirección de largometrajes, que reivindicó para la taquilla los parabienes de un género tan alicaído como el musical, que cosechó todos los laureles posibles en foros críticos de medio mundo, y, como colofón, que se alzó con la más preciada estatuilla que dan en aquel país de los premios que es Hollywood. Revisando esta película de 1984, Cotton Club, me dí cuenta de que algunas de las mejores ideas contenidas en la referida Chicago son una copia servil de esquemas narrativos e improntas visuales que se contienen en esta efervescente y ahora olvidada película de Francis Coppola.

 

 

Del glamour

 

Cotton Club supone un homenaje en toda regla a los célebres espectáculos no ya del célebre club que da título al filme, sino de todos los locales de fiesta que proliferaron en el norte de Manhattan durante los años de la prohibición, de los artistas –su inmensa mayoría, negros- que protagonizaron sus espectáculos, y, cómo no, de las vibrantes piezas de jazz clásico que se interpretaban en esos shows y que encandilaron a toda una generación. Partiendo de esa premisa, el filme se construye en todo momento desde una acusada teatralidad: los gángsters se retratan de una forma completamente inversa a los de The Godfather, incorporando y enfatizando todos los clichés con los que el arte popular los ha retratado –ya desde los rostros de Dutch, Frenchy o Sol, hasta su indumentaria, pasando por esas iconográficas metralletas de cartón piedra-; algo parecido sucede con los artistas, cuya idiosincrasia farandulera se mantiene en las secuencias cotidianas –lo que ayuda a Gregory Hines a arrancarse una interpretación genial-. El artificio deliberado y el glamour sostienen las imágenes y la propia historia. Ello alcanza a muchos detalles argumentales –como el hecho de que Dixie se convierta en icono del star system de Hollywood con un filme llamado Mob’s Boss (jefe de la mafia)-, pero radica principalmente en la elaborada planificación y escenografía (véase, por ejemplo, el modo emblemático en el que se filman las secuencias de violencia, una violencia que, una vez más en Coppola, se caracteriza por su afectación y por su identificación con esos patrones narrativos clásicos a los que la película rinde tributo).  Por si a alguien le quedaba alguna duda al respecto, la secuencia final concatena las imágenes reales de la Grand Central Station con su recreación en el escenario del Cotton Club, colofonando el filme con la fusión de realidad y ficción (o, más que ficción, espectáculo), para cerrar la historia con la celebración del esperado happy-end con un brindis desde un tren que se aleja de la cámara (dándonos a entender que volvemos a nuestras butacas y al mundo real, mientras los protagonistas permanecerán en ese limbo de fantasía, glamour y bambalinas).

 

 

Espectáculo

 

Esta buscada idiosincrasia teatral emparenta el filme con otra de las mejores películas de su realizador: One from the heart. Si bien en este caso no se asumen tantos riesgos –porque la narración y el ritmo se canalizan desde una mayor vocación (o concesión) a la convencionalidad-, se asemeja el modo en el que Coppola nos recuerda que la belleza del cine puede ampararse en la prestidigitación y el engaño, siempre que se posea el talento para arrancar a las imágenes una fuerza tan espectacular como la que contenían los arrebatos líricos de One from the heart o las secuencias musicales del Cotton Club –no individualmente consideradas, sino por su forma de sostener la narración con el talante o el tempo de las melodías, o con las coreografías o las letras de sus canciones-.

 

 

Elenco actoral

 

No puede cerrarse una reseña de este agitado e impactante filme sin detenernos ante un elenco actoral que deja huella en el recuerdo: más allá de las composiciones más bien funcionales de Gere y Cage –curiosamente, los actores que con los años lograron una mayor fama en Hollywood-, nos quedamos con las magníficas interpretaciones del ya citado Gregory Hines, de Bob Hoskins, de Lonette McKee y de Fred Gwinne. Y dejo para el final mi más rendida admiración por la belleza y el portento de sensualidad que imprime a su papel Diane Lane, una de las últimas interpretaciones que nos dejó antes de que Coppola dejara de hacer películas y la industria la olvidara (hasta recuperarla, mucho más tarde, en películas que, por ahora, no merecen mayot reivindicación).

 

la conversación

la conversación

 

The Conversation.

Director: Francis Ford Coppola.

Guión: Francis Ford Coppola

Intérpretes: Gene Hackman, John Cazale, Allen Garfield, Frederic Forrest, Cindy Williams, Michael Higgins, Harrison Ford, Teri Garr.

Música: David Shire.

Fotografía: Bill Butler.

EEUU. 1974. 111 minutos.


 

 

    Caul-Call-Crawl

 

Hay muchos modos de introducir una reseña de esta espléndida película de Francis Ford Coppola. Una de ellas, lógicamente recurrida, es contextualizándola en su año de realización, 1974, y decir que nos propone una metáfora cuyos ecos políticos provienen inequívocamente del escándalo Watergate, acaecido dos años antes del estreno del filme y que había dejado una profunda huella en una sociedad, la norteamericana, que atravesaba uno de sus momentos más críticos, tras la humillación en Vietnam y el advenimiento de la crisis económica. También puede traerse a colación que el personaje de Harry Caul (interpretado por un superlativo Gene Hackman) está parcialmente inspirado en el protagonista de “El lobo estepario”, la célebre novela de Hermann Hesse. También cabe citar  referentes cercanos de la cinematografía europea (y recordar que Coppola fue un realizador que “europeizó” el cine norteamericano) como Michelangelo Antonioni y su mesmerizante Blow up (1967), o Jean-Pierre Melville y ese ejercicio de épica lacónica titulado Le samourai (1967). O también podemos optar por una perspectiva menos convencional, y referirnos a las dilogías que puede dar lugar el apellido del protagonista de la cinta, Caul, cuya pronunciación es casi idéntica a la voz de “call” (“llamar” en inglés), pero también se asemeja mucho a “crawl” (traducible por “avanzar lentamente”, “reptar”, “arrastrarse”, o incluso “humillarse”).

 

 

    Tras el silencio

 

Podemos interpretar esta The Conversation como una historia sobre el cazador cazado. Así se deduce de la trama que la sostiene: el protagonista del filme, Harry Caul, es uno de los mejores especialistas en grabaciones privadas y sistemas de seguridad; en una de sus grabaciones intuye una conspiración, y el cliente, receloso, acabará acosándole a él para proteger la intimidad de sus actos. Pero si me refiero a la historia del cazador cazado vengo a referirme más bien a las opciones escogidas por el guionista y realizador para presentarnos y desgranar la historia de este hombre y su sino. Los créditos iniciales se sobreimpresionan en un semipicado que empieza como plano general (vemos el bullicio en una plaza cualquiera de San Francisco), y va acercándose lentamente hasta alcanzar a Hackman, a quien vemos deambular por la plaza, se le acerca un mimo que juega a imitarle y él trata sutilmente de zafarse. Ese primer plano del filme es una clara declaración de intenciones, pues marcará las opciones escenográficas y estéticas de la película; la cámara  se aplica fruiciosa a observar los actos de Caul, le sigue por las calles y transportes de la ciudad, le acecha en la iglesia (y hasta en el confesionario), le acompaña cuando busca la compañía de su improbable amante (Teri Garr), le contempla mientras deambula distraído por entre los stans de una convención de su sector, le descubre en los ascensores, le persigue en el inquietante territorio hostil (la empresa de su cliente, el hotel)… Y en su cometido, la cámara se muestra eminentemente comedida y pudorosa, tanto como el propio protagonista, tan diligente en su plasmación de lo ajeno, de lo esquivo, de cierta noción de lo claustrofóbico, y –cuando la trama se complica- de lo alienante. La cámara, en fin, respira el estado anímico del personaje al que sigue, esa cierta conciencia asumida de no ser nadie (“yo no soy responsable de nada”, afirma Harry en repetidas ocasiones), una conciencia que, al ser escarbada –cuando a Harry le pica la curiosidad y conjetura sobre los motivos y consecuencias de los actos que está grabando-, revela lo febril de sus pulsiones, lo patético de su condición, el daño que inflige en el alma la castración de los sentimientos: Harry es un hombre de omisión, alguien que pugna desesperadamente, sin conseguirlo (sólo lo hace en la magnífica secuencia onírica), por exteriorizar emociones que yacen a demasiada profundidad, y que, quizás por el desuso, están demasiado mal arrebujadas en sus entrañas. El mayor magisterio que Coppola demuestra en la película radica en plasmar con tanta delicadeza, tanta sabiduría y tanta capacidad sugestiva los gritos de dolor que habitan tras el silencio, el recorrido imposible de Harry entre la culpa y la redención (en ese sentido, también es antológico el clímax emocional que supone la conversación en la intimidad con la mujer que después va a robarle, conversación que, en un agudísimo ardid de guión, descubriremos que ha sido grabada: no es de extrañar el arrebato de ira de Harry, puesa se siente desnudo y humillado).

 

 

   Ruido

 

Pero el análisis de una obra como The Conversation, y la labor de un cineasta de pericia tan quirúrgica como Coppola, nos obliga a efectuar esfuerzos quirúrgicos, así que volvamos a ese primer plano de la película, el que se acerca sobre la plaza de San Francisco y sobre Harry. Mientras vemos el lento avance de la cámara escuchamos ruidos. Ruidos estridentes, indescifrables. Ecos agudos, chasquidos, rumores. Cacofonías que, después lo sabremos, corresponden a la captura del material sonoro mediante estrategias de lo más imaginativas e instrumental de lo más sofisticado. Que después cobrarán forma, nitidez. La presencia de esos sonidos es utilizada por Coppola a modo de coda temática (y debe destacarse aquí la labor de Walter Murch en esa mezcla de sonido, labor que sólo puede calificarse de filigrana): otra vez nos hallamos la intertextualidad entre continente y contenido: la vida de Harry es desgranada en secuencias aisladas que se van concatenando e integrando unas con otras del mismo modo que los sonidos que capta el investigador deben ajustarse a un tono y ensamblarse para alcanzar la lógica, el contenido.  En ambos casos (cámara y grabaciones), acaba emergiendo una secuencia perfecta. Pero es una secuencia de lo aparente, pues tras ella se esconden muchos interrogantes. Los que acucian a Harry y turban al espectador del filme, obligándole a casar los términos del thriller afectado con otros resortes mucho más difusos, los de la textura dramática que atañe al protagonista, su obsesión cada vez más enfermiza que se dirimirá, primero, en el clímax del nudo de la película (las secuencias que transcurren en las habitaciones del hotel, donde Coppola propone un auténtico tour de force de planificación y de gestión de los mecanismos del suspense), y, después, en el desenlace de la función, cuando Harry toma conciencia de ser espiado y se dedica a destruir literalmente todo el mobiliario de su casa en busca de un micro. En el plano final, arrebatadora tesis, vemos a Harry sentado en medio de la nada, de su piso desnudado hasta el hueso, igual que ha sucedido con todas sus convicciones (incluida la Fe, ese paraguas que ya ha dejado de protegerle, como revela el instante en que, tras un titubeo, Harry destruye la figura de plástico que reproduce una imagen bíblica). Pero Harry, sentado en medio de esa nada, aún tiene algo a que aferrarse: toca el saxo, improvisa sobre un fondo jazzístico. La música es el contraste con el ruido de tantas e infames grabaciones. La cadencia del jazz y su lógica improbable, su única escapatoria.

 

youth without youth

youth without youth

 

Youth without youth.

Director: Francis Ford Coppola.

Guión: Francis Ford Coppola

Intérpretes: Tim Roth, Alexandra Maria Lara, Bruno Ganz, André M. Hennicke.

Música: Osvaldo Golijov.

Fotografía: Mihai Malaimare jr.

Rumania-Italia-Francia. 2007. 117 minutos.

 

 


 

 

   Película no alimenticia

 

Hacía diez años que Francis Ford Coppola no se ponía tras la cámara. Antes que eso sucediera, y diría que desde el descalabro comercial de One from the heart, si un epíteto se repetía severamente al mencionar sus películas era el de “alimenticias”. Y ése es un epíteto con claras connotaciones negativas, pues por ende presupone que el director (en este caso, hablando de alguien otrora considerado un genio del cine) tiene que abandonar sus ínfulas artísticas para rendir cuentas con la taquilla. Es cierto que en ese saco cabe casi todo, pues igual de alimenticias son las películas de perfil cinematográfico más bajo rodadas por Coppola –Jack, Peggy Sue got married-, que su magnífica adaptación de la novela The Rainmaker de John Grisham, su versión del mito de Bram Stoker (Bram Stoker’s Dracula, que puede ser muchas cosas, pero sin duda que no es una obra acomodaticia) o, incluso, su conclusión de la trilogía de Michael Corleone (The Godfather, Part III). Lo que está fuera de toda duda es que Coppola tuvo que trabajar mucho para tratar de sanear economías (la suya personal, la de su productora American Zoetrope, y la de los avalistas que en su día creyeron a pie juntillas en el potencial comercial del realizador), cruel peaje del showbiz a un hombre que, mientras pudo, jamás titubeó en arriesgarlo todo para dar cauce a una visión, y que en los setenta se abrió paso con pasos agigantados por una industria, la del cine norteamericano, en horas bajas (curiosidades de la perspectiva histórica, la senda de Coppola puede equipararse, en relación inversamente proporcional, a la de su viejo amigo George Lucas, a quien Coppola le produjo –porfiando contra viento y mareas- su primera película, THX 1138). Toda esta parrafada viene al caso para sentar la primera de las cualidades que definen su regreso al cine: Youth without youth no es una película alimenticia. De hecho, no se me ocurre una definición más opuesta a lo alimenticio (o a la vocación comercial) que tratar de llevar al cine una novela del escritor rumano Mircea Eliade que, bajo una premisa de ciencia-ficción, abraza un discurso netamente filosófico, empapado de resonancias de espiritualidad orientalista, y que perfila tesis sobre conceptos tan abstractos y diversos como puedan ser los orígenes del lenguaje, los límites del conocimiento, la hipermnesia, la transfiguración del alma o cábalas científicas sobre la protohistoria. Decididamente, la vocación comercial parece más bien reñida con esta propuesta literaria a la que Coppola da escrupuloso cauce cinematográfico. Por cierto, retomando el hilo de la industria, que Youth without youth es una coproducción rumano-franco-italiana, y distribuída por Pathé.

 

 

   Entre el hombre y la divinidad

 

Dominic Matei, el protagonista de la obra (encarnado por un esforzado Tim Roth), es un provecto investigador, lingüista, que vive en la pequeña localidad rumana de Pietra Neamt, y que encara el final de su vida con la conciencia de su poso más amargo, pues siente que todos sus sueños se han frustrado, porque aún echa de menos a la mujer que perdió por culpa de su elección intelectual, y porque ya está seguro de que la razón de ese sacrificio sentimental, la gran tesis a la que dedicó toda su vida, no podrá terminarse, pues siente que está perdiendo la memoria. El profesor Matei, tras un lamentable episodio amnésico, viaja a Bucarest pensando en el suicidio: tiene un sobre azul en cuyo interior guarda estricnina. Pero ese plan suicida se ve frustrado apenas llegar a la estación, cuando estalla una tormenta y un rayo alcanza al profesor. A pesar de dejar la mayoría de su piel chamuscada, el rayo no le fulmina, ni le imposibilita para los restos. Bien al contrario, Dominic, y los doctores que le tratan, pronto descubrirán que la formidable carga eléctrica desplegada sobre el cuerpo del anciano ha tenido un efecto inaudito: Dominic está rejuveneciendo, sus tejidos celulares se han fortalecido, le vuelven a salir dientes, su apariencia es la de un joven de treinta años... Poco después descubrirá que también su memoria se ha visto afectada por la descarga: Dominic empieza a recordar deprisa cosas que había olvidado, y también otras que no recordaba haber sabido jamás, cuando duerme tiene la sensación de que asimila conceptos y grafias en idiomas que nunca dominó, su memoria se vuelve literalmente prodigiosa, y con ello sus posibilidades de aprendizaje de todas las lenguas y perfeccionamiento de su tesis sobre los orígenes del lenguaje. Dominic controla el tiempo, pues su regeneración es un desafío al curso de la naturaleza, y también tiene esas posibilidades sobrehumanas para conocer, aprender, interpretar e inferir, pero, aún hay más: pronto siente la presencia cercana de una voz de la conciencia, una especie de doble, que en realidad es un intermediario entre su condición humana y la dimensión superior que por efecto del rayo ha alcanzado, un intermediario, citando textualmente tanto la novela como una escena de la película, “entre el consciente y el inconsciente, pero también entre la naturaleza y el hombre, entre el hombre y la divinidad, entre la naturaleza y el eros, entre lo femenino y lo masculino, entre la luz y las tinieblas, entre la materia y el espíritu”...

 

 

     Ilustrar el paso del tiempo

 

La adaptación que Coppola realiza del denso texto de Eliade es, principalmente, quirúrgico. Y también lo es la puesta en imágenes de esa narración de tan difusas opciones visuales. Precisamente eso, la dificultad que entraña la adaptación cinematográfica de esta “Tiempo de un centenario” es el reto que Coppola asume gustoso en esta ocasión: convertirse en un ilustrador. El guionista ávido que siempre buscó trascender en lo cinematográfico los textos de partida, en esta ocasión busca un texto que en sí mismo dispone de posibilidades infinitas de trascendencia –en la abstracción, en lo filosófico, en lo metafísico-, y lo convierte en imágenes siguiendo escrupulosamente buena parte de sus postulados narrativos y temáticos, y por tanto edificando nada más que puertas para la reflexión del espectador. Youth without youth es una auténtica rareza cinematográfica, pues se sirve de una premisa de ciencia-ficción pero no es una narración afiliable a ese género. Es... otra cosa. Tampoco The Godfather era una narración gangsteril al uso, ni Apocalypse Now es encerraba en los márgenes del cine bélico, ni One from the heart se conformaba con seguir las normas del musical. Lo que anida esencialmente bajo Youth without youth, de lo que “se sirve” Coppola al adaptar el texto de Mircea Eliade, las razones por las que la escogió, tiene(n) que ver en definitiva con uno de los temas esenciales de la filmografía del realizador, cual es el debate entre el ser y la existencia bajo el arbitrio del tiempo. Tema que ya aparecía claramente incluso en las dos obras que he citado como más prescindibles del autor -Jack, Peggy Sue got married-, o en el recorrido por la historia de Michael Corleone, de principio a fin -la trilogía de El Padrino-, o en el retrato de la belleza, el desaliento y la fugacidad de la juventud–Outsiders, Rumble Fish-, o en el vasallaje a la inmortalidad del conde de Transilvania -Bram Stoker’s Dracula-, o incluso en la pervivencia en la memoria como excusa para un cuento gótico (Dementia 13). Discursos todos ellos aferrados a la idea del tiempo que pasa y devora existencias, discursos aquí convertidos en proposiciones y, quizás por ello, en una capitulación.

 

 

     Sincreción

 

 El principal mérito de Coppola en la elaboración del libreto es la sincreción, y esa norma se aplica, a rajatabla, a la planificación, realización y ensamblaje de las escenas: Youth without youth está construída a base de cortas secuencias, de decisivos diálogos o soliloquios, de diáfana exploración en cada idea o contenido, en cada premisa que se va acumulando a la anterior en tan condenso ensamblaje argumental-discursivo. La forma escogida es, como casi siempre en Coppola, de corte clásico, y la apariencia, de realización funcional, pero el que conozca el sustrato literario comprenderá que más bien se trata de fidelización a un texto despojado por completo de circunloquios. Al igual que en tres páginas de la novela ya conocíamos los conflictos previos del profesor Matei y le hallábamos en el hospital convalescente del accidente del rayo, en cinco minutos de la película también hemos acumulado toda esa información, y alguna otra mediante ágiles flash-backs (¡y los títulos de crédito!). Pocos de los pasajes narrativos contenidos en la novela se sortean, aunque Coppola, que tiene muy interiorizado el texto, se atreve a modificar algunos personajes y situaciones para compendiar algunas de las ideas que, sobretodo a partir de la tercera parte de la novela, empiezan a espesarla en lo abstracto: es el peaje necesario para seguir el cauce de una narración que no se empantane, para ayudar al espectador a seguir atento a las meditaciones que en definitiva erigen la narración y a las que esa narración se dirige. En el pasaje central de la película, Coppola va más allá de la novela en el relato del contexto histórico –la Segunda Guerra Mundial-, y nos cuela un magistral interludio servido a base de cortas secuencias explicativas punteadas por la aparición de diversos titulares de periódicos de todo el mundo, que nos sitúan en el tiempo (en ese pasaje, por cierto, asistimos a un cameo de Matt Damon, que fuera el protagonista de The Rainmaker, en una secuencia bastante jocosa y que propone conjeturas inéditas en la narración de Eliade). Después, Coppola alarga el pasaje de la relación entre Dominic y Verónica (y en un hallazgo genial, utiliza la misma actriz –Alexandra Maria Lara- que interpretaba a la antigua novia de Dominic), y lo hace porque puede servirse de lo dramático (la relación imposible entre los amantes) para incidir y hacer atractivo al espectador algo mucho más inconcreto: las razones de ese amor imposible, la vampirización, la involuntaria instrumentalización de la chica por parte de Dominic para alcanzar sus fines intelectuales.

 

 

    Valores añadidos

 

    El filme, que fue dirigido en 2007 y a finales de 2008 aún no se había estrenado en España, ha sido recibido con cierta tibieza por la crítica especializada, muchas reseñas acusando a Coppola de pretenciosidad. Me da a mí la sensación de que antes de hablar/escribir, hay que saber de qué se habla/escribe. Y también que Coppola, que antaño fue primero elevado a los altares y después vapuleado sin piedad por la misma crítica, está ya por encima de tantos comentarios contradictorios que su obra merece por razones extracinematográficas. Yo recomiendo al amante del cine que se acerque a la obra de Mircea Eliade y a la adaptación que nos propone Coppola en esta película deslumbrante en muchos sentidos, de efervescencia discursiva e improbable arqueo lírico. Se trata de un reto para el espectador al igual que lo supuso para el cineasta, y eso es un valor añadido. Otro más en la excelsa filmografía del autor de The Conversation.